El eclipse de luna era esa noche. Era el más largo en 11 años y te habías perdido todos los anteriores, lo cual hacía este aún más importante. Decían que en el 2014 se produciría otro… pero quién sabe que estarías haciendo para esa fecha.
Acomodaste la reposera en la terraza, al costado del equipo de mate y una frazada que habías agarrado porque estabas segurísima que ibas a tener frió. Digamos que desde los inicios ese día había comenzado con extrañezas… Empezando porque tu papá te llamó temprano.
La charla había sido breve, incómoda y quizás hasta algo capciosa. Contaste cinco pausas, dos momentos embarazosos y algún que otro carraspeo. Sin embargo, te sentías más relajada después de hablar con él; como si te hubieras sacado un peso de encima.
Estabas segura que había llamado con la idea de tener que realizar una tarea de convencimiento (completamente inútil) que no tendría resultados positivos. Pero lo sorprendiste ¿gratamente? al contestar afirmativamente a su invitación.
Y la remataste al confesarle que irías con alguien.
Te sentaste con suavidad sobre la reposera y consultaste la hora en tu celular; 20:01. El eclipse comenzaría 35 minutos después y el cielo estaba completamente despejado. Ideal.
Mordiste tu labio; quizás el apocalíptico 2012 vería la luz en el día del compromiso. Demasiada gente compartiendo problemas y pasados en común ¿cuáles serían los daños colaterales?
Alejaste los malos pensamientos de tu mente y respiraste hondo. Tendrías tiempo para amargarte más tarde; hoy era 21 de enero y creías que merecías disfrutar. Al fin y al cabo, te habías acordado del espectáculo natural que se produciría dentro de unos minutos.
¿Otro intento desesperado por ponerte en blanco?
Los nervios te carcomían. Pedro estaría llegando en cualquier momento y todavía no se te ocurría la manera correcta para invitarlo. Con tus anteriores novios, jamás habías tenido que hacer este tipo de invitación; siempre eras la agasajada. Con él, tenías miedo incluso de la respuesta… Peter no era igual que los demás.
A veces, hasta tenías que tomar vos la iniciativa; por momentos parecía llevarse el mundo por delante… pero en otros, quizás era más inseguro que vos. La realidad era que a fondo no lo conocías, aunque sintieras que lo conocías de toda la vida. Podías escuchar su particular risa en tu cabeza y a veces jugabas a adivinar sus posibles respuestas.
De repente la vista se te oscureció por completo y cerraste los ojos al sentir las manos de un hombre posarse sobre tus párpados. Sonreíste; podrías reconocer ese perfume a kilómetros.
- José – dijiste con voz de enamorada mientras acariciabas ambos dorsos de tu acompañante con mucha dulzura.
- Ah bueno – soltó Pedro y carcajeaste al imaginarte la cara que había puesto. Te levantaste de la reposera con efusividad y casi te llevas puesto el mate cuando corriste hacia él entre sonrisas para abrazarlo.
- Hola tontito – y rodeaste su nuca con tus manos mientras entrelazabas tus dedos con el cabello castaño de él; te encantaba hacer eso. Lo besaste con suma terneza y él amoldó sus manos a tu cintura.
- Encima que me llamás por otro nombre, me decís tonto. Cuanto maltrato - se quejó mientras te besaba y vos sentías que no necesitabas más. Era tan lindo cuando se enojaba…Se movieron hacia atrás y casi volvés a volcar el mate. De casualidad no manchó la frazada – Torpe.
- Bueno, eh, me cuesta controlar mis extremidades –y rió mientras depositaba un beso en tu mejilla - ¡1 metro 80! - Te separaste y con cuidado te acostaste en la reposera a rayas azul, mientras Pedro te miraba desde arriba enarcando una ceja.
- ¿Es a propósito lo de la única reposera o no tenías otra? – preguntó divertido y vos sonreíste. Obviamente que no había sido casualidad.
- Un poco y un poco – confesaste con tu mejor sonrisa mintiendo un poco para dejarlo con la duda. Te encantaba histeriquearlo – ¿La verdad? No veía la hora de compartir esto con vos - Sonrió ampliamente.
- ¿Me hacés un lugarcito entonces? – te pidió casi con un puchero y carcajeaste. Te levantaste permitiéndole sentarse en primer lugar y él hizo una mueca de dolor como si fueras demasiado pesada. Lo miraste sorprendida y lo golpeaste mientras reía; él respondió con un suave beso sobre tu hombro.
¿Golpes por caricias? ¿Entonces besos por qué otra cosa?
Le diste uno en el cuello, casi tu lugar predilecto. Conocías esa sensación que te embargaba… ya la habías sentido antes ¿Te suena el Empire State? ¿Nueva York?
Te separaste para mirarlo y ambos se hundieron en sus ojos; vos en sus color almendra y él en tus verdes ¿Podía una mirada hablar tanto? La conexión que sentías tan solo con contemplarse era idílica.
Extrañamente, no sentías miedo. Pedro te transmitía tanta paz… que ni sabías si ibas rápido o lento. Lo único que tenías en claro era que ibas en serio.
¿Era posible quererlo tanto?
Te besó en los labios y dejaste de pensar por un minuto. Cuando te separaste, lo abrazaste con firmeza, deseando que no te suelte nunca. Casi como si necesitaras protección.
Te habían atacado nuevamente los nervios. Suponías que internamente, más allá del temor a un posible rechazo de tu invitación lo que te mantenía intranquila era que ni bien las palabras salieran de tu boca, el compromiso sería más real que nunca.
Peter te acariciaba el pelo como si supiera de tu guerra interna. Definitivamente era un ser muy perceptivo.
- ¡Ay el eclipse! – exclamaste de un momento a otro sobresaltada y la reposera casi se les da vuelta. Pedro y vos carcajearon casi al mismo tiempo luego de evitar la caída y volviste a acomodarte sobre tus piernas.
- Esta vez el mate no corrió la misma suerte – comentó gracioso y te inclinaste para observar como la yerba se había desparramado por el piso. Detectaste como la bombilla se encontraba 2 metros adelante y frunciste la boca.
- Ya fue, estaba lavado igual – dijiste dándole poca importancia mientras mirabas la hora. Faltaban cinco minutos.
- Ah, que bueno que me esperaste – te cargó mirándote divertido y vos te diste vuelta para observarlo.
- Estaba ansiosa – y él te robo un beso casi tímidamente. Lo miraste entre asombrada y divertida y lo tomaste de la barbilla para devolverle el contacto con seguridad – SHHH que empieza – soltaste de un momento a otro recordando que la cuenta regresiva ya era nula.
De repente, la luna (que estaba llena) comenzó a verse manchada en menos de la mitad de su superficie por una negrura que iba abarcando cada vez más de la misma, haciendo que luz que emitía el satélite fuera menor a lo largo de los minutos.
Suspiraste completamente emocionada; no tenías ni el telescopio para ver con exactitud y la cámara te la habías olvidado abajo… pero estabas con Pedro, viviendo algo casi único ¿Acaso podía ser un momento superable?
No te definías como una persona romántica, pero definitivamente el castaño estaba sacando un lado nuevo de tu personalidad. Quizás muy en el fondo, lo eras; pero estabas esperando la persona correcta con la cual desnudarte por completo.
- ¿Querés venir al compromiso? – largaste, mirando al frente, embobada a la luna. Las palabras se te habían escurrido casi inconscientemente.
- ¿Eh? – te preguntó Pedro, desentendido. La esfera se estaba tiñendo de unos tonos rojizos y jamás habías visto nada igual. Posó su mano en tu pierna con suavidad, incentivándote a que reformules la pregunta.
- Que si querés acompañarme… - y te diste vuelta finalmente, para hacerte cargo de la pregunta que enunciaste casi en contra de tu voluntad ¿Un acto fallido? - todo bien si no querés, en serio Peter.
- ¿Por qué te atajas? – inquirió y bajaste la vista avergonzada. Él te tomo fuertemente de la mano – Claro que quiero. Me encantaría acompañarte.
Sonreíste de costado, como tanto le gustaba hacer a él. No te hacía falta nada más que sus caricias.
Te acostaste en su pecho, justo sobre su corazón. Sus latidos, regulares, musicalizaban a la perfección el eclipse y el momento. La luna volvía poco a poco a hacerse visible, pero ambos permanecieron abrazados, congelando el instante.
- Te quiero tanto Pau – susurró entre tu pelo rubio, inmaculadamente. Vos moviste tu cabeza para que su rostro sea visible a tus ojos.
- Vos no te das una idea de cuánto te quiero – y acariciaste su pecho mientras el hacía lo mismo con tu mejilla.
Y la cantidad… era enorme.
domingo, 1 de enero de 2012
viernes, 30 de diciembre de 2011
Capítulo 28.
Abriste el botiquín del baño casi desesperanzado, en búsqueda de alguna pastilla que pudiera aliviar tu dolor de cabeza. En realidad, ese era el menor de tus males: sufrías un malestar muscular desde ayer, sentías que dos camiones acoplados te habían pasado por encima ida y vuelta y habías tenido un encuentro no deseado con una de tus hermanas. Absolutamente no deseado.
(Flashback)
Tus ojos confirmaron tus sospechas y una vez más comprobaste que tu registro auditivo era de lo más fidedigno. No emitiste palabra.
- ¿Venís de ver a Zaira? - y que te dirigiera la palabra ya lo considerabas de lo más osado. Te debatías entre mandarla a la mierda o darte vuelta y seguir caminando. Ella avanzó - ¿Estás viviendo por acá?
- Perdiste el derecho a hacer preguntas hace bastante – escupiste sin temor a lastimar y te dispusiste a volver a tu departamento lo más rápido que pudieses. Tu hermana te detuvo al tomarte firmemente por el antebrazo y te estremeciste al sentir su contacto.
- El derecho me lo sacaste vos, injustamente...
- ¿Injustamente? - y tu tono de voz se elevaba sin control. No podías creer que justo ella te hablara de justicia - Deja de decir boludeces Luciana y hace un poco de memoria ¡A mi me sacaron un derecho! Y les importo 3 carajos.
- No fue así Pedro y vos lo sabés... Sos tan egoísta - te dijo, gritando ahora ella también. Sus ojos miel se encontraban vidriosos y los tuyos también. Intentaste atribuírselo a la ventisca que soplaba desordenando tu cabello y el de Luciana. No querías llorar; no te lo merecías.
- Fui yo al que le ocultaron, al que le mintieron... Nadie se puso en mi lugar ¡Nadie! - ella negó con la cabeza mientras una lágrima corría por su mejilla - Ni siquiera vos.
- Porque me puse en tu lugar me di cuenta de mis errores y te pedí perdón... Pero en todos estos años vos no reflexionaste ni un poco.
Resoplaste. No estabas preparado en lo más mínimo para este encuentro... Mucho menos para perdonar. Seguía siendo una herida abierta, aún 2 años después.
- Si sintieras la mitad de lo que siento, me entenderías... Valoro tu perdón y después de tanto tiempo te lo concedo - y de sus ojos se desprendieron varias lágrimas más al escucharte; vos hiciste una fuerza inmensa para mantener tu postura y no quebrarte. Al fin y al cabo… era tu familia - pero no puedo estar bien con vos todavía.
- Creo que eso es peor que que no me perdones directamente - dijo con una mueca mientras secaba sus facciones con la palma de su mano izquierda.
Explotabas de indignación ¿Qué pretendía?
- Entonces no te pones en mi lugar un carajo - le dijiste directamente a los ojos y era la primera vez en 2 años que tenías un contacto tan palpable con alguien de tu familia. Ella bajo la mirada, avergonzada.
- Lo intento... ¿Pero vos te ponés en el mío? - y revoleaste los ojos alejándote otra vez. Esa manía de dar vuelta las cosas.
- ¿En qué momento deje de ser víctima para ser victimario?
- Vos inventaste lados Pedro, todos compartimos el mismo dolor - y te detuvo antes de que comenzaras a reprochar. Vos cerraste la boca, brindándole el espacio - y nosotros nos equivocamos... Pero vos también cuando decidiste que la solución a todo era incomunicarte de todo el mundo.
Miraste hacia otro lado, completamente incómodo. Sabías que en algún punto, parte de su argumento era válido pero no eras capaz de aceptarlo. Te dolía escuchar y más te dolía ponerte a remover lo que tanto te costó enterrar.
O creías que habías enterrado.
- ¿Saben que volví? - inquiriste preocupado. Podías escuchar las voces y reproches de tus hermanos y de tu papá en tu cabeza. Las apagaste de inmediato.
- Solo yo...
- Gracias - musitaste débilmente. Al fin y al cabo Luciana parecía respetar y comprender tu situación, a pesar de no estar muy de acuerdo - La viniste a ver a Zaira no?
- Si... Necesitaba saber más de vos – explicó con una media sonrisa. No sabías si se disculpaba o intentaba darte lástima - La verdad me ahorraste el interrogatorio a Zai... Pobre, iba a ponerme pesada.
- Siempre sos pesada - dijiste y ella sonrió de un solo lado, como vos continuamente hacías. Mantuviste el silencio y ella entendió por tu zapateo nervioso que deseabas irte. Tragaste e inhalaste un soplo de aire, como si te ahogaras.
- Te voy a dejar mi tarjeta... Esta el numero de la oficina y de mi celular, por si querés ubicarme – y tomaste el pedazo de cartón rectangular que te ofrecía… por cortesía. Aún no podías decodificar lo que querrías hacer a continuación respecto a tu hermana - No sabés lo grandes que están Delfi y Fran...
