martes, 7 de febrero de 2012

Capítulo 41.

“La unión es una burbuja en el tiempo” decía Gustavo Cerati. Siempre te había parecido una frase imponente, importante. Una metáfora que quizás de sentido no tenía tanto pero que armada quedaba linda; estética. Como algún verso de los temas de Calamaro (y no conseguía frases desconcertantes solo por su gran poder de imaginación) o incluso de Arjona, que tiene esa habilidad para relacionar las cosas de la manera más insólita.

Bueno, eso pensabas hasta que finalmente te conectaste con alguien tan pura y naturalmente que entendiste que era verdad, que se paraba el tiempo, que se congelaba el instante. Que cuando te encontrabas en plenitud con otra persona directamente las horas, minutos, segundos y milésimas de segundo no existían.

Y al final dijiste, cuánta razón tenía Gustavo.

Pedro jamás se había ido de la fiesta. Físicamente sí, pero en tu interior aún sentías su presencia, como si nunca te hubiera dado la espalda en el jardín para irse caminando dejándote sin certezas, confundida y sin acompañante. Y con una sonrisa falsa, forzada y necesaria para aparentar que todo estaba bien y que estabas feliz de la vida en el compromiso de tu papá.

Y ahora que estabas sin él, el tiempo no se te pasaba más.

Te tiraste sobre la cama de tu habitación aún con vestido y maquillaje puestos. No tenías fuerzas ni ánimos para levantarte y ni bien apoyaste tu cuerpo sobre el mullido acolchado de plumas, las lágrimas comenzaron a salir a mares. Dejaste que corran, sin amagar a limpiarlas.

Hipaste intentado recuperar un poco del aire perdido luego de varios minutos de no hacer más que llorar y decretaste que no te levantarías hasta el 2057. Si estuvieras en tu casa, probablemente hubieras puesto música melancólica hasta hartarte, para poder deprimirte del todo; pero en ese cuarto de escasos metros cuadrados no tenías ni chocolate, ni nadie con quien pelearte (o descargarte), ni música, ni computadora.

La muerte.

Definitivamente las cosas no habían salido del modo que lo esperabas. Pedro te daba tanta seguridad, que cuando llego el día lo que te ponía nerviosa era festejar el compromiso de tu padre con otra mujer en vez de pensar en lo terrible que podía llegar a ser la fiesta (y acá incluyamos a Ezequiel e invitados). Y la posibilidad de que Peter se enterara de casualidad de algún traspié de tu pasado ni se te había cruzado por la cabeza.

Odiabas esa actitud egoísta que había tomado ¿No entendía que si no le contaste, fue porque te costaba? ¿Qué te dolía, que te lastimaba?

Te acomodaste sobre el acolchado mientras escuchabas tu propia respiración entrecortada por el llanto. No se oía más que eso y las agujas del reloj.

Tic, tac; Tic, tac; y te dieron ganas de tirar el relojito a la mierda.

Nunca imaginaste salir de su boca, palabras tan hirientes. En algún lugar de tu mente quisiste justificarlo pensando que estaba enojado… pero en ese tipo de momentos que estás al límite, decís las cosas con más sinceridad. Abrís el alma.

Y no entendías… no podías entender. Y menos podías hacerlo en ese momento.

Secaste la humedad de tus mejillas con la palma de tu mano inútilmente; las lágrimas no dejaban de salir. Te daba bronca no poder controlar tus emociones y más bronca te daba, recordar lo que tuviste que decirle a cada persona que te pregunto por él durante la fiesta, una vez que volviste a mezclarte entre la gente.

Idiota.

“Tenía unos asuntos familiares impostergables” asegurabas con una mueca, mientras el/los interesados asentían y vos por dentro explotabas. “¡Qué ridículo!”, pensaste. No tenías por qué darle ninguna explicación a nadie pero sabías que el silencio, era peor.

Tu propia experiencia te lo demostraba y vos eras testigo por excelencia. A nadie en Lobos le interesó saber tu lado de la historia; era más divertido pensar que eras una perra, una roba novios, una desvergonzada.

El conventillo siempre vendía más y eso no era ninguna novedad. El chisme... a veces valía más que la verdad.

Lo que más te enfurecía de todo, era que Pedro se hubiera ido. Incluso cuando te despediste de tu papá y tus hermanos al final de la fiesta, tenías la esperanza de que estuviera ahí en la habitación esperándote. Esperándote para pelear, para no mirarse, para hablar, para olvidar. Pero llegar y encontrar el cuarto vacío, fue bastante decepcionante.

