La noche estaba hermosa. La brisa acariciaba tu rostro y el de Pedro y hacía que los 29 (casi 30) grados de calor fueran soportables.
Iban riendo, charlando e incluso disfrutando los silencios cuando se producían. Nunca habías experimentado algo así… siempre sentías la necesidad de llenar espacios para que no sean incómodos, pero con Peter los momentos sin habla eran los más valiosos.
Tu mirada, la de él. Te olvidabas de todo.
Te escondiste 48 horas, de Pedro y del mundo. Desconectaste el teléfono y cerraste las persianas… te daba vergüenza que él te haya visto tan desencajada y que ni bien se separaron ese día en la lluvia, hayas vuelto a sentir ese peso que no te dejaba respirar.
Sabías las respuestas y necesitabas escucharlas, pero le tenías miedo a las preguntas. Porque eso significaría que no estabas equivocada y que lo que tanto te dolía, terminaría cumpliéndose.
Hacerte la tonta ya no te servía de nada. Pudiste fingir que no estaba ahí… pero la realidad es que estaba... y está.
Tu mar de contradicciones te dio un recreo en el momento que Pedro abrió la puerta de entrada de su edificio, brindándote esa media sonrisa que te encantaba. Sin reproches, sin resentimientos.
Hacía media hora que estaban caminando y por fin llegaban a ese lugar donde querías llevarlo. Sabías que sería especial.
- ¿Qué es esto Pau? – preguntó intrigado mientras se paraban frente al portón negro en la calle Arévalo, entre Cabrera y Niceto Vega. Vos levantaste tus cejas divertida.
- Ya vas ver – anunciaste y él asintió, mientras tocabas el timbre.
- Cómo te gusta tener el control – y te abrazó de improvisto por la espalda. Sonreíste mostrando tus dientes.
- Siempre, pero me encanta cuando vos tomás la iniciativa… - y te diste vuelta, dejando los rodeos de lado y clavando tus ojos en los marrones de Pedro. Él no dijo nada, solo se quedo admirando tu rostro… y vos igual. Pero cuando finalmente parecía que las distancias se acortaban, la ventanilla del portón se abrió y vos volviste de inmediato a tu anterior posición.
- ¿Tienen invitación? – pregunto un hombre del cuál solo podía ver los ojos. Asentiste y acto seguido deslizaron la puerta metálica. Peter observaba curioso la situación.
Una vez adentro, el hombre les indica una cabina telefónica antigua y entusiasmada, te acercás y marcás el número que te pasó Flor. Aunque nunca habías ido antes, conocías el procedimiento. Cuando te atienden del otro lado, decís la clave. Pedro mantenía una sonrisa imborrable.
Se abre la puerta secreta que esperabas y sonriendo, tomás la mano de Peter para que atraviesen el umbral y transiten el pasillo que simulaba una especie de callejón de los que se ven en Nueva York y Chicago. Él estaba emocionado como nene con juguete nuevo y verlo tan maravillado te llenaba el alma.
Antes de llegar al bar que se encontraba al final, a un costado, cruzaron un sex shop y Pedro te miro entre cómplice y burlón.
- ¿Ésta es una indirecta indecente al invitado? – te preguntó haciéndote frenar. Vos mordiste tu labio inferior.
- ¿Estás proponiendo algo? No arrugues después…
- No me contestes con una pregunta – retrucó y vos ibas por el vale 4.
- Entonces te respondo que está abierto hasta las 6 de mañana… Vení – y tironeaste de su brazo mientras el mantenía esa sonrisa burlona en el rostro. Te morías de vergüenza y por eso caminaste más rápido para llegar al destino final.
“Frank’s” era un bar era especialista en cocktails y tenía un estilo muy parecido al “Please, don’t tell” en Nueva York. Cuando estuviste allá quisiste ir con Pedro, pero al final cambiaron de planes y te quedaste con las ganas. El techo estaba decorado con unas magníficas arañas, que iluminaban el ambiente dándole calidez y elegancia.
Pidieron dos tragos (vos un Barbados Apple Punch y Peter un Horses Neck) y se sentaron junto a la barra de madera. La música acompañaba a la perfección y mientras tomabas lo que pediste, no le sacabas los ojos de encima. No lo podías evitar.
- ¿Te gusta el lugar? – preguntaste con una sonrisa y él apoyo su vaso – Pensé que algo que te recuerde a Nueva York iba a estar bueno para tu adaptación a Buenos Aires.