Y ahora si tus ojos te traicionaron y desprendieron un par de lágrimas. Golpe bajísimo.
Intentaste que las imágenes de tus sobrinos no se reprodujeran en tu mente, pero fue en vano. Delfina con 4, Francisco con 2 ¿Se acordarían de vos? ¿Recordarían tu nombre?
Asentiste con la cabeza gacha. No querías que te viera tan vulnerable. Guardaste la tarjeta y ella te saludo desde la lejanía, permitiéndote dar la vuelta para volver a tu casa, con un andar cansino y pesado.
(Fin flashback)
Te acariciaste la sien como si de esa manera fueras a aliviar el dolor. Claramente, estabas somatizando todo lo sucedido el día anterior.
Al irte definitivamente a vivir a Nueva York hace dos años, habías construido un muro que creías impenetrable entre tu pasado en Buenos Aires y vos. No mantenía lejos a los demás… te mantenía adentro, protegido, de cualquier otra cosa que pudiera lastimarte de nuevo.
Sin riesgos, sin imprevistos.
La verdad es que podías seguir reforzando ese “muro” en el que vivías ¿pero cuál era la verdadera ganancia? ¿Valía correr el riesgo de saltarlo y aventurarse a lo de afuera?
El debate era con vos mismo, porque el conflicto interno no confluía en nadie más que en vos, Pedro. La decisión de qué rumbo tomar, era tuya.
Tosiste sonoramente; al parecer, tu garganta también estaba viéndose afectada. Sin embargo, aunque apenas escuchaste el celular, la luz roja del led centelleando te aviso que alguien te estaba hablando por el BlackBerry Messenger.
“¿Da para darse?”
Carcajeaste fuertemente y tecleaste aún riéndote.
“Mi teléfono y mi dirección”
Aguardaste su respuesta ansioso, mientras te tirabas en el puff azul marino que habías adquirido hace poco.
“Ya los tengo…”
Sonreíste de costado, dejando descansar tu cabeza.
“¿Qué hacés entonces todavía en tu casa?”
Amabas este ida y vuelta.
“Pedro, ¡estás otra vez endemoniado! Jaja. Quiero pedirte algo seriamente…”
Enarcaste tu ceja izquierda, curioso.
“Vos me ponés así… ¿Qué cosa?"
Al instante te informó el BlackBerry que Paula te estaba respondiendo pero no hizo más que acrecentar tu ansiedad.
“Es algo lindo… mejor te lo digo personalmente”
Pensativo, enviaste un “Bueno… MIEDO jajaja” y suspiraste.
Definitivamente, Paula era la mejor razón para atravesar un muro.
Me lo dedico a mí, que me cagan los planes de Año nuevo -.- jajajaj.
(Flashback)
Tus ojos confirmaron tus sospechas y una vez más comprobaste que tu registro auditivo era de lo más fidedigno. No emitiste palabra.
- ¿Venís de ver a Zaira? - y que te dirigiera la palabra ya lo considerabas de lo más osado. Te debatías entre mandarla a la mierda o darte vuelta y seguir caminando. Ella avanzó - ¿Estás viviendo por acá?
- Perdiste el derecho a hacer preguntas hace bastante – escupiste sin temor a lastimar y te dispusiste a volver a tu departamento lo más rápido que pudieses. Tu hermana te detuvo al tomarte firmemente por el antebrazo y te estremeciste al sentir su contacto.
- El derecho me lo sacaste vos, injustamente...
- ¿Injustamente? - y tu tono de voz se elevaba sin control. No podías creer que justo ella te hablara de justicia - Deja de decir boludeces Luciana y hace un poco de memoria ¡A mi me sacaron un derecho! Y les importo 3 carajos.
- No fue así Pedro y vos lo sabés... Sos tan egoísta - te dijo, gritando ahora ella también. Sus ojos miel se encontraban vidriosos y los tuyos también. Intentaste atribuírselo a la ventisca que soplaba desordenando tu cabello y el de Luciana. No querías llorar; no te lo merecías.
- Fui yo al que le ocultaron, al que le mintieron... Nadie se puso en mi lugar ¡Nadie! - ella negó con la cabeza mientras una lágrima corría por su mejilla - Ni siquiera vos.
- Porque me puse en tu lugar me di cuenta de mis errores y te pedí perdón... Pero en todos estos años vos no reflexionaste ni un poco.
Resoplaste. No estabas preparado en lo más mínimo para este encuentro... Mucho menos para perdonar. Seguía siendo una herida abierta, aún 2 años después.
- Si sintieras la mitad de lo que siento, me entenderías... Valoro tu perdón y después de tanto tiempo te lo concedo - y de sus ojos se desprendieron varias lágrimas más al escucharte; vos hiciste una fuerza inmensa para mantener tu postura y no quebrarte. Al fin y al cabo… era tu familia - pero no puedo estar bien con vos todavía.
- Creo que eso es peor que que no me perdones directamente - dijo con una mueca mientras secaba sus facciones con la palma de su mano izquierda.
Explotabas de indignación ¿Qué pretendía?
- Entonces no te pones en mi lugar un carajo - le dijiste directamente a los ojos y era la primera vez en 2 años que tenías un contacto tan palpable con alguien de tu familia. Ella bajo la mirada, avergonzada.
- Lo intento... ¿Pero vos te ponés en el mío? - y revoleaste los ojos alejándote otra vez. Esa manía de dar vuelta las cosas.
- ¿En qué momento deje de ser víctima para ser victimario?
- Vos inventaste lados Pedro, todos compartimos el mismo dolor - y te detuvo antes de que comenzaras a reprochar. Vos cerraste la boca, brindándole el espacio - y nosotros nos equivocamos... Pero vos también cuando decidiste que la solución a todo era incomunicarte de todo el mundo.
Miraste hacia otro lado, completamente incómodo. Sabías que en algún punto, parte de su argumento era válido pero no eras capaz de aceptarlo. Te dolía escuchar y más te dolía ponerte a remover lo que tanto te costó enterrar.
O creías que habías enterrado.
- ¿Saben que volví? - inquiriste preocupado. Podías escuchar las voces y reproches de tus hermanos y de tu papá en tu cabeza. Las apagaste de inmediato.
- Solo yo...
- Gracias - musitaste débilmente. Al fin y al cabo Luciana parecía respetar y comprender tu situación, a pesar de no estar muy de acuerdo - La viniste a ver a Zaira no?
- Si... Necesitaba saber más de vos – explicó con una media sonrisa. No sabías si se disculpaba o intentaba darte lástima - La verdad me ahorraste el interrogatorio a Zai... Pobre, iba a ponerme pesada.
- Siempre sos pesada - dijiste y ella sonrió de un solo lado, como vos continuamente hacías. Mantuviste el silencio y ella entendió por tu zapateo nervioso que deseabas irte. Tragaste e inhalaste un soplo de aire, como si te ahogaras.
- Te voy a dejar mi tarjeta... Esta el numero de la oficina y de mi celular, por si querés ubicarme – y tomaste el pedazo de cartón rectangular que te ofrecía… por cortesía. Aún no podías decodificar lo que querrías hacer a continuación respecto a tu hermana - No sabés lo grandes que están Delfi y Fran...
Y ahora si tus ojos te traicionaron y desprendieron un par de lágrimas. Golpe bajísimo.
Intentaste que las imágenes de tus sobrinos no se reprodujeran en tu mente, pero fue en vano. Delfina con 4, Francisco con 2 ¿Se acordarían de vos? ¿Recordarían tu nombre?
Asentiste con la cabeza gacha. No querías que te viera tan vulnerable. Guardaste la tarjeta y ella te saludo desde la lejanía, permitiéndote dar la vuelta para volver a tu casa, con un andar cansino y pesado.
(Fin flashback)
Te acariciaste la sien como si de esa manera fueras a aliviar el dolor. Claramente, estabas somatizando todo lo sucedido el día anterior.
Al irte definitivamente a vivir a Nueva York hace dos años, habías construido un muro que creías impenetrable entre tu pasado en Buenos Aires y vos. No mantenía lejos a los demás… te mantenía adentro, protegido, de cualquier otra cosa que pudiera lastimarte de nuevo.
Sin riesgos, sin imprevistos.
La verdad es que podías seguir reforzando ese “muro” en el que vivías ¿pero cuál era la verdadera ganancia? ¿Valía correr el riesgo de saltarlo y aventurarse a lo de afuera?
El debate era con vos mismo, porque el conflicto interno no confluía en nadie más que en vos, Pedro. La decisión de qué rumbo tomar, era tuya.
Tosiste sonoramente; al parecer, tu garganta también estaba viéndose afectada. Sin embargo, aunque apenas escuchaste el celular, la luz roja del led centelleando te aviso que alguien te estaba hablando por el BlackBerry Messenger.
“¿Da para darse?”
Carcajeaste fuertemente y tecleaste aún riéndote.
“Mi teléfono y mi dirección”
Aguardaste su respuesta ansioso, mientras te tirabas en el puff azul marino que habías adquirido hace poco.
“Ya los tengo…”
Sonreíste de costado, dejando descansar tu cabeza.
“¿Qué hacés entonces todavía en tu casa?”
Amabas este ida y vuelta.
“Pedro, ¡estás otra vez endemoniado! Jaja. Quiero pedirte algo seriamente…”
Enarcaste tu ceja izquierda, curioso.
“Vos me ponés así… ¿Qué cosa?"
Al instante te informó el BlackBerry que Paula te estaba respondiendo pero no hizo más que acrecentar tu ansiedad.
“Es algo lindo… mejor te lo digo personalmente”
Pensativo, enviaste un “Bueno… MIEDO jajaja” y suspiraste.
Definitivamente, Paula era la mejor razón para atravesar un muro.
Me lo dedico a mí, que me cagan los planes de Año nuevo -.- jajajaj.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Capítulo 27.
El frío te helaba hasta las pestañas y la ventisca casi curtía tu piel con cada roce. El conjunto de abrigos que tenías encima evidentemente no evitaba que te congelaras con las bajas temperaturas que aquejaban a la ciudad.
Iban caminando por la quinta avenida hacía 10 minutos y lo que hablaban prácticamente era un monólogo tuyo. Pedro se mantenía lo más que podía en silencio, porque sabía que si lo hacía con soltura harías lo imposible para sonsacarle qué planeaba hacer esa noche.
A un par de cuadras, divisaste el “Empire State”, edificio que hacía días que querías conocer pero que por “a” o por “b” nunca terminabas visitando. Frunciste el ceño y lo miraste curiosa.
- Pedro q…
- Shhh – te interrumpió y tironeó de tu brazo para que camines más rápido. Refunfuñaste a modo de queja – No seas ansiosa - y sonrió haciendo que el frío que sentías se desvanezca por unos minutos.
Llegaron a la puerta de entrada y la muchedumbre iba en sentido contrario al suyo; a las dos a.m. cerraban las visitas turísticas al Empire State y ya eran dos y diez. Hiciste una mueca con lamento, pero Peter te hizo una seña para que te quedaras estática en tu lugar mientras él hablaba por teléfono.
Miraste los autos al pasar para distraerte cuando te sorprendió tomando tu cintura por detrás y plantándote un beso en la mejilla. Sonreíste y te diste vuelta para quedar colgando sobre su cuello una vez que lo tomaste por la nuca.
- Estás muy misterioso vos…
- ¿No era que te gustaban las sorpresas? – te dijo enarcando las cejas y carcajeaste brevemente. Era cierto, pero eras demasiado ansiosa ¡Qué contradictorio!
- Si per
- Pero nada – volvió a interrumpirte divertido y vos frunciste los labios. Él te beso al tiempo que tironeaba de vos para que continúes caminando un poco más y lo hiciste, más intrigada que antes.
En cuestión de segundos, salió un corpulento hombre que pronunció unas palabras en ingles a Pedro. Vos apenas escuchaste por el ruido, pero supusiste que los llamaban a ustedes porque Peter te guió hacia la entrada.
Atravesaste las columnas y te quedaste sin aliento al observar como las paredes de cerámicos doradas centelleaban a un ritmo constante. Escuchaste como el señor le susurraba a tu acompañante que sólo tenían media hora pero no prestaste mucha atención.
Nada más podías pensar en que, no sabías como, Pedro había conseguido mantener el Empire State abierto unos minutos más para ustedes. Para vos.
“EL EMPIRE STATE” reproducías sucesivamente en tu mente así, en mayúsculas, porque claramente no era un pormenor. Estabas totalmente desencajada y ni bien él apareció para hacerte de guía turístico te abalanzaste para besarlo, dejando a un lado la sorpresa para darle paso al amor que sentías.
Amor y del puro.
Te adentraste en el vestíbulo y la cantidad de ascensores te pareció ilimitada. Y entre la luz tenue, no podías dejar de mirarlo.
El interés, la dedicación. Nunca te habías sentido tan querida… tan pronto y de manera tan desinteresada. Era tan raro lo que te estaba sucediendo… y vos que dabas por sentado que esas vacaciones iban a ser un encuentro con vos misma.
Mientras subían por el ascensor reflexionabas… hacía tanto que no te sentías tan bien con vos, con alguien. Sin embargo, no pudiste seguir mucho más con tu línea de pensamientos porque Peter con cada piso ascendido acrecentaba el caudal de sus besos sobre tu cuello.
Lo tomaste de la nuca para acercarlo a tu boca y él dejo que tomaras las riendas de ese beso. Chocaron suavemente contra la pared del ascensor y tus manos se deslizaron bajo su camisa, instintivamente. El tapado ya se te había caído de las manos, o más bien, lo tiraste vos para aferrarte con más fuerza.