Cagón.

Refregaste tus ojos una vez más, tratando de cortar ese sin fin de agua que se deslizaba por tu rostro y que parecía que no iba a parar nunca.

Decidiste cortar con la amargura y hacer algo por vos misma. Una vez en el baño (decorado con toques coloniales como el resto de la habitación), tu reflejo te recordó que todavía llevabas puesto el maquillaje (el rimmel completamente corrido y unas ojeras dignas de un oso panda) y corriste a la valija para buscar la crema desmaquillante.

Posicionada en una esquina encontraste la maleta, perfectamente cerrada. Cuando la abriste, recordaste que habías guardado el estuche que necesitabas bien al fondo. Estorbaba en tu camino por alcanzar la crema un libro que habías traído "por las dudas" (y recién ahora que estabas sola le veías una utilidad) y lo revoleaste sobre la cama para poder sacar el neceser. Y cuando lo hiciste, a medio camino, cayo un trozo de papel a tus espaldas. Al verlo de cerca, te diste cuenta que era una servilleta, vieja y algo rota, pero de la cual resaltaba el logo de Starbucks y una caligrafía imposible de no reconocer.

“215 West 92nd Street”

Y los recuerdos al brotar en tu mente, te obligaron a tomar asiento.




(Flashback)


El cenicero rebalsaba de cenizas y a cualquier persona normal con desafecto a la limpieza no le hubiera importado. Pero a vos te perturbaba muchísimo (y eras maniática del orden y la higiene, salvo en algunas ocasiones) y ya habías perdido la cuenta de cuántas veces el objeto había acaparado tu atención. Aproximadamente, este acoso visual al cenicero había comenzado hacía una hora, tiempo en el que te habías despertado sin lograr conciliar el sueño otra vez.

Esos días, dormir acompañada se había hecho costumbre. Pedro, tu fiel compañero, dormía profundamente a tu lado y no habías podido evitar que en esa hora que estuviste lidiando con tu obsesión por el orden se hubiera cruzado por tu mente alguna vez (fueron varias) lo equivocada que estabas al no ponerle un freno a esta ¿relación?

Tenían fecha de duración limitada (y lo sabías y te sorprendía que no hubieran caducado a los tres días de conocerse) y eso, doloroso o no, era una verdad incómoda. Que no gustaba y con la que no estabas de acuerdo.

Vos tenías ofertas de trabajo en Buenos Aires, varias. Pedro en unas semanas retomaba sus estudios de cine en la Universidad (NYU). Los tiempos no cerraban y las despedidas tampoco.

Te declarabas una persona exenta de las despedidas, por gusto y propia decisión claro. Las odiabas, eras pésima para ellas y si podías evitarlas… mejor. Es más, si pudieras eliminar la palabra del diccionario, la borrarías sin pensarlo dos veces.

Suspiraste con lentitud, como si de esa manera pudieras hallar alguna vía de claridad que ilumine tu situación. Definitivamente estabas confundida porque ¿cómo darle fin a algo que no sabías que era?

Dejando el dramatismo de lado, decir adiós realmente era inminente e inevitable y no tenías la cantidad de horas que te hubiera gustado tener, para reflexionar y tomar la decisión más adecuada; en 5 horas tenías que estar en el aeropuerto y tu hotel estaba en el otro lado de la ciudad.

Paula, Paula, Paula.

Te hablaste a vos misma, mientras mordías tu labio con indecisión. Observaste a Pedro y te quedaste en blanco (mirarlo no era una buena idea).

Decidiste llevarte por el impulso; al fin y al cabo muchas opciones no tenías. Despertarlo para comunicarte que te tenías que ir era una idea poco tentadora y que inevitablemente desembocaría en un diálogo raro y extraño. Y triste, porque a pesar de conocerlo hacía 12 días, lo querías.

Que te llamen loca y que te llamen idiota, también, por engancharte tan rápido.

No servías para mantener una relación a distancia y menos ibas a poder sostener algo tan reciente que no tenía bases sobre las cuales sustentarse. Un punto para la lógica, cero para el corazón.

Tomaste un papel con promociones de un delivery de comida oriental que encontraste revoleado por la mesa y lo diste vuelta para escribir en el lado blanco de la hoja.