- Es perfecto… y gracias. Siento que viaje miles de kilómetros en un abrir y cerrar de ojos – te dijo sinceramente y volviste a morder el labio. Ibas a tener que cambiar esa costumbre si no querías ser tan obvia.
- ¡Ay no!, te das cuenta que no brindamos todavía… qué boluda – te quejaste molesta por haberte perdido ese detalle.
- Brindemos ahora… siempre hacemos las cosas al revés nosotros dos – y reíste porque no podía ser más cierto.
- Bueno, entonces brindo por el destino que nos vive reencontrando, con otros nombres y circunstancias, pero siempre con la misma magia – soltaste y te dolían las comisuras de tanto sonreír.
- ¿Cómo supero eso ahora? Me inhibiste… - y vos resoplaste luego de decirle entre risas un “dale tarado” – Yo brindo por nosotros, porque hace años que no me siento tan feliz y en paz conmigo… y vos sos gran responsable de eso Pau.
Luego de chocar los vasos, bebieron ambos una cantidad considerable y sentiste como sus ojos, que oscilaban entre el miel y el marrón, se concentraban sobre los tuyos, brillosos. Le sonreíste con la mirada intensamente.
Pasado un rato de charlas, histeriqueos y confesiones caminaste en búsqueda del toilet, que se encontraba en la punta opuesta a donde se encontraban. No podías creer tener ese tipo de conexión con otra persona… junto a Peter lo más mundano era especial. Ni te acordabas de lo que te había mantenido tan triste los último días y llegaste a la conclusión de que Pedro era tu mejor terapia.
- ¡Pau! ¿Qué haces flaca?- volteaste inmediatamente ante la mención de tu apodo y abrazaste al corpulento muchacho que te había hablado luego de reconocerlo como uno de tus amigos más queridos de Lobos.
- ¡Sebi, tanto tiempo! ¡Que loco encontrarte acá!
- Estás más baja - te dijo Sebastián y lo golpeaste amistosamente en el brazo- Che, ¿hablaste con Ezequiel?
Tu expresión se endureció al instante.
- ¿Y por qué tendría que hablar con Ezequiel?- y te preguntaste dónde habían quedado los modales de tu viejo amigo ¿ni un como estás?
- Me dijo que quería hablar con vos... Te extraña.
Bizarro, muy. Las circunstancias de por sí eran un tanto...cualquiera, pero de una manera simpaticona. Pero que el tema tabú salga a la luz con tanta desfachatez transformaba lo simpático en intolerable. Y de sumo mal gusto.
- ¿Es un chiste no? Porque si es un chiste dejame decirte que perdiste el sentido del humor...
- Pocha, está arrepentido. Sabe que se mando una cagada, pero no quiere que las cosas queden así entre ustedes.
- Asi que sos el mensajero ahora... La verdad que vos si sos un amigo- dijiste con furia y lo fulminaste con la mirada- Sabés todo lo que me hizo y sin embargo no te importa.
El castaño ladeó su cabeza de izquierda a derecha y resoplaste. De reojo observaste a Peter tamborileando impacientemente sus dedos en la mesa. Te dieron unas ganas impresionantes de teletransportarte a su lado.
- Yo no quiero meterme entre ustedes, pero Ezequiel es mi amigo y me pidió ayuda.
- Y por eso le diste mi nuevo número ¿no? - acusaste, terminando de descifrar el enigma del mensaje recibido semanas atrás. Sebastián permaneció en silencio- Sabés qué, ya que te tomaste el trabajito de conectarnos, decile que no me rompa más las pelotas. Que no quiero saber de él ni ahora ni hasta el próximo milenio - el muchacho suspiró- Para vos se aplica el mismo criterio.
Pasaste rápidamente a su lado y ni te molestaste en decir adiós. Tampoco lo dejaste a Sebastían refutar nada. Al salir del baño corriste hacia la mesa y sonreíste forzadamente a Peter, en forma de compensación.
- Te tomaste tu tiempo- bromeó el castaño. Esbozaste una mueca a modo de disculpa.
- Había cola - simplificaste, dando la excusa más obvia que podrías haber formulado. Minutos después comenzaste a dirigirte hacia la salida, intentando recomponerte de la asquerosa situación vivida minutos atrás. Sin previo aviso, Pedro te tomó la mano. Aunque te sorprendiste ante el contacto, no lo soltaste. Sólo te limitaste a tomarlo con más fuerza.
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