Lo besabas con desespero prácticamente y él te devolvía la misma intensidad. El sonido que produjo el ascensor al llegar al observatorio los sobresaltó y obligó a separarse. Y vos hubieras dado lo que sea porque el viaje se prolongara 100 pisos más.
Avanzaron hasta el deck que proveía el piso 86 y maravillada, observaste las millones de luces que brillaban en toda la ciudad. Estaban a 320 metros de altura y desde el rascacielos, tenías una vista de 360 grados de toda la metrópoli. No te alcanzaban los ojos pero tampoco querías perderte de nada.
Te sentías en el medio de la acción… desde arriba eras vidente de todas las situaciones que se producían abajo y el ambiente mágico que envolvía al lugar te hacía sentir en uno de los clásicos de Hollywood.
Pedro carraspeó y aprovechó para sacar un cigarrillo de su bolsillo. Te lo ofreció con una sonrisa y no pudiste negarte. Intentó pasarte el encendedor y vos le pediste que se acercara para prenderlo él mismo.
Clavaste tus ojos en los suyos mientras intentaba hacer carpita con las manos para evitar que el viento apague el fuego y te reíste ante su frustración. Cuando lograron prenderlo, soltaste un poco de humo sensualmente tras pronunciar un gracias y él se mordió el labio mientras sonreía. Se estaban mimetizando un poco.
Depositaste una moneda en los binoculares apostados cerca del borde, para poder observar con mayor precisión. Pero Pedro fumaba y al mismo tiempo despeinaba su pelo mientras miraba perdidamente el paisaje… esa imagen definitivamente era más interesante.
- ¿Sos hijo de un mafioso qué te extienden el horario de atención? – inquiriste graciosa y Peter carcajeo mientras exhalaba el humo. Vos tiraste la ceniza de tu cigarrillo.
- Tengo mis contactos… - y enarcaste las cejas; esa no era una respuesta aceptable. El castaño rió por tu expresión – Un amigo es encargado de la organización turística... y me debía un favor.
- Cobrás caros tus favores eh – reflexionaste acercándote y él prendió otro cigarrillo más. Te miró atentamente.
- Muy.
- ¿Esto lo tengo que considerar como un favor? – preguntaste demasiado cerca.
De pronto, su celular comenzó a sonar rompiendo el clima y él anunció con una mueca que era hora de bajar entre disculpas por el poco tiempo que estuvieron. Vos lo tomaste por la cintura y lo besaste con suma ternura.
- Fue suficiente – sentenciaste y le acariciaste el pelo suavemente. Él cerro los ojos – además todavía tenemos el ascensor – dijiste levantando las cejas y el rió mientras se adentraban al mismo para bajar.
Varios besos y unos pisos más abajo, salieron del Empire State luego de que Peter abrazara efusivamente a su amigo y te presentara brevemente, sin ningún tipo de compromisos. Lo saludaste con simpatía y comenzaron a caminar, sin rumbo fijo. La verdad, estabas casi flotando.
Ocultar lo nerviosa que estabas te estaba costando horrores; lo que deseabas que suceda a continuación te carcomía por dentro… pero de emoción.
- ¿Vamos? – preguntaste intentando ser sutil. No aguantabas más y dilatarlo era innecesario… No necesitabas más.
- El hotel es para el otro lado – y se paró intentando hacerte cambiar de dirección. No podías creer que no se hubiera dado cuenta.
- ¿Quién te dijo que quería volver al hotel? – dijiste seriamente y él sonrió de costado. Cuando te tomó de la mano, beso tu mejilla de manera tan sentida que te hizo estremecer completa.
No te reconocías… jamás habías deseado estar tanto con alguien tan sinceramente.
Ni bien llegaron al departamento él revoleó las llaves y se acercó a vos; hiciste lo mismo con tu cartera. Sentías como su respiración entre cortada se fundía con la tuya y su aliento envuelto en el aroma a cigarrillo fue letal.
No eras la única que necesitaba sentirlo con urgencia.
Sin darte cuenta él ya se encontraba recorriendo pasionalmente tu boca, haciéndote estremecer en cada contacto. Su campera y tu tapado ya estaban revoleados por algún rincón del living.
Cuando migró de tus labios a tu cuello, mordiste el lóbulo de su oreja y sonreíste al escuchar el sonido que se desprendió de su boca. La pasión te quemaba y la ropa te pesaba enormidades.
Se trasladaron por inercia a su cuarto y mientras se besaban, ibas desabotonando su camisa a ciegas. Él dejo de besarte solo para quitarte la remera y volviste a besarlo efusivamente ni bien había terminado.
Arañaste su espalda y él se estremeció. A pesar de estar nerviosos por ser la primera vez que estaban juntos, era remarcable la ausencia de torpeza y timidez de ambos lados. Se deseaban, se necesitaban... y sorpresivamente se conocían.
Las caricias no te alcanzaban… y los besos tampoco. Pedro recorría cada lugar recóndito de tu cuerpo y vos estabas sobrepasada de placer. Ni bien pudiste, volviste a su boca mientras desabrochabas su pantalón olvidándote de ser delicada. Cayeron a la cama, acariciándose con la misma devoción con la que empezaron.
Lo sentías por todas partes. No había ni moral ni lógica… solo estaban ustedes dos.
Mordiste su labio mientras él se encargaba de deshacer con habilidad tu ropa interior y recorriste todo su hombro con excitación mientras desaparecías la suya. Ya no había barreras.
No había control.
Y luego, fue todo fuego.
(Fin flashback)
Zaira te había descubierto y no podías hacerte la tonta. La verdad, tampoco querías.
Sin lujo de detalles le contaste esa noche en Nueva York, la mejor de ese invierno del 2008. Ella estaba más emocionada que vos con tu relato y no pudiste evitar sonrojarte.
- ¿Sabías que Pepe le tiene miedo a las alturas no? No puedo creer que se haya animado a subir… -comentó y vos abriste los ojos sorprendida. No te habías percatado de ese detalle y él tampoco te lo había hecho notar en ningún momento.
- No tenía idea… - contestaste y Zaira te miró extrañada al verte casi emocionada – pero hace que haber subido conmigo ahora sea mil veces más valorable.
Y sonreíste como nunca, como siempre habías querido. Enamorada.
Capítulo 26.
Abriste la heladera en búsqueda de algo que sirviera de almuerzo… pero no encontraste nada. El refrigerador estaba casi vacío y eras la responsable; las compras de la semana estaban a tu cargo, pero entre Pedro – el compromiso –Pedro y más Pedro, te había olvidado por completo.
Mordiste tu labio pensativa y suspiraste. Ir al supermercado en ese momento era tan suicida como idiota. Lo primero por el calor insoportable que hacía afuera y lo segundo, porque eran las dos de la tarde y si salías a comparar, llegaría para la merienda.
- ¡Llegué!- escuchaste que exclamó una voz y saliste de la cocina para abrazar fuertemente a Zaira, que volvía de una reunión en la agencia.
- ¿Nos conocemos? – bromeaste al separarte y ella enarcó una ceja. Hacía una semana que nada más se cruzaban en el departamento o ni siquiera se veían.
- ¿Es un palito para mí? – dijo señalándose y te hiciste la desentendida - ¡Cara rota que sos! – y vos carcajeaste. Tenía absoluta razón. Reprodujiste rápidamente una gran sonrisa a modo de disculpa y ella rió – Me tenés re tirada Pocha.
- Pero mal amiga… perdoname – hiciste una mueca y la morocha te abrazo de costado. Le debías tanto… era la persona que menos sabía de vos últimamente, pero aun así seguía la pie del cañón haciéndote el aguante.
- Vi la tarjeta… - largó cambiando de tema y no pudiste evitar mirar para otro lado mientras te sentabas casi abatida en el sofá. Aún te afectaba demasiado - ¿Vas a ir?
Ni se gastó en preguntar como estabas, porque era obvio. Eras un ser sumamente transparente y nadie mejor para decodificarte que Zaira. Quizás aún más que Pedro.
Suspiraste.
- Sí, tengo que aceptar las decisiones de mi papá por más que este o no de acuerdo - y ella asentía mostrándote su aprobación - No puedo seguir con este enojo tanto tiempo... No me sirve.
- Me parece lo más sano que podés hacer Pochi... Ese "odio" contra tu papá no hacía más que lastimarte a vos - vos exhalaste con tristeza y sentiste una presión localizada en el pecho - Además, volver a Lobos...
- Supongo que voy con la esperanza de se hayan olvidado un poquito de mi al menos - expresaste en forma de deseo y ella asintió con despreocupación, intentando relajarte. Frunciste los labios - Van a estar mis hermanos así que no va a ser tan terrible… espero.
- ¿Y a quien vas a llevar como acompañante? - inquirió divertida y supusiste que se moría de ganas de saberlo desde que encontró la invitación - ¿A Pepe?
- No le pregunte todavía - y sonrió orgullosa por haber acertado - pero es la idea - finalizaste con una sonrisa.
- Ay, qué emoción - aplaudió Zaira con entusiasmo y vos carcajeaste. La verdad que la idea de ir con Pedro te encantaba, el problema era encontrar el momento para avisarle… y ese momento iba a darse cuando te sintieras lista y cómoda con la idea de un pronto casamiento paterno - ¡No sabía que iban tan en serio!
- Y no es moco de pavo que lo invite... La verdad es que estoy enganchada. Muy - confesaste entre sonrisas y te tapaste la cara, vergonzosa. Tan solo hablar de él hacía que tu ritmo cardíaco aumente - Tiempo al tiempo igual ¿no?
- A él también lo veo muy entusiasmado. De hecho, no creo haberlo visto tan feliz nunca – dijo con sinceridad y te sonrojaste alevosamente - Y a vos también - dijo guiñándote un ojo.
- Ay amiga, con Peter siento que con ser yo misma alcanza. Es algo tan puro...
- Ah bueno, esto es nuevo. Te tiene boludísima – te cargó y vos la empujaste amistosamente mientras mordías tu labio inferior – No lo tomés a mal, te lo digo como algo bueno Pauchi – volviste a sonreír - Te escuche llegar tardísimo anoche, ¿salieron con Pepe?
- Sí, pasamos una noche amena – dijiste al pasar y Zaira se acomodó sobre sí misma entusiasmada. Parecía más contenta que vos.
- ¿Osea que concretaron?
- ¡Zaira! ¡No! – exclamaste mientras se enrojecían tus mejillas.
- Bueno pará, no es algo tan terrible lo que te estoy preguntando – miraste para otro lado - Lo que me extraña es que no estés intrigada Paula... ¿no te da curiosidad qué onda Pedro entre las sábanas? – reíste por la expresión que utilizó tu amiga y acomodaste tu flequillo casi nerviosa. Seguías sin responder y Zaira frunció el ceño - Claro... qué tonta ¿Ustedes ya estuvieron en Nueva York no?
Sonreíste tímidamente y Zaira no necesito más.
(Flashback)
Saliste del local de M&M’s con una enorme bolsa en mano. Los chocolates eran tu debilidad y maravillada recorriste los pisos donde los mismos estaban en abundancia en diferentes colores y tamaños. Tu propio paraíso personal.
Las luces de colores te obnubilaban y los carteles luminosos no paraban de reclamar tu atención. La majestuosidad de los edificios era deslumbrante y el escenario te hacía sentir parte de una película.
Nueva York de noche era sencillamente increíble. La ciudad más cosmopolita en todos sus sentidos... Atracciones que no tenían fin y para todos los gustos; la gente vistiendo como se le antojaba. Un arco iris de ideas.
Pedro te guiaba a través de la muchedumbre; la magia del Times Square sumada al encanto propio de él era algo irresistible. No necesitabas más.
- ¿A dónde vamos? - preguntaste curiosa al ver que chequeaba su reloj y el emitió una sonrisa; no podías mas de la ansiedad. Desde qué salieron estaba revisando el horario a raja tabla como si tuviera algo planeado para después… de lo cual no tenías la más pálida idea. El parecía disfrutarlo tu “sufrimiento”.
Te detuviste al observar que en una de las grandes pantallas que exhibía un edificio frente a vos, enfocaban en vivo a la gente que iba transitando la peatonal. Sonreíste de emoción y Pedro te abrazó fuertemente enternecido por tu asombro.
De repente, aparecieron en pantalla y zarandeaste a Pedro con incredulidad. Comenzaste a hacer caras y el se acopló a tu ritmo a la perfección. Carcajeaban entre cada cambio de sus facciones; era más histriónico que vos.
Reprodujeron en la gran pantalla su sesión por unos segundos hasta que cambiaron a otra pareja que iba caminando de la mano delante de ustedes. Mordiste tu labio, maravillada.
Peter te miraba con una especie de fascinación…lo abrazaste al instante con una sonrisa tatuada sobre tus labios; él carcajeaba con vos. Había sido de lo mejor que te había pasado en todo el viaje; y lo más divertido. Te sorprendía la diversidad de momentos que vivías con Pedro.
- A ver, haceme la última cara chuequi – te pidió y vos reíste tímida. Era indescriptible lo que habías hecho y volver a reproducir la expresión te daba vergüenza, a pesar de que la gente que pasara por al lado tuyo ni te dirigiera la mirada.
Te animaste finalmente y cuando la hiciste Pedro estalló en risas. Lo empujaste por haberse reído, indignada (y ocultando las ganas tremendas de reírte con él).
- Basta de cargarme Pedro – te quejaste. Él te tomó rápidamente por la cintura y vos, gustosa te dejaste.