“ "Y sé que nunca se me va a olvidar tu voz aunque pierda la memoria”

A veces es mejor no decir adiós…Y yo soy especialmente mala en las despedidas. Fuiste mi guía, mi amor, mi locura en Nueva York y de lo que compartimos, no me olvido nunca.”

Dejaste el mensaje en la mesa de luz con delicadeza mientras recogías tus cosas con decisión. Sin mirar atrás, atravesaste la puerta del departamento, para sumergirte en la ola polar que aquejaba las calles.

Y despedirte, sin decirlo.

(Fin flashback)





Tomaste el teléfono, sin saber muy bien por qué y cuando tomaste consciencia de lo que estabas haciendo, te encontrabas redactando un correo electrónico nuevo a peteralfonso9@gmail.com con “Hola extraño” como asunto (como habías hecho en el primer mail que le mandaste hacia meses cuando justamente, se estaban re-conociendo).

“Hola extraño, porque eso somos ahora ¿no? Dos extraños” tipeaste lo más rápido que tu celular te permitió y te paraste en seco ni bien terminaste ¿Qué sentido tenía enviarle algo?

La incertidumbre de no saber bien qué pasaba y pasaría entre ustedes era tan desconcertante como inmovilizante. Borraste una a una las letras y dejaste el mensaje vacío sin enviar. No ibas a ceder, no tenías por qué y no tenías ganas.

No creías que fuera justo.

Guardaste el celular en un cajón del mueble y lo cerraste fuertemente. Era peligroso tenerlo tan a mano y sabías que si no hubieras recobrado la cordura al último minuto, hubieras mandado algo de lo que te arrepentirías después. La tentación, bajo llave.

Más tranquila, volviste al punto que habías abandonado en primer lugar y sacaste la crema del neceser, para volver al baño y comenzar a despintarte. Y empezar de nuevo.







Martix (¿?) gracias por hacer inteligencia conmigo durante la creación del capítulo jajaja. T ♥

miércoles, 1 de febrero de 2012

Capítulo 40.

“Tenemos que hablar” eran tres palabras que nunca eran un buen augurio. De chico, sabías que después de cada mala nota que traías del colegio se venía una frase del estilo quizás hasta acompañada de un “¡Pedro!”. Con los años, te diste cuenta que el “tenemos que hablar” era la previa a un reproche, a un anuncio, a una verdad o a una mentira (y de vez en cuando, a algún perdón). Pero sea lo que fuese que se tenía para decir, tal conjunción de palabras tenía la facultad que ni bien eran pronunciadas, uno comenzaba a repasar series de hechos e intentar recordar si había hecho algo mal, estrujiéndose el cerebro en tiempo récord.

Y para alguien como vos, cerebral al extremo, cuando te tiraban ese triplete de palabras la cabeza se te activaba a mil por hora. Como una ferrari.

Ser el portador de esa frase más allá de implicar una “responsabilidad” implicaba un poder. Por unos minutos, tenías el control de las emociones del otro y eso era… tal vez peligroso.

Fumaste una pitada para tomar coraje (porque luego de esa sonrisa que te regaló Paula al sentarse lo necesitarías) y pronunciaste la tan temida frase, de la manera más natural que pudiste.

La sentiste fruncir el ceño a tu lado y luego… el silencio.

- Te escucho – dijo simplemente, con un tono neutro que te resultó inquietante. Y que tomara la iniciativa para hablar hubiera sido más fácil.

- ¿Quién sos? – preguntaste con voz ronca y parpadeaste dos veces antes de mirarla fijamente. Ella parecía confundida pero no podría estarlo tanto como vos.

- ¿Por qué me preguntás eso? – una pregunta con otra pregunta. Estaba a la defensiva – No entiendo a qué querés llegar Pedro – Aflojaste el nudo de tu corbata, te ahogaba esa situación.

- Es una de las preguntas más difíciles para hacerle a una persona, pero si le pregunto a la gente que está hoy en la fiesta puedo obtener más de tres respuestas diferentes – y Paula desvió la mirada pensativa y supiste que sabía exactamente a que te referías – Por eso prefiero preguntarte a vos.

- ¿Y por qué necesitás preguntarle a alguien más? Vos me conocés – contestó al instante entre esperanzada y hasta un poco dolida. Y justamente, ese era el problema; conocerla.

- Porque estoy confundido… porque no se que es y que no – y te estabas enredando en tus propias palabras. Te consolaste pensando que estabas plasmando de manera exacta lo que sucedía en tu interior - porque… - suspiraste y aún sentías el gusto a tabaco - Hoy escuche cosas de vos y no se hasta que punto son ciertas o no… y tampoco me importa tanto. Lo que me importa es que me hayas ocultado cosas, otra vez – y por fin lo habías dicho.