- Sos hermosa – y clavó sus ojos marrones en los tuyos verdes, con una mezcla de amor y admiración. Te derretiste y lo besaste intentando darle una respuesta a la altura de todo lo que te estaba expresando. Se inclinaron hacia un costado y él termino de separarse rozando dulcemente sobre tus labios – ¿Vamos? Todavía falta tu sorpresa.
- Por favor – dijiste sin ocultar tu ansiedad y el carcajeó al tiempo que tomaba tu mano para atravesar la acera.
Mordiste tu labio pensativa y suspiraste. Ir al supermercado en ese momento era tan suicida como idiota. Lo primero por el calor insoportable que hacía afuera y lo segundo, porque eran las dos de la tarde y si salías a comparar, llegaría para la merienda.
- ¡Llegué!- escuchaste que exclamó una voz y saliste de la cocina para abrazar fuertemente a Zaira, que volvía de una reunión en la agencia.
- ¿Nos conocemos? – bromeaste al separarte y ella enarcó una ceja. Hacía una semana que nada más se cruzaban en el departamento o ni siquiera se veían.
- ¿Es un palito para mí? – dijo señalándose y te hiciste la desentendida - ¡Cara rota que sos! – y vos carcajeaste. Tenía absoluta razón. Reprodujiste rápidamente una gran sonrisa a modo de disculpa y ella rió – Me tenés re tirada Pocha.
- Pero mal amiga… perdoname – hiciste una mueca y la morocha te abrazo de costado. Le debías tanto… era la persona que menos sabía de vos últimamente, pero aun así seguía la pie del cañón haciéndote el aguante.
- Vi la tarjeta… - largó cambiando de tema y no pudiste evitar mirar para otro lado mientras te sentabas casi abatida en el sofá. Aún te afectaba demasiado - ¿Vas a ir?
Ni se gastó en preguntar como estabas, porque era obvio. Eras un ser sumamente transparente y nadie mejor para decodificarte que Zaira. Quizás aún más que Pedro.
Suspiraste.
- Sí, tengo que aceptar las decisiones de mi papá por más que este o no de acuerdo - y ella asentía mostrándote su aprobación - No puedo seguir con este enojo tanto tiempo... No me sirve.
- Me parece lo más sano que podés hacer Pochi... Ese "odio" contra tu papá no hacía más que lastimarte a vos - vos exhalaste con tristeza y sentiste una presión localizada en el pecho - Además, volver a Lobos...
- Supongo que voy con la esperanza de se hayan olvidado un poquito de mi al menos - expresaste en forma de deseo y ella asintió con despreocupación, intentando relajarte. Frunciste los labios - Van a estar mis hermanos así que no va a ser tan terrible… espero.
- ¿Y a quien vas a llevar como acompañante? - inquirió divertida y supusiste que se moría de ganas de saberlo desde que encontró la invitación - ¿A Pepe?
- No le pregunte todavía - y sonrió orgullosa por haber acertado - pero es la idea - finalizaste con una sonrisa.
- Ay, qué emoción - aplaudió Zaira con entusiasmo y vos carcajeaste. La verdad que la idea de ir con Pedro te encantaba, el problema era encontrar el momento para avisarle… y ese momento iba a darse cuando te sintieras lista y cómoda con la idea de un pronto casamiento paterno - ¡No sabía que iban tan en serio!
- Y no es moco de pavo que lo invite... La verdad es que estoy enganchada. Muy - confesaste entre sonrisas y te tapaste la cara, vergonzosa. Tan solo hablar de él hacía que tu ritmo cardíaco aumente - Tiempo al tiempo igual ¿no?
- A él también lo veo muy entusiasmado. De hecho, no creo haberlo visto tan feliz nunca – dijo con sinceridad y te sonrojaste alevosamente - Y a vos también - dijo guiñándote un ojo.
- Ay amiga, con Peter siento que con ser yo misma alcanza. Es algo tan puro...
- Ah bueno, esto es nuevo. Te tiene boludísima – te cargó y vos la empujaste amistosamente mientras mordías tu labio inferior – No lo tomés a mal, te lo digo como algo bueno Pauchi – volviste a sonreír - Te escuche llegar tardísimo anoche, ¿salieron con Pepe?
- Sí, pasamos una noche amena – dijiste al pasar y Zaira se acomodó sobre sí misma entusiasmada. Parecía más contenta que vos.
- ¿Osea que concretaron?
- ¡Zaira! ¡No! – exclamaste mientras se enrojecían tus mejillas.
- Bueno pará, no es algo tan terrible lo que te estoy preguntando – miraste para otro lado - Lo que me extraña es que no estés intrigada Paula... ¿no te da curiosidad qué onda Pedro entre las sábanas? – reíste por la expresión que utilizó tu amiga y acomodaste tu flequillo casi nerviosa. Seguías sin responder y Zaira frunció el ceño - Claro... qué tonta ¿Ustedes ya estuvieron en Nueva York no?
Sonreíste tímidamente y Zaira no necesito más.
(Flashback)
Saliste del local de M&M’s con una enorme bolsa en mano. Los chocolates eran tu debilidad y maravillada recorriste los pisos donde los mismos estaban en abundancia en diferentes colores y tamaños. Tu propio paraíso personal.
Las luces de colores te obnubilaban y los carteles luminosos no paraban de reclamar tu atención. La majestuosidad de los edificios era deslumbrante y el escenario te hacía sentir parte de una película.
Nueva York de noche era sencillamente increíble. La ciudad más cosmopolita en todos sus sentidos... Atracciones que no tenían fin y para todos los gustos; la gente vistiendo como se le antojaba. Un arco iris de ideas.
Pedro te guiaba a través de la muchedumbre; la magia del Times Square sumada al encanto propio de él era algo irresistible. No necesitabas más.
- ¿A dónde vamos? - preguntaste curiosa al ver que chequeaba su reloj y el emitió una sonrisa; no podías mas de la ansiedad. Desde qué salieron estaba revisando el horario a raja tabla como si tuviera algo planeado para después… de lo cual no tenías la más pálida idea. El parecía disfrutarlo tu “sufrimiento”.
Te detuviste al observar que en una de las grandes pantallas que exhibía un edificio frente a vos, enfocaban en vivo a la gente que iba transitando la peatonal. Sonreíste de emoción y Pedro te abrazó fuertemente enternecido por tu asombro.
De repente, aparecieron en pantalla y zarandeaste a Pedro con incredulidad. Comenzaste a hacer caras y el se acopló a tu ritmo a la perfección. Carcajeaban entre cada cambio de sus facciones; era más histriónico que vos.
Reprodujeron en la gran pantalla su sesión por unos segundos hasta que cambiaron a otra pareja que iba caminando de la mano delante de ustedes. Mordiste tu labio, maravillada.
Peter te miraba con una especie de fascinación…lo abrazaste al instante con una sonrisa tatuada sobre tus labios; él carcajeaba con vos. Había sido de lo mejor que te había pasado en todo el viaje; y lo más divertido. Te sorprendía la diversidad de momentos que vivías con Pedro.
- A ver, haceme la última cara chuequi – te pidió y vos reíste tímida. Era indescriptible lo que habías hecho y volver a reproducir la expresión te daba vergüenza, a pesar de que la gente que pasara por al lado tuyo ni te dirigiera la mirada.
Te animaste finalmente y cuando la hiciste Pedro estalló en risas. Lo empujaste por haberse reído, indignada (y ocultando las ganas tremendas de reírte con él).
- Basta de cargarme Pedro – te quejaste. Él te tomó rápidamente por la cintura y vos, gustosa te dejaste.
- Sos hermosa – y clavó sus ojos marrones en los tuyos verdes, con una mezcla de amor y admiración. Te derretiste y lo besaste intentando darle una respuesta a la altura de todo lo que te estaba expresando. Se inclinaron hacia un costado y él termino de separarse rozando dulcemente sobre tus labios – ¿Vamos? Todavía falta tu sorpresa.
- Por favor – dijiste sin ocultar tu ansiedad y el carcajeó al tiempo que tomaba tu mano para atravesar la acera.
(flashback continúa en el 27 ;) )
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Capítulo 25.
Caminar de la mano ya era una costumbre. Y las sonrisas estampadas en los rostros… también.
Entrelazados, entraron en el Mc Donalds de Av. Luis María Campos que quedaba a pocas cuadras de tu casa y la de ella. Sonaba “Ciro y los Persas”, banda que te encantaba. Aunque nada superaría a Los Piojos, el cantante te podía y últimamente junto a los Auténticos Decadentes, era lo que más escuchabas.
- Insistooo, siempre te voy a querer – entonaste mientras estaban en la cola y ella te miró entre tierna y divertida. Vos te reíste.
- ¿Cambiamos Montaner por Ciro? – preguntó y sonreíste. Mantenía los recuerdos de ese Nueva York juntos tan presentes como vos.
- Montaner es un clásico… pero voy mutando. Este año voy a ir más por el Rock Nacional… - explicaste y ella te escuchaba atentamente – Preparate – le dijiste sensualmente al oído y ella te besó entre risas.
- Voy a intentar, pero siempre me sorprendés con algo nuevo… - confesó mirándote a los ojos. Vos la abrazaste con ternura y le besaste la coronilla. La sorpresa era mutua… con Paula todo era nuevo.
La empleada pronunció un débil y malhumorado “el que sigue, por acá” y la rubia tiró de tu mano para que se acercaran al mostrador. Al parecer, faltaba mucho para que finalice su horario laboral.
Ambos pidieron dos dobles cuartos de libra y ella no te dejó hacer ninguna acotación acerca de su gran apetito. “Sin comentarios” te dijo sonriendo y posando el dedo índice en tu boca para callarte y vos lo besaste provocando una sonrisa aún mayor en su rostro.
- ¿Agrandan el combo por 3 con cincuenta centavos más? – movieron la cabeza negativamente al mismo tiempo - ¿Efectivo o tarjeta? Son 60 pesos.
La mujer, que por el cartelito que colgaba de su camisa sabías que se llamaba “Nadia”, los miró impaciente y casi desagradablemente por su tardanza. Sacaste la billetera tomándote tu tiempo y antes de abrirla para pagar, pusiste tu mejor cara de inocencia y casi apenado dijiste:
- Me olvide de agarrar plata y las tarjetas no me sirven acá – y Pau te miraba con incredulidad - ¿Pagás vos?
La cara de Paula transitaba entre la sorpresa y el asombro y no sabías hasta cuando ibas a contener la risa. La empleada te miraba frunciendo el ceño y la rubia intentaba modular algo pero al parecer sus músculos no le respondían. Estallaste en carcajadas.
- Te estoy jodiendo Pau - y ella rápidamente mordió su labio inferior - la cara que pusiste, para enmarcar – bromeaste y te golpeó el hombro moderadamente mientras reía contagiada de tus carcajadas.
- Sos un tarado Pedro - protestó mientras vos la abrazabas. La cajera carraspeó sonoramente llamando su atención y malhumorada, les pidió que se apuraran porque se estaba acumulando mucha gente en la fila que encabezaban ustedes.
Le alcanzaste un billete de cien y te corriste a un costado para esperar el pedido. "Era un chiste para hacer menos pesado el día, Nadia" dijiste simpáticamente pero ella te ignoró de una manera olímpica, provocando que la rubia se te riera casi en la cara.
- Bueno eh - te quejaste y ella te acarició el pelo dulcemente - Por lo menos vos te reíste – y sonreíste de costado como a ella tanto le podía.
- Ay callate que una vez me pasó en serio…Salí con un flaco que había visto una vez en un boliche y tuve que pagar yo la comida… El horror, las chicas me cargan siempre con eso…
- ¿Me imagino que no fue ninguno de los polistas no? – y ella enarcó una ceja. Vos sonreíste divertido.
- Los polistas hicieron otras cosas… - sentenció con un dejo de ironía y vos no podías estar más satisfecho con esa respuesta. Te daba una sensación de tranquilidad y seguridad para con tus sentimientos – Ahora me gustan más los cantantes…
Carcajeaste y entrelazaste tus manos con las de ella, mientras continuaban esperando. Una vez sentados en una mesa alejada de la muchedumbre, con sus respectivos combos, comenzaron a comer entre mimos y besos.
Pasar tiempo con Paula, era adictivo. Entre que pasaba demasiado rápido y que experimentabas sensaciones inéditas para vos (o más bien, que conocías pero que con ella desconoces) los minutos jamás alcanzaban. Y según tu instinto, creías que nunca alcanzarían.
Te estabas enamorando, definitivamente. Mucho, poco, demasiado. No sabías con precisión; tal vez la quisiste desde el minuto que apareció en esa cafetería (como Trinidad o como Paula, ya no importa) o quizás desde que osadamente te desafió en un truco. Lo único que tenías claro, es que cada vez la querías más.
No querías que ese día se termine nunca, por eso ni bien terminaron, la invitaste a seguir disfrutando la noche en una bar con varias mesas de pool y con mucha onda que habías conocido a través de un chico de Ideas. Quedaba cerca y Paula aceptó entusiasmada asegurando que sabía poco y nada de billar; al parecer, ella también moría por seguir pasando tiempo con vos.
Tu mano pegada cálidamente a su cintura mientras caminaban hablando hasta llegar a destino y los ojos verdes de ella, sin separarse de los tuyos un minuto. Una vez adentro, pediste dos fernet con cola. El de ella, de menta.
Estaba casi vacío el lugar y casi lo agradeciste; querías un poco de intimidad. Pagaste lo correspondiente por las fichas para el pool y le alcanzaste uno de los palos a la rubia que te acompañaba. Ella lo tomó audazmente y sospechaste si era verdad que no sabía jugar al pool. Decidiste no indagar.
Abriste el juego haciendo impactar la bola blanca contra las quince restantes (rayadas y lisas) una vez instalados en la mesa. Ella había elegido jugar con las lisas, por ende, las otras eran las tuyas.
Te posicionaste en una esquina y metiste la 14 en una de las troneras del medio y sonreíste con suficiencia. Ella te observaba sensualmente y vos la maldecías por lo bajo. Sabías que lo hacía a propósito para desconcentrarte.
Qué desgraciada.
Mordió su labio como si fuera ella la que estaba a punto de golpear la rayada blanca y azul y la bola no entró en una esquina por poco.
- ¿Me toca a mí ahora no? - preguntó con demasiado interés. Asentiste y le explicaste brevemente que con la blanca podía golpear cualquiera de las lisas. Le aconsejaste a cuáles le convenía apuntar.
Torpemente tomo el palo y se posicionó incómodamente sobre la mesa. Hizo una mueca y vos sin que te lo pida, te acercaste.
- Vení – le dijiste entre dulce y sensual y colocaste sus manos sobre el taco, indicándole como tomarlo. Te pusiste exageradamente cerca y pero ella no se alejó ni un centímetro. Luego, te colocaste detrás de su espalda haciendo que se incline sobre la mesa y sentiste su perfume floral. Tu corazón latía muy fuerte.
Una vez que impactaron la bocha blanca contra la 4 marrón, se incorporaron al tiempo que veían como rebotaba sin caer dentro de ninguna tronera. Paula frunció los labios y vos suspiraste, aún muy cerca de ella.
- Me parece que voy entendiendo como es esto – comentó ya dada vuelta y a unos peligrosos milímetros de tu boca para luego alejarse con elegancia. Cómo le gustaba el histeriqueo.
El juego continuó dinámicamente, con muchos aciertos tuyos y pocos de ella, en tu opinión, algunos de manera forzada. Continuabas siendo su “maestro” por lo que no perdiste la oportunidad de robarle algunos besos y que ella te de otros; siempre llegando hasta donde ella quería.
La competencia del juego los apasionaba y ella lo disfrutaba tanto como vos. Ibas ganando, con bastante ventaja.
Luego de errar el último tiro, era su turno. Tomó el taco y renegó de tu ayuda, excusando que quería intentarlo por sí misma. Apunto con la pelota blanca una 5 naranja y la hizo rebotar contra una pared de la mesa, consiguiendo que al regreso se meta en una tronera.
- Suerte de principiante – anunció con una sonrisa y vos levantaste las cejas devolviéndole otra con ironía. Sus comisuras se ampliaron aún más.
De repente, con una serenidad sin precedentes dado la ansiedad que caracterizaba a Paula, comenzó meter las bolas una por una con habilidad. Estabas perplejo, a pesar de suponer que no era cierto su poco conocimiento del billar.
Te parecía tan sexy.
- ¡Oh Pepe! – exclamó al meter otra bola más con efusividad y sólo le quedaba la 2 azul aparte de la negra. Carcajeaste al escuchar la frase y te rascaste la sien mientras aspirabas el humo del cigarrillo que estabas fumando. Promesa cumplida.
Antes de direccionar la bola, puso tal cara de concentración que te causó gracia. De todas maneras, no te entusiasmaba la idea de perder nuevamente contra ella. Tiraste la ceniza sobrante en el cenicero metálico y le diste una última pitada.
Erró y cerraste tus puños a modo de festejo, luego de dejar la colilla. Ella te miró con odio y mordió su labio enojada. Le había salido el tiro por la culata.
- A ver a ver – dijiste burlón – dejemos a los que saben – y Paula resopló negando con la cabeza. No pudiste evitar reír.
En menos de 5 minutos, metiste todas las que faltaban en las troneras, incluida la negra. Te miró con la boca abierta y levantaste los brazos para gastarla mientras te acercabas a donde estaba parada.
Victorioso, la abrazaste mientras saltabas para festejar y ella se murió de risa olvidando su enojo.
- Qué calidad eh – dijiste ganador una vez fuera del bar y Paula, que estaba abrazada a vos te empujo a un lado mientras se mordía el labio inferior.
- Callate, tuviste suerte nada más – y la volviste a aprisionar en tus brazos; ella se dejó. La noche estaba hermosa.
- Sos tramposita igual, “no sé jugar” – y la imitaste. Ella sonrió con superioridad y le sonreíste con tus ojos marrones, mientras cruzaban la calle para adentrarse en Las Cañitas.
- Se llama factor sorpresa – simplificó y ya estaban a metros del departamento de Paula. Aminoraron el paso hasta que se detuvieron cuando finalmente alcanzaron la puerta de entrada.
- Me gustan tus sorpresas – y tus labios impactaron sobre su boca.
Se tomaron automáticamente de ambas manos quedando enfrentados y mirándose con dulzura unos minutos. La despediste entre besos y sonrisas y ella su fundió en un profundo abrazo.
El cierre perfecto de algo que no querías que se terminara.
- Oh Pepe- te susurró en el oído sensualmente antes de separarse y concluyó con un tierno beso sobre tus labios. Sonreíste tan idiotamente que te dio vergüenza pero ella no te miraba más que con amor.
Hasta te sonrojaste, pero para tu suerte, ella ya había desaparecido de tu vista. Comenzaste a caminar hacia la izquierda, para volver a tu departamento. Mañana trabajabas muy temprano y en el estudio del centro.
- ¡Pedro! – te llamaron y reconociste de inmediato la voz aunque hacía mucho tiempo que no la escuchabas. Te debatiste entre seguir caminando hasta perderla de vista y darte vuelta para enfrentar de una vez tu pasado.
Giraste sobre vos mismo y ahí estaba, casi igual que la última vez que la viste.
Te lo dedico a vos Dani, siempre ayudándome y poniendo las neuronas que faltan jajajaja... Algún día estaremos por Sumbawa Bali y alguien tocara un semi ukelele charango con carambola JAJAJAJ #pordios
Entrelazados, entraron en el Mc Donalds de Av. Luis María Campos que quedaba a pocas cuadras de tu casa y la de ella. Sonaba “Ciro y los Persas”, banda que te encantaba. Aunque nada superaría a Los Piojos, el cantante te podía y últimamente junto a los Auténticos Decadentes, era lo que más escuchabas.
- Insistooo, siempre te voy a querer – entonaste mientras estaban en la cola y ella te miró entre tierna y divertida. Vos te reíste.
- ¿Cambiamos Montaner por Ciro? – preguntó y sonreíste. Mantenía los recuerdos de ese Nueva York juntos tan presentes como vos.
- Montaner es un clásico… pero voy mutando. Este año voy a ir más por el Rock Nacional… - explicaste y ella te escuchaba atentamente – Preparate – le dijiste sensualmente al oído y ella te besó entre risas.
- Voy a intentar, pero siempre me sorprendés con algo nuevo… - confesó mirándote a los ojos. Vos la abrazaste con ternura y le besaste la coronilla. La sorpresa era mutua… con Paula todo era nuevo.
La empleada pronunció un débil y malhumorado “el que sigue, por acá” y la rubia tiró de tu mano para que se acercaran al mostrador. Al parecer, faltaba mucho para que finalice su horario laboral.
Ambos pidieron dos dobles cuartos de libra y ella no te dejó hacer ninguna acotación acerca de su gran apetito. “Sin comentarios” te dijo sonriendo y posando el dedo índice en tu boca para callarte y vos lo besaste provocando una sonrisa aún mayor en su rostro.
- ¿Agrandan el combo por 3 con cincuenta centavos más? – movieron la cabeza negativamente al mismo tiempo - ¿Efectivo o tarjeta? Son 60 pesos.
La mujer, que por el cartelito que colgaba de su camisa sabías que se llamaba “Nadia”, los miró impaciente y casi desagradablemente por su tardanza. Sacaste la billetera tomándote tu tiempo y antes de abrirla para pagar, pusiste tu mejor cara de inocencia y casi apenado dijiste:
- Me olvide de agarrar plata y las tarjetas no me sirven acá – y Pau te miraba con incredulidad - ¿Pagás vos?
La cara de Paula transitaba entre la sorpresa y el asombro y no sabías hasta cuando ibas a contener la risa. La empleada te miraba frunciendo el ceño y la rubia intentaba modular algo pero al parecer sus músculos no le respondían. Estallaste en carcajadas.
- Te estoy jodiendo Pau - y ella rápidamente mordió su labio inferior - la cara que pusiste, para enmarcar – bromeaste y te golpeó el hombro moderadamente mientras reía contagiada de tus carcajadas.
- Sos un tarado Pedro - protestó mientras vos la abrazabas. La cajera carraspeó sonoramente llamando su atención y malhumorada, les pidió que se apuraran porque se estaba acumulando mucha gente en la fila que encabezaban ustedes.
Le alcanzaste un billete de cien y te corriste a un costado para esperar el pedido. "Era un chiste para hacer menos pesado el día, Nadia" dijiste simpáticamente pero ella te ignoró de una manera olímpica, provocando que la rubia se te riera casi en la cara.
- Bueno eh - te quejaste y ella te acarició el pelo dulcemente - Por lo menos vos te reíste – y sonreíste de costado como a ella tanto le podía.
- Ay callate que una vez me pasó en serio…Salí con un flaco que había visto una vez en un boliche y tuve que pagar yo la comida… El horror, las chicas me cargan siempre con eso…
- ¿Me imagino que no fue ninguno de los polistas no? – y ella enarcó una ceja. Vos sonreíste divertido.
- Los polistas hicieron otras cosas… - sentenció con un dejo de ironía y vos no podías estar más satisfecho con esa respuesta. Te daba una sensación de tranquilidad y seguridad para con tus sentimientos – Ahora me gustan más los cantantes…
Carcajeaste y entrelazaste tus manos con las de ella, mientras continuaban esperando. Una vez sentados en una mesa alejada de la muchedumbre, con sus respectivos combos, comenzaron a comer entre mimos y besos.
Pasar tiempo con Paula, era adictivo. Entre que pasaba demasiado rápido y que experimentabas sensaciones inéditas para vos (o más bien, que conocías pero que con ella desconoces) los minutos jamás alcanzaban. Y según tu instinto, creías que nunca alcanzarían.
Te estabas enamorando, definitivamente. Mucho, poco, demasiado. No sabías con precisión; tal vez la quisiste desde el minuto que apareció en esa cafetería (como Trinidad o como Paula, ya no importa) o quizás desde que osadamente te desafió en un truco. Lo único que tenías claro, es que cada vez la querías más.
No querías que ese día se termine nunca, por eso ni bien terminaron, la invitaste a seguir disfrutando la noche en una bar con varias mesas de pool y con mucha onda que habías conocido a través de un chico de Ideas. Quedaba cerca y Paula aceptó entusiasmada asegurando que sabía poco y nada de billar; al parecer, ella también moría por seguir pasando tiempo con vos.
Tu mano pegada cálidamente a su cintura mientras caminaban hablando hasta llegar a destino y los ojos verdes de ella, sin separarse de los tuyos un minuto. Una vez adentro, pediste dos fernet con cola. El de ella, de menta.
Estaba casi vacío el lugar y casi lo agradeciste; querías un poco de intimidad. Pagaste lo correspondiente por las fichas para el pool y le alcanzaste uno de los palos a la rubia que te acompañaba. Ella lo tomó audazmente y sospechaste si era verdad que no sabía jugar al pool. Decidiste no indagar.
Abriste el juego haciendo impactar la bola blanca contra las quince restantes (rayadas y lisas) una vez instalados en la mesa. Ella había elegido jugar con las lisas, por ende, las otras eran las tuyas.
Te posicionaste en una esquina y metiste la 14 en una de las troneras del medio y sonreíste con suficiencia. Ella te observaba sensualmente y vos la maldecías por lo bajo. Sabías que lo hacía a propósito para desconcentrarte.
Qué desgraciada.
Mordió su labio como si fuera ella la que estaba a punto de golpear la rayada blanca y azul y la bola no entró en una esquina por poco.
- ¿Me toca a mí ahora no? - preguntó con demasiado interés. Asentiste y le explicaste brevemente que con la blanca podía golpear cualquiera de las lisas. Le aconsejaste a cuáles le convenía apuntar.
Torpemente tomo el palo y se posicionó incómodamente sobre la mesa. Hizo una mueca y vos sin que te lo pida, te acercaste.
- Vení – le dijiste entre dulce y sensual y colocaste sus manos sobre el taco, indicándole como tomarlo. Te pusiste exageradamente cerca y pero ella no se alejó ni un centímetro. Luego, te colocaste detrás de su espalda haciendo que se incline sobre la mesa y sentiste su perfume floral. Tu corazón latía muy fuerte.
Una vez que impactaron la bocha blanca contra la 4 marrón, se incorporaron al tiempo que veían como rebotaba sin caer dentro de ninguna tronera. Paula frunció los labios y vos suspiraste, aún muy cerca de ella.
- Me parece que voy entendiendo como es esto – comentó ya dada vuelta y a unos peligrosos milímetros de tu boca para luego alejarse con elegancia. Cómo le gustaba el histeriqueo.
El juego continuó dinámicamente, con muchos aciertos tuyos y pocos de ella, en tu opinión, algunos de manera forzada. Continuabas siendo su “maestro” por lo que no perdiste la oportunidad de robarle algunos besos y que ella te de otros; siempre llegando hasta donde ella quería.
La competencia del juego los apasionaba y ella lo disfrutaba tanto como vos. Ibas ganando, con bastante ventaja.