- Es cierto – te interrumpió cuando querías seguir con tu descargo y te sorprendió lo directa que fue – No sé que escuchaste… pero seguro diferentes versiones, de la misma historia - mantuviste el silencio - Basicamente, me confundí y me metí con el ex de una amiga y no me importó... Ni lo que me dijeran mis papás, ni si estaba bien o mal o si estaba rompiendo códigos - le temblaba la voz y no pudiste evitar acariciar su mano. Ella continuó - Me enceguecí... Y no me reconocí a mi misma... Cuando me di cuenta ya era muy tarde y había arriesgado demasiadas cosas por alguien que no lo valía. Me arrepenti y pedi perdón.... Y termine pagando no solo por mi error sino también por el de los demás.

Cada una de las palabras retumbo en tu mente, y las analizaste, las desmigajaste con la esperanza de encontrar algo que la hiciera menos culpable. Pero ella ni se había excusado y eso te hacía sentir aun peor, porque significaba que al final, no la conocías tanto como pensabas.

No te imaginabas a Paula en esa situación y menos lastimando a alguien. Vos sabías que era incapaz de hacerle un mal a alguien a propósito... ¿Era una faceta de ella que no conocías?

Tu cabeza daba vueltas y rascaste tu sien tratando de aliviar el mareo. Paula, movia sus manos nerviosa.

Tragaste. Lo que creías perfecto al final no lo era tanto y caíste en que quizas la habías idealizado demasiado y eso ya no era culpa de ella.

Suspiraste.

Estabas enroscándote demasiado y no podías parar. Un laberinto sin salidas.

- Y me trajiste acá, exponiéndome a algo que no sabía si estaba dispuesto a enfrentarme - escupiste y ni siquiera supiste por qué. Te hubiera gustado utilizar otras palabras, pero salieron de tu boca antes de que pudieras pensar mejor (y no de la manera que hubieses preferido pero el dolor y la bronca no te permitieron otra cosa).

Al fin y al cabo, lo que más te dolía de todo era que ella no hubiera confiado en vos como para contártelo.

- ¿Que decis Pedro? – inquirió endureciendo sus facciones, sintiéndote totalmente egoísta.

- No sé… - resoplaste mientras negabas con la cabeza – No puedo creer que hayas hecho algo así – dijiste, casi en murmullos. Paula se acomodo sobre sí misma, inquieta.

- Soy un ser humano Pedro, me equivoco – se defendió y vos asentiste. En el fondo sabías que estaba arrepentida y que no eras nadie para dar lecciones de moral. Sin embargo, no podías evitar sentirte decepcionado. No por los hechos, sino por las acciones – Y aprendí de mis errores…

- Esta bien, pero no entiendo… - y decidiste reformular la oración – Pero no confiaste en mí como para contármelo.

La rubia te miró, decepcionada y no entendiste. No entendiste como era ella la que se daba el lujo de sentirse así.

- No pasa por una cuestión de confianza Pedro, yo confío en vos – te contradijo mientras gesticulaba con las manos. “No parece” murmuraste y ella te ignoró olímpicamente – Ezequiel, Tatiana, Lobos… todo eso era un tema del pasado que para mi estaba cerrado y no quería desenterrar.

Y las justificaciones no te alcanzaban.

- ¿Pero no te das cuenta que el estar hoy acá todos en el mismo metro cuadrado cambia las cosas? – contestaste impaciente y ella revoleó los ojos. Te estabas poniendo nervioso.

- ¿Qué cambia, si dijiste que no te importa? – te dijo desafiante, utilizando tus propios dichos. Te molestaste el doble.

- ¡No me cambies de tema! – y ella se cruzo de brazos, abatida. Sus labios comenzaron a temblar y se mordió el inferior para que no lo notes.

La luna era la única que los iluminaba; el cielo estaba completamente despejado y el único sonido perceptible era el de sus respiraciones agitadas.

- No pensé que se iba a dar así… creí que iba a pasar desapercibido – dijo después de un rato intentando mantener la calma y vos te paraste, incapaz de permanecer quieto más tiempo - ¿Pensás que lo hago a propósito? – y te miró clavándote los ojos verdes, casi a modo de desafío.