Luego de errar el último tiro, era su turno. Tomó el taco y renegó de tu ayuda, excusando que quería intentarlo por sí misma. Apunto con la pelota blanca una 5 naranja y la hizo rebotar contra una pared de la mesa, consiguiendo que al regreso se meta en una tronera.
- Suerte de principiante – anunció con una sonrisa y vos levantaste las cejas devolviéndole otra con ironía. Sus comisuras se ampliaron aún más.
De repente, con una serenidad sin precedentes dado la ansiedad que caracterizaba a Paula, comenzó meter las bolas una por una con habilidad. Estabas perplejo, a pesar de suponer que no era cierto su poco conocimiento del billar.
Te parecía tan sexy.
- ¡Oh Pepe! – exclamó al meter otra bola más con efusividad y sólo le quedaba la 2 azul aparte de la negra. Carcajeaste al escuchar la frase y te rascaste la sien mientras aspirabas el humo del cigarrillo que estabas fumando. Promesa cumplida.
Antes de direccionar la bola, puso tal cara de concentración que te causó gracia. De todas maneras, no te entusiasmaba la idea de perder nuevamente contra ella. Tiraste la ceniza sobrante en el cenicero metálico y le diste una última pitada.
Erró y cerraste tus puños a modo de festejo, luego de dejar la colilla. Ella te miró con odio y mordió su labio enojada. Le había salido el tiro por la culata.
- A ver a ver – dijiste burlón – dejemos a los que saben – y Paula resopló negando con la cabeza. No pudiste evitar reír.
En menos de 5 minutos, metiste todas las que faltaban en las troneras, incluida la negra. Te miró con la boca abierta y levantaste los brazos para gastarla mientras te acercabas a donde estaba parada.
Victorioso, la abrazaste mientras saltabas para festejar y ella se murió de risa olvidando su enojo.
- Qué calidad eh – dijiste ganador una vez fuera del bar y Paula, que estaba abrazada a vos te empujo a un lado mientras se mordía el labio inferior.
- Callate, tuviste suerte nada más – y la volviste a aprisionar en tus brazos; ella se dejó. La noche estaba hermosa.
- Sos tramposita igual, “no sé jugar” – y la imitaste. Ella sonrió con superioridad y le sonreíste con tus ojos marrones, mientras cruzaban la calle para adentrarse en Las Cañitas.
- Se llama factor sorpresa – simplificó y ya estaban a metros del departamento de Paula. Aminoraron el paso hasta que se detuvieron cuando finalmente alcanzaron la puerta de entrada.
- Me gustan tus sorpresas – y tus labios impactaron sobre su boca.
Se tomaron automáticamente de ambas manos quedando enfrentados y mirándose con dulzura unos minutos. La despediste entre besos y sonrisas y ella su fundió en un profundo abrazo.
El cierre perfecto de algo que no querías que se terminara.
- Oh Pepe- te susurró en el oído sensualmente antes de separarse y concluyó con un tierno beso sobre tus labios. Sonreíste tan idiotamente que te dio vergüenza pero ella no te miraba más que con amor.
Hasta te sonrojaste, pero para tu suerte, ella ya había desaparecido de tu vista. Comenzaste a caminar hacia la izquierda, para volver a tu departamento. Mañana trabajabas muy temprano y en el estudio del centro.
- ¡Pedro! – te llamaron y reconociste de inmediato la voz aunque hacía mucho tiempo que no la escuchabas. Te debatiste entre seguir caminando hasta perderla de vista y darte vuelta para enfrentar de una vez tu pasado.
Giraste sobre vos mismo y ahí estaba, casi igual que la última vez que la viste.
Te lo dedico a vos Dani, siempre ayudándome y poniendo las neuronas que faltan jajajaja... Algún día estaremos por Sumbawa Bali y alguien tocara un semi ukelele charango con carambola JAJAJAJ #pordios
martes, 27 de diciembre de 2011
Capítulo 24.
Hacía 2 horas que estabas luchando con el aire acondicionado. Estabas entrando en una crisis nerviosa y el maldito aparato no paraba de gotear. No había forma de apagarlo (no respondía al control) y la luz del split que no paraba de titilar te estaba sacando de las casillas.
El técnico te había asegurado que en 40 minutos iba a estar tocando el timbre de tu casa para solucionarte el problema… pero seguía sin aparecer. Estabas irritada, ofuscada y… sola. Zaira tenía un desfile a la noche, en el San Justo Shopping. Diosa, maquillada y lista para brillar. Vos con un remerón enorme con el logo de Aerosmith, una colita alta y bien de entre casa.
Volviste a marcar por enésima vez el teléfono de “CDR Instaladores” y esperaste sin obtener respuesta. Estabas segura que tenían decodificador de llamadas y por ende sabían que eras la misma pesada que llamo incansablemente durante la última hora.
Hoy definitivamente era el día de boludear a Pau... Sin lugar a dudas.
Miraste la hora en el reloj de mano que llevabas puesto: las cinco de la tarde. Habías arreglado con Pedro para verte como a las 6 cuando saliera del trabajo. Casi no aguantabas más la espera.
Desde que volviste a besarlo, sus labios se habían vuelto una adicción irremeadiable. Hablar con él se había vuelto una necesidad y casi te aburrías a vos misma por relacionar cada evento de tu vida con alguno que viviste con él, o simplemente con su persona.
Resoplaste, pensativa. Observaste como las gotas caían una tras otra y no soportaste más. Tomaste tu BlackBerry y escribiste su nombre en la lista de contactos. La verdad, no tenías ni idea si Peter sabía de aires acondicionados, pero supusiste que debía darse idea.
Sonreíste; tenías la excusa perfecta para hablarle.
"Gordo, necesito tu ayuda. Se rompió el aire y no para de gotear, esto es el horror jaja. Podés venir antes a verlo?"
"¿Que tocaste chuequi? Voy y veo que puedo hacer. En 15 estoy."
Te estabas muriendo de calor y encima Pedro daba por hecho que había sido tu culpa. Refunfuñaste y te sentaste en el sofá a esperar mientras prendías el ventilador de pie que había encontrado casi escondido en el placard de Zaira.
Te dirigiste al equipo de música… necesitabas algo que te relaje. Buscaste entre los discos “21” de Adele pero no alcanzaste a reproducirlo que sonó el timbre anunciando la llegada de alguien a la puerta de entrada. Hace una hora hubieras dado todo por que sea “Rubén”, el técnico del aire, pero en este momento deseas que sea la única persona que te hace olvidar de todo.
“Peter” escuchás del otro lado del portero y con una sonrisa apretás el botón para permitirle pasar de manera automática.
Una vez arriba, lo saludás con un beso y el castaño te aprisiona contra él para responderte. Sonreís y Pedro te imita, abrazándote con ternura.
Lo tomaste de la mano y lo guiaste hasta el interior del living, para mostrarle cómo goteaba el aparato. Intentaste explicarle lo que había sucedido, pero él no te prestaba el mínimo de atención. Estaba mirándote embobado.
- Holaaaaaaaa, te estoy hablando – dijiste intentado que escuche lo que le decías. Levantaste una ceja y él pareció finalmente caer en la realidad.
- Perdón… es que no puedo concentrarme – te confesó entre sensual y risueño y vos frunciste el seño – Estás muy linda con esa remera.
- Estoy re crota Pedro - y te mordiste el labio. No podías creer que le pareciera sinceramente que estabas sexy. Para otro en su lugar, hubieras pasado totalmente desapercibida. Pero cada día confirmabas más que Peter no era cualquiera.
- Sexy, atrevida, ella es PAULA – canturreó y vos te enrojecías mientras no podías parar de reírte. Él tironeó de tu mano y te atrajo hábilmente, sosteniéndote por la cintura con precisión. Vos no podías evitar que la sonrisa se mantuviera en tu rostro y se miraron fijamente a los ojos – Sos hermosa – y lo besaste por inercia, pero con absoluta voluntad. Peter te respondió con la misma dedicación y se perdieron por unos minutos en sus labios. Te sentías desbordar... ¿Te estabas enamorando?
Se despegaron con un último beso rápidamente, él se dirigió haciendo donde estaba instalado el aire con cara de concentración luego de besarte el dorso de la mano con dulzura.
Vos permaneciste parada cerca del sofá, observándolo repetir la misma secuencia: tocar algo del aparato, revisarlo, pararse y volver a hacer lo mismo. Frunciste el seño y te diste cuenta que Pedro sabía lo mismo que vos acerca de reparación de aires: absolutamente nada.
Comenzabas a ponerte nerviosa y preveías que en vez de arreglarlo iba a terminar de romperlo. Impaciente al ver como las gotas caían y caían sin parar, no pudiste más con tu genio.
- Suerte que sabías lo que estabas haciendo…
- Nunca te dije que era un experto – refutó con tranquilidad y vos resoplaste. Te volvía loca que fuera tan pasivo – Me parece que está tildado…
- No, ¿en serio? – dijiste irónica y él directamente te ignoró, mientras levantaba la tapa por doceava vez desde que entró al departamento. Revisaba quién sabe qué y en vez de calmarte, te alterabas más – Estás tocando cualquier cosa Pedro. El manual dice que cuando la luz de “in operation” titila intermitentemente hay que desconectar la fuente.
- ¿Y cuál es la fuente? – te preguntó dándose vuelta para quedar enfrentados. Revoleaste los ojos.
- Y no sé, sino no te hubiera llamado para que me ayudes – respondiste con obviedad y el negó con la cabeza contagiándose de tu irritación – Encima no para de gotear, que horror.
- Bueno Paula, para un poco – te dijo algo malhumorado y vos tomaste aire – Me estás poniendo nervioso a mí – y se rascó la sien pensativo. Acto seguido, se sacó la remera azul Francia que llevaba, estaba sumamente acalorado; comenzaba a sentir la falta de frescor en el ambiente.
Ahora, fuiste vos la que lo miró embobada. Qué descarado.
- Qué sexy el técnico eh… - lo cargaste para distender y él giró sobre si mismo en la silla en la que estaba parado para alcanzar con mayor facilidad el aire.
- Qué graciosa ja ja – respondió y vos te acercaste a donde estaba.
- Lo dije en serio… estás muy lindo así – volvió a darse vuelta esta vez sonriendo y se bajó para quedar a tu altura. Vos te mantuviste en tu postura, intentando que no note lo nerviosa que te habías puesto – Te digo que la situación da como para una fantasía… el técnico y la inquilina.
Oh oh, qué peligrosamente habías jugado. El sonrió y se acercó aún más.
- No te hagas la viva si después no vas a cumplir – y ahora estabas a dos centímetros de sus labios. Cómo le gustaba provocarte… pero vos no pensabas ceder. Ya habías dado un pie, ahora, que él se la jugara.
- Me parece que el que no se anima a cumplir sos vos – sentenciaste desafiándolo y él trago saliva. Se estaba poniendo interesante.
- Tenes razón, mejor trato de arreglar el aire – y se volvió hacia la silla dejándote totalmente pasmada. En tu mente se reprodujo un gran “¿qué carajos?” mientras atónita observabas la espalda de Pedro. No podía cortar todo ahí.
Pero en cuestión de segundos, mientras intentabas dilucidar qué había sucedido volvió a darse vuelta entre risas y tironeó de tu brazo para partirte la boca de un beso, que te tomó de sorpresa pero que no dudaste en seguir. Cada vez aumentaba más en intensidad e inconscientemente lo guiaste hacia el sofá, para acostarlo encima tuyo. Nunca habías experimentado tantas cosas en un período tan corto de tiempo. Menos que con un beso te sintieras… así. Porque no conocías palabras que te ayudaran a describir lo que sentías.
Acariciabas su espalda con dulzura mientras Peter tomaba posesión de tu cuello y sentías que nada te alcanzaba para transmitir la pasión contenida que albergabas. Sin embargo, cuando estabas a punto de perder lo último de cordura que te quedaba, el aire acondicionado expulsó estruendosamente un chorro importante de agua causando tu posterior sobresalto.
Pedro no pareció inmutarse, pero ya te habías desconcentrado y no podías parar de escuchar el ruido que producía el impacto de las gotas con la cacerola que habías puesto para que no se moje el piso de madera.
- Perdón, pero no puedo – dijiste con una mueca, apenada, y él te liberó – El ruido de las gotas me distrae mucho, no me puedo concentrar – y le diste un beso en la nariz antes de incorporarte. Sonrió, pero sabías que no era fan de la idea de cortar con lo que estaban por hacer. Vos tampoco, pero querías que fuera en las circunstancias perfectas y no considerabas que estas califiquen.
- Está bien gorda, no te preocupes – contestó tomándote de la mano y vos besaste su mejilla – el ruidito es bastante molesto – y vos reíste – ¿Y si cortamos la luz?
- ¿Vos decís?
- Probemos, no perdemos nada – reflexionó y vos asentiste, mientras le mostrabas donde estaba la caja de luz. La cortó y espero unos segundos antes de reactivarla, mientras suspirabas ansiosa. Cuando volvió la luz, corriste hasta el aire y te aliviaste al ver que ya no titilaba la luz de “in operation”. Y parecía hasta que goteaba menos.
- ¿Y?
- Creo que paró… pero el técnico va a tener que venir… mañana – anunciaste mientras le pasabas por al lado para dirigirte a tu habitación y cambiarte para salir… ya eran las 7 de la tarde – porque vos y yo tenemos mejores planes que quedarnos en casa – le susurraste al oído sensualmente y el sonrió mientras te veía caminar por el pasillo.
El técnico te había asegurado que en 40 minutos iba a estar tocando el timbre de tu casa para solucionarte el problema… pero seguía sin aparecer. Estabas irritada, ofuscada y… sola. Zaira tenía un desfile a la noche, en el San Justo Shopping. Diosa, maquillada y lista para brillar. Vos con un remerón enorme con el logo de Aerosmith, una colita alta y bien de entre casa.
Volviste a marcar por enésima vez el teléfono de “CDR Instaladores” y esperaste sin obtener respuesta. Estabas segura que tenían decodificador de llamadas y por ende sabían que eras la misma pesada que llamo incansablemente durante la última hora.
Hoy definitivamente era el día de boludear a Pau... Sin lugar a dudas.
Miraste la hora en el reloj de mano que llevabas puesto: las cinco de la tarde. Habías arreglado con Pedro para verte como a las 6 cuando saliera del trabajo. Casi no aguantabas más la espera.
Desde que volviste a besarlo, sus labios se habían vuelto una adicción irremeadiable. Hablar con él se había vuelto una necesidad y casi te aburrías a vos misma por relacionar cada evento de tu vida con alguno que viviste con él, o simplemente con su persona.
Resoplaste, pensativa. Observaste como las gotas caían una tras otra y no soportaste más. Tomaste tu BlackBerry y escribiste su nombre en la lista de contactos. La verdad, no tenías ni idea si Peter sabía de aires acondicionados, pero supusiste que debía darse idea.
Sonreíste; tenías la excusa perfecta para hablarle.
"Gordo, necesito tu ayuda. Se rompió el aire y no para de gotear, esto es el horror jaja. Podés venir antes a verlo?"
"¿Que tocaste chuequi? Voy y veo que puedo hacer. En 15 estoy."
Te estabas muriendo de calor y encima Pedro daba por hecho que había sido tu culpa. Refunfuñaste y te sentaste en el sofá a esperar mientras prendías el ventilador de pie que había encontrado casi escondido en el placard de Zaira.
Te dirigiste al equipo de música… necesitabas algo que te relaje. Buscaste entre los discos “21” de Adele pero no alcanzaste a reproducirlo que sonó el timbre anunciando la llegada de alguien a la puerta de entrada. Hace una hora hubieras dado todo por que sea “Rubén”, el técnico del aire, pero en este momento deseas que sea la única persona que te hace olvidar de todo.
“Peter” escuchás del otro lado del portero y con una sonrisa apretás el botón para permitirle pasar de manera automática.
Una vez arriba, lo saludás con un beso y el castaño te aprisiona contra él para responderte. Sonreís y Pedro te imita, abrazándote con ternura.
Lo tomaste de la mano y lo guiaste hasta el interior del living, para mostrarle cómo goteaba el aparato. Intentaste explicarle lo que había sucedido, pero él no te prestaba el mínimo de atención. Estaba mirándote embobado.
- Holaaaaaaaa, te estoy hablando – dijiste intentado que escuche lo que le decías. Levantaste una ceja y él pareció finalmente caer en la realidad.
- Perdón… es que no puedo concentrarme – te confesó entre sensual y risueño y vos frunciste el seño – Estás muy linda con esa remera.
- Estoy re crota Pedro - y te mordiste el labio. No podías creer que le pareciera sinceramente que estabas sexy. Para otro en su lugar, hubieras pasado totalmente desapercibida. Pero cada día confirmabas más que Peter no era cualquiera.
- Sexy, atrevida, ella es PAULA – canturreó y vos te enrojecías mientras no podías parar de reírte. Él tironeó de tu mano y te atrajo hábilmente, sosteniéndote por la cintura con precisión. Vos no podías evitar que la sonrisa se mantuviera en tu rostro y se miraron fijamente a los ojos – Sos hermosa – y lo besaste por inercia, pero con absoluta voluntad. Peter te respondió con la misma dedicación y se perdieron por unos minutos en sus labios. Te sentías desbordar... ¿Te estabas enamorando?
Se despegaron con un último beso rápidamente, él se dirigió haciendo donde estaba instalado el aire con cara de concentración luego de besarte el dorso de la mano con dulzura.
Vos permaneciste parada cerca del sofá, observándolo repetir la misma secuencia: tocar algo del aparato, revisarlo, pararse y volver a hacer lo mismo. Frunciste el seño y te diste cuenta que Pedro sabía lo mismo que vos acerca de reparación de aires: absolutamente nada.
Comenzabas a ponerte nerviosa y preveías que en vez de arreglarlo iba a terminar de romperlo. Impaciente al ver como las gotas caían y caían sin parar, no pudiste más con tu genio.
- Suerte que sabías lo que estabas haciendo…
- Nunca te dije que era un experto – refutó con tranquilidad y vos resoplaste. Te volvía loca que fuera tan pasivo – Me parece que está tildado…
- No, ¿en serio? – dijiste irónica y él directamente te ignoró, mientras levantaba la tapa por doceava vez desde que entró al departamento. Revisaba quién sabe qué y en vez de calmarte, te alterabas más – Estás tocando cualquier cosa Pedro. El manual dice que cuando la luz de “in operation” titila intermitentemente hay que desconectar la fuente.
- ¿Y cuál es la fuente? – te preguntó dándose vuelta para quedar enfrentados. Revoleaste los ojos.
- Y no sé, sino no te hubiera llamado para que me ayudes – respondiste con obviedad y el negó con la cabeza contagiándose de tu irritación – Encima no para de gotear, que horror.
- Bueno Paula, para un poco – te dijo algo malhumorado y vos tomaste aire – Me estás poniendo nervioso a mí – y se rascó la sien pensativo. Acto seguido, se sacó la remera azul Francia que llevaba, estaba sumamente acalorado; comenzaba a sentir la falta de frescor en el ambiente.
Ahora, fuiste vos la que lo miró embobada. Qué descarado.
- Qué sexy el técnico eh… - lo cargaste para distender y él giró sobre si mismo en la silla en la que estaba parado para alcanzar con mayor facilidad el aire.
- Qué graciosa ja ja – respondió y vos te acercaste a donde estaba.
- Lo dije en serio… estás muy lindo así – volvió a darse vuelta esta vez sonriendo y se bajó para quedar a tu altura. Vos te mantuviste en tu postura, intentando que no note lo nerviosa que te habías puesto – Te digo que la situación da como para una fantasía… el técnico y la inquilina.
Oh oh, qué peligrosamente habías jugado. El sonrió y se acercó aún más.
- No te hagas la viva si después no vas a cumplir – y ahora estabas a dos centímetros de sus labios. Cómo le gustaba provocarte… pero vos no pensabas ceder. Ya habías dado un pie, ahora, que él se la jugara.
- Me parece que el que no se anima a cumplir sos vos – sentenciaste desafiándolo y él trago saliva. Se estaba poniendo interesante.
- Tenes razón, mejor trato de arreglar el aire – y se volvió hacia la silla dejándote totalmente pasmada. En tu mente se reprodujo un gran “¿qué carajos?” mientras atónita observabas la espalda de Pedro. No podía cortar todo ahí.
Pero en cuestión de segundos, mientras intentabas dilucidar qué había sucedido volvió a darse vuelta entre risas y tironeó de tu brazo para partirte la boca de un beso, que te tomó de sorpresa pero que no dudaste en seguir. Cada vez aumentaba más en intensidad e inconscientemente lo guiaste hacia el sofá, para acostarlo encima tuyo. Nunca habías experimentado tantas cosas en un período tan corto de tiempo. Menos que con un beso te sintieras… así. Porque no conocías palabras que te ayudaran a describir lo que sentías.
Acariciabas su espalda con dulzura mientras Peter tomaba posesión de tu cuello y sentías que nada te alcanzaba para transmitir la pasión contenida que albergabas. Sin embargo, cuando estabas a punto de perder lo último de cordura que te quedaba, el aire acondicionado expulsó estruendosamente un chorro importante de agua causando tu posterior sobresalto.
Pedro no pareció inmutarse, pero ya te habías desconcentrado y no podías parar de escuchar el ruido que producía el impacto de las gotas con la cacerola que habías puesto para que no se moje el piso de madera.
- Perdón, pero no puedo – dijiste con una mueca, apenada, y él te liberó – El ruido de las gotas me distrae mucho, no me puedo concentrar – y le diste un beso en la nariz antes de incorporarte. Sonrió, pero sabías que no era fan de la idea de cortar con lo que estaban por hacer. Vos tampoco, pero querías que fuera en las circunstancias perfectas y no considerabas que estas califiquen.
- Está bien gorda, no te preocupes – contestó tomándote de la mano y vos besaste su mejilla – el ruidito es bastante molesto – y vos reíste – ¿Y si cortamos la luz?
- ¿Vos decís?
- Probemos, no perdemos nada – reflexionó y vos asentiste, mientras le mostrabas donde estaba la caja de luz. La cortó y espero unos segundos antes de reactivarla, mientras suspirabas ansiosa. Cuando volvió la luz, corriste hasta el aire y te aliviaste al ver que ya no titilaba la luz de “in operation”. Y parecía hasta que goteaba menos.
- ¿Y?
- Creo que paró… pero el técnico va a tener que venir… mañana – anunciaste mientras le pasabas por al lado para dirigirte a tu habitación y cambiarte para salir… ya eran las 7 de la tarde – porque vos y yo tenemos mejores planes que quedarnos en casa – le susurraste al oído sensualmente y el sonrió mientras te veía caminar por el pasillo.
lunes, 26 de diciembre de 2011
Capítulo 23.
La habías citado a las 6 de la tarde, pero ella no podía y tuviste que acceder a interrumpir tu siesta a las 4, cosa que bajo otra circunstancia, no hubiera sido negociable.
“No quiero hablar esto por chat, vení mañana y hablamos” le habías dicho cortante. Digamos que habías sido bastante cordial y paciente.
El aire se mantenía prendido a 23 grados y estaba en la temperatura ideal; ideal para dormir. Refunfuñaste y te moviste en la cama, intentando encontrar una posición más cómoda. Sabías que si te dormías no ibas a escuchar el timbre… pero habías vuelto muy cansado de Ideas.
El chirrido te aturdió y con gran pesar, abandonaste el colchón sacudiendo tu pelo castaño. Atendiste y pediste a Jorge, el señor de seguridad que le abriera la puerta.
Sonaste tus dedos y te estiraste entre bostezos. Rezongaste hasta llegar a la puerta cuando sonó el timbre de la puerta; no estabas motivado.
- Pepe… - dijo sin saber como saludarte y vos le ahorraste la disyuntiva dejándole el camino libre para que pueda entrar – Tuviste suerte, el señor de abajo justo se estaba yendo a hacer unos trámites – comentó intentando sonar graciosa pero vos mantuviste la seriedad.
- Sentate Zai… - y le señalaste la mesa. No sabías muy bien como encarar la conversación y la verdad, seguías bastante enojado con ella.
- No sé como empezar... - y no eras el único desorientado en esa situación - Perdoname Pedro, se que pensás que de alguna manera te "traicione"...
- Vos estás poniendo ese rótulo - y Zaira solo te miraba a los ojos atentamente – Sí, sentí que no me respetaste. Bah, lo sigo sintiendo.
- ¿Y eso no es acaso peor? - inquirió y vos tragaste saliva y comenzabas a sentirte mal por tratarla con tanta indiferencia - No sé... No lo hice a propósito, me equivoque.
- No entiendo como te podés equivocar con esto, eras la que más me entendía en lo referente a este asunto y lo primero que hacés cuando ves a mi hermana es contarle que volvi a Buenos Aires - dijiste tenaz y ella exhaló mientras negaba lo que decías. La furia se escurría entre tus palabras, pero no era exactamente contra ella. Era más con vos mismo.
- Yo no le conté nada, fue un malentendido. Me la crucé y nos pusimos a hablar de cualquier cosa… Me dio a entender que hablaba de vos cuando se refirió al "nene" que por fin había vuelto a Argentina ¿Qué me iba a imaginar que hablaba de tu primo que recién llegado de Uruguay? - te increpó ya molesta con tus acusaciones y vos resoplaste.
- Por dios Zaira, ¿por qué no pensás un poquito? ¡Te parece que justo a ellos les voy a avisar que volvi! - dijiste elevando tu tono de voz y ella parecía más dolida que enojada.
- En ese momento no me di cuenta, estaba distraída... La embarre y no supe como arreglarla.
- Mira que bien… que fácil todo…vos si que sos una amiga eh...
- Podés reprocharme muchas cosas... ¿pero que no soy una buena amiga? – replicó con una claridad impactante y sólo atinaste a escuchar lo que tenía para decir - Estuve con vos en tus mejores y peores momentos; incluso cuando alejaste a todo el mundo por lo de tu mamá, te hice el aguante, en persona y a la distancia. Y si todo eso para vos no vale nada, entonces tendré que replantearme el concepto de amistad...
Te miró casi decepcionada y bajaste la cabeza, avergonzado. La simple mención de tu mamá había bastado para desequilibrarte por completo... Sabías que estabas siendo muy duro con Zaira; era más fácil echarle la culpa a ella que asumir que algún día ibas a tener que enfrentarlos. El enojo en realidad, era con vos mismo. Por ser miedoso y cobarde.
- Sos la mejor amiga que puedo tener – reflexionaste luego de varios minutos en los que la morocha permaneció sentada observándote. Hizo una media sonrisa y proseguiste – Perdoname por agarrarmela con vos, se que no lo hiciste a propósito… solo que no estaba preparado para que se enteren de mi vuelta – y ella te acariciaba el hombro, comprensiva.