- Nunca dije eso Paula, sólo que me gustaría haberme enterado por vos y no como un chisme de la fiesta – y te despeinaste el pelo castaño con violencia. Ella te observo desde su posición ¿Tan difícil era ponerse en tu lugar?

- Ya te explique Pedro ¿qué querés que te diga? – y odiabas que se desentienda del asunto con tanta liviandad - Estás exagerando.

- ¿Exagerando? – y podías sentir tus mejillas ardiendo de lo enojado que estabas - ¿Hay algo más que tengas que contarme? Dale aprovecha ahora que me siento un pelotudo – y ella se mordió el labio fuertemente.

Tenías el alma llena de gritos mudos.

- Sí – y te quedaste en seco. No esperabas esa respuesta – Que además de sentirte, sos un pelotudo Pedro ¡Mirá como estás reaccionando!

- ¡Y como querés que reaccione si siento que no te conozco! No es la primera vez que me mentís Paula – y tu tono de voz se elevaba más y más - ¿Trinidad te suena?

Y todo Nueva York se te vino encima y no hiciste esfuerzos por retener el reproche. No podías ignorarlo, estaba ahí y lo habías guardado desde que ella agarró sus cosas y se fue sin previo aviso de tu departamento ese invierno y haciéndote sentir un idiota.

Otra vez el deja vu.

- Ya te pedí perdón por eso Pedro, no puedo volver el tiempo atrás – miraste hacia otro lado - No se que es lo que pretendes que haga.

- ¿Y cuando te fuiste de Nueva York sin avisar? ¿Y tiraste las dos semanas que pasamos por la borda?

Y las palabras fluían de tu boca sin control. Porque esa charla era una asignatura pendiente y lo que no se dice se transforma en un veneno que carcome. Un veneno que quizás habías mantenido inactivo por varios años (para proteger tu ego, a vos o por orgullo) pero en el momento que volviste a sentir esa sensación de… decepción volvió a aparecer. Porque lo tuyo era una herida abierta.

- No podés hacerme un planteo de hace 3 años Pedro… - ¿y cuando quería que lo hicieras si se habían reencontrado ahora? - Además no fueron así las cosas.

- ¿No se puede hacer lo que no te conviene no? – contra atacaste ignorando lo último que agregó. Ella balanceó su cabeza hacia los costados.

- Te juro que no te entiendo – y eran dos - Te quejas y me juzgas y ni siquiera te molestas en averiguar como fueron las cosas. Sos un egoísta – y frunciste el ceño. A Paula se le quebraba la voz cada tanto - Me hablas de confianza cuando vos tenés conflictos familiares, te aislaste un año de todo el mundo quién sabe por qué y nunca te sentaste a explicarme nada. Y yo nunca te presione, porque te amo y se que tendrás tus razones para callarte – y sabías que tenía razón, pero no podías verlo.

- No se puede comparar Paula… no tenes idea – y fuiste incapaz de articular otra cosa más - Y no insinúes que no te amo, sabés muy bien que no es así.

- ¿Cómo me amas si decís que no me conoces? Siempre me mostré como soy con vos – y no podías darle una respuesta a eso, pero aunque la incertidumbre te confundiera nunca estaría en duda cuánto la amabas – Y no tengo idea de cómo es, porque no me contás – contestó dolida mientras las lágrimas se resbalaban por su rostro. No podías verla así.

Buscaste un cigarrillo en el bolsillo de tu traje, sin saber que más decir. Estabas más confundido que antes.

Tu mente no te daba respiro y lo que antes parecía tan lógico, ahora ya no lo era.

Y concluiste en que no sabías nada, en que nunca supiste nada y que otra vez eras el pelotudo más grande de la historia.

Bien.

- Te deben estar buscando… volve a la fiesta – y ella entendió perfectamente que no ibas a acompañarla. Limpió sus lágrimas con la yema de sus dedos rápidamente.

- ¿Quién se escapa ahora? – musitó, con la voz temblorosa.

Pero ya no importaba si era ella o vos. Estaban completamente a destiempo y eso si que no sabías, al menos ahora, como emparejar.

No te encontrabas, ni la encontrabas.

Prendiste el cigarrillo en silencio y le diste una última mirada. Con tu “Tenemos que hablar” habías cumplido tres de las cosas previstas: el reproche, la verdad y el anuncio.

Te diste vuelta con una mueca mientras dejabas que el humo te invada, con una mezcla de impotencia y dolor, y emprendiste camino a la recepción. Con suerte el viaje de