- Lo sé… y se lo cabeza dura que te ponés a veces. Vas a estar todo bien Pepe – afirmo tiernamente y vos asentiste, poco convencido - Ya está arriba, no seas tan autoexigente… aunque me quede con ganás de pegarte una buena trompada – y carcajeaste.
- A veces solo a veces… me das ternura – y la abrazaste de costado.
- Me encantaría seguir con este momento emotivo, pero me tengo que ir ya…
- Buenísimo, así continuo con mi siestona – y ella palmeó tu espalda mientras cruzaba su cartera para colgársela tras reir por tu expresión. Vos te acercaste para abrirle la puerta y cuando lo hiciste, te detuviste en el umbral y le entregaste tu llavero completo. Ella frunció el ceño, extrañada.
- ¿No vas a bajar a abrirme?
- Estoy muy cansado… con esta abrís abajo. Después mandame las llaves por el ascensor ¿si? – le dijiste con una sonrisa compradora y ella te miró boquiabierta. ¡Que hiciera uso del automático del ascensor!
- ¿Es joda? No podés ser tan vago Pedro – y tomó las llaves cuando comprendió que le hablabas muy en serio. Antes de irse, agregó – Si tu vida dependiera de moverte, que mal te veo.
Largaste una carcajada. No era la primera vez que escuchabas esa frase con tan poco sentido.
- Cómo se nota que sos amiga de Paula – le gritaste desde la otra punta del pasillo y ella sonrió confusa mientras desparecía al meterse en el elevador.
(Flashback)
El timbre interrumpió tus sueños y con los ojos entrecerrados te levantaste de la cama por poco en cámara lenta. Caminabas casi a ciegas y en un estado que describirías como el de un zombie. Ni miraste el reloj, pero estabas seguro que era muy temprano.
No te gastaste en preguntar quién estaba del otro lado de la puerta… poco a poco tu mente se iba despertando y te recordó que Paula iba a pasar a la media mañana para buscarte y pasear por el Soho. Pero no era la media mañana ni el mediodía; o eso creías.
Abriste.
- ¿Qué hacés tan temprano? Me dijiste que ibas a venir tipo 10 - murmuraste refregándote los ojos y dejándola pasar. Estaba completamente emponchada y con la nariz rosada por el frío; la temperatura debía estar bajísima afuera. La imagen te causó mucha ternura y no pudiste evitar sonreír. Ella te miraba entre anonadada y ofendida.
- Son las 10 y media Pedro… - contestó algo molesta mientras se quitaba su gorro color negro y vos la tomabas por la cintura, suavemente. A pesar de su malestar, colocó los brazos sobre tus hombros, aunque seguía mirándote algo exasperada – Qué recibimiento eh – dijo irónica y vos besaste su cuello en compensación. Su sonrisa hizo aparición por inercia.
- Perdón gorda, recién me levanto de la cama – explicaste mirándola a los ojos y ella te dio un tímido beso en la punta de la nariz, recobrando el buen humor. Le sonreíste; amabas la trasparencia de su mirada.
- Me di cuenta, tenés la almohada pegada a la cara –despeinaste tu cabello y bostezaste haciendo que tus ojos se bañen de lágrimas – Igual me gustas así dormidito – y te dio un tierno beso en el cachete. Volvieron a mirarse y respondiste a sus palabras con un dulce beso en los labios. A vos también te gustaba ella… siempre.
Tomaste su mano para adentrarse en el living y te separaste para sentarte en el sofá viejo azul que tenías. Ella comenzó a sacarse todos los abrigos que tenía y cuando terminó, vos ya te habías acostado cómodamente ocupando todo el espacio. Te miró con una ceja levantada y mordió su labio inferior. Ese hábito te parecía sumamente sexy.
- Pedro, dale – y vos tenías demasiado sueño como para abandonar el sofá. Tenías un mejor plan para proponerle… pasar todo el día en la cama – ¡Nene! – y te tiró un almohadón para que reacciones y murmuraste un “ouch” al recibir el contacto del mismo en tu cara – Si tu vida dependiera de moverte, te veo muy mal.
- ¡Qué agresiva! – y Paula te miró desafiante; sabías que no dudaría en lanzarte otro almohadón con el tripe de violencia para que te levantes y te alistes para salir – Me estoy moviendo me estoy moviendo.
Sonrió victoriosa al ver que te levantabas y le robaste un beso que ella respondió efusivamente, en el camino a tu habitación. Cambiarse para salir con 15 grados bajo cero afuera valía solo la pena si en el plan estaba incluida Paula.
(Fin flashback)
Ya con el llavero en la mano, luego de que Zaira te lo subiera a través del ascensor, entraste a tu casa con lentitud; el sueño rápidamente estaba haciendo aparición otra vez y vos pensabas aprovecharlo al máximo.
Revoleaste el llavero con elegancia sobre el cenicero y te tiraste sobre el sommier una vez que llegaste a tu habitación. Sonreíste; hoy ibas a soñar con ella.
“No quiero hablar esto por chat, vení mañana y hablamos” le habías dicho cortante. Digamos que habías sido bastante cordial y paciente.
El aire se mantenía prendido a 23 grados y estaba en la temperatura ideal; ideal para dormir. Refunfuñaste y te moviste en la cama, intentando encontrar una posición más cómoda. Sabías que si te dormías no ibas a escuchar el timbre… pero habías vuelto muy cansado de Ideas.
El chirrido te aturdió y con gran pesar, abandonaste el colchón sacudiendo tu pelo castaño. Atendiste y pediste a Jorge, el señor de seguridad que le abriera la puerta.
Sonaste tus dedos y te estiraste entre bostezos. Rezongaste hasta llegar a la puerta cuando sonó el timbre de la puerta; no estabas motivado.
- Pepe… - dijo sin saber como saludarte y vos le ahorraste la disyuntiva dejándole el camino libre para que pueda entrar – Tuviste suerte, el señor de abajo justo se estaba yendo a hacer unos trámites – comentó intentando sonar graciosa pero vos mantuviste la seriedad.
- Sentate Zai… - y le señalaste la mesa. No sabías muy bien como encarar la conversación y la verdad, seguías bastante enojado con ella.
- No sé como empezar... - y no eras el único desorientado en esa situación - Perdoname Pedro, se que pensás que de alguna manera te "traicione"...
- Vos estás poniendo ese rótulo - y Zaira solo te miraba a los ojos atentamente – Sí, sentí que no me respetaste. Bah, lo sigo sintiendo.
- ¿Y eso no es acaso peor? - inquirió y vos tragaste saliva y comenzabas a sentirte mal por tratarla con tanta indiferencia - No sé... No lo hice a propósito, me equivoque.
- No entiendo como te podés equivocar con esto, eras la que más me entendía en lo referente a este asunto y lo primero que hacés cuando ves a mi hermana es contarle que volvi a Buenos Aires - dijiste tenaz y ella exhaló mientras negaba lo que decías. La furia se escurría entre tus palabras, pero no era exactamente contra ella. Era más con vos mismo.
- Yo no le conté nada, fue un malentendido. Me la crucé y nos pusimos a hablar de cualquier cosa… Me dio a entender que hablaba de vos cuando se refirió al "nene" que por fin había vuelto a Argentina ¿Qué me iba a imaginar que hablaba de tu primo que recién llegado de Uruguay? - te increpó ya molesta con tus acusaciones y vos resoplaste.
- Por dios Zaira, ¿por qué no pensás un poquito? ¡Te parece que justo a ellos les voy a avisar que volvi! - dijiste elevando tu tono de voz y ella parecía más dolida que enojada.
- En ese momento no me di cuenta, estaba distraída... La embarre y no supe como arreglarla.
- Mira que bien… que fácil todo…vos si que sos una amiga eh...
- Podés reprocharme muchas cosas... ¿pero que no soy una buena amiga? – replicó con una claridad impactante y sólo atinaste a escuchar lo que tenía para decir - Estuve con vos en tus mejores y peores momentos; incluso cuando alejaste a todo el mundo por lo de tu mamá, te hice el aguante, en persona y a la distancia. Y si todo eso para vos no vale nada, entonces tendré que replantearme el concepto de amistad...
Te miró casi decepcionada y bajaste la cabeza, avergonzado. La simple mención de tu mamá había bastado para desequilibrarte por completo... Sabías que estabas siendo muy duro con Zaira; era más fácil echarle la culpa a ella que asumir que algún día ibas a tener que enfrentarlos. El enojo en realidad, era con vos mismo. Por ser miedoso y cobarde.
- Sos la mejor amiga que puedo tener – reflexionaste luego de varios minutos en los que la morocha permaneció sentada observándote. Hizo una media sonrisa y proseguiste – Perdoname por agarrarmela con vos, se que no lo hiciste a propósito… solo que no estaba preparado para que se enteren de mi vuelta – y ella te acariciaba el hombro, comprensiva.
- Lo sé… y se lo cabeza dura que te ponés a veces. Vas a estar todo bien Pepe – afirmo tiernamente y vos asentiste, poco convencido - Ya está arriba, no seas tan autoexigente… aunque me quede con ganás de pegarte una buena trompada – y carcajeaste.
- A veces solo a veces… me das ternura – y la abrazaste de costado.
- Me encantaría seguir con este momento emotivo, pero me tengo que ir ya…
- Buenísimo, así continuo con mi siestona – y ella palmeó tu espalda mientras cruzaba su cartera para colgársela tras reir por tu expresión. Vos te acercaste para abrirle la puerta y cuando lo hiciste, te detuviste en el umbral y le entregaste tu llavero completo. Ella frunció el ceño, extrañada.
- ¿No vas a bajar a abrirme?
- Estoy muy cansado… con esta abrís abajo. Después mandame las llaves por el ascensor ¿si? – le dijiste con una sonrisa compradora y ella te miró boquiabierta. ¡Que hiciera uso del automático del ascensor!
- ¿Es joda? No podés ser tan vago Pedro – y tomó las llaves cuando comprendió que le hablabas muy en serio. Antes de irse, agregó – Si tu vida dependiera de moverte, que mal te veo.
Largaste una carcajada. No era la primera vez que escuchabas esa frase con tan poco sentido.
- Cómo se nota que sos amiga de Paula – le gritaste desde la otra punta del pasillo y ella sonrió confusa mientras desparecía al meterse en el elevador.
(Flashback)
El timbre interrumpió tus sueños y con los ojos entrecerrados te levantaste de la cama por poco en cámara lenta. Caminabas casi a ciegas y en un estado que describirías como el de un zombie. Ni miraste el reloj, pero estabas seguro que era muy temprano.
No te gastaste en preguntar quién estaba del otro lado de la puerta… poco a poco tu mente se iba despertando y te recordó que Paula iba a pasar a la media mañana para buscarte y pasear por el Soho. Pero no era la media mañana ni el mediodía; o eso creías.
Abriste.
- ¿Qué hacés tan temprano? Me dijiste que ibas a venir tipo 10 - murmuraste refregándote los ojos y dejándola pasar. Estaba completamente emponchada y con la nariz rosada por el frío; la temperatura debía estar bajísima afuera. La imagen te causó mucha ternura y no pudiste evitar sonreír. Ella te miraba entre anonadada y ofendida.
- Son las 10 y media Pedro… - contestó algo molesta mientras se quitaba su gorro color negro y vos la tomabas por la cintura, suavemente. A pesar de su malestar, colocó los brazos sobre tus hombros, aunque seguía mirándote algo exasperada – Qué recibimiento eh – dijo irónica y vos besaste su cuello en compensación. Su sonrisa hizo aparición por inercia.
- Perdón gorda, recién me levanto de la cama – explicaste mirándola a los ojos y ella te dio un tímido beso en la punta de la nariz, recobrando el buen humor. Le sonreíste; amabas la trasparencia de su mirada.
- Me di cuenta, tenés la almohada pegada a la cara –despeinaste tu cabello y bostezaste haciendo que tus ojos se bañen de lágrimas – Igual me gustas así dormidito – y te dio un tierno beso en el cachete. Volvieron a mirarse y respondiste a sus palabras con un dulce beso en los labios. A vos también te gustaba ella… siempre.
Tomaste su mano para adentrarse en el living y te separaste para sentarte en el sofá viejo azul que tenías. Ella comenzó a sacarse todos los abrigos que tenía y cuando terminó, vos ya te habías acostado cómodamente ocupando todo el espacio. Te miró con una ceja levantada y mordió su labio inferior. Ese hábito te parecía sumamente sexy.
- Pedro, dale – y vos tenías demasiado sueño como para abandonar el sofá. Tenías un mejor plan para proponerle… pasar todo el día en la cama – ¡Nene! – y te tiró un almohadón para que reacciones y murmuraste un “ouch” al recibir el contacto del mismo en tu cara – Si tu vida dependiera de moverte, te veo muy mal.
- ¡Qué agresiva! – y Paula te miró desafiante; sabías que no dudaría en lanzarte otro almohadón con el tripe de violencia para que te levantes y te alistes para salir – Me estoy moviendo me estoy moviendo.
Sonrió victoriosa al ver que te levantabas y le robaste un beso que ella respondió efusivamente, en el camino a tu habitación. Cambiarse para salir con 15 grados bajo cero afuera valía solo la pena si en el plan estaba incluida Paula.
(Fin flashback)
Ya con el llavero en la mano, luego de que Zaira te lo subiera a través del ascensor, entraste a tu casa con lentitud; el sueño rápidamente estaba haciendo aparición otra vez y vos pensabas aprovecharlo al máximo.
Revoleaste el llavero con elegancia sobre el cenicero y te tiraste sobre el sommier una vez que llegaste a tu habitación. Sonreíste; hoy ibas a soñar con ella.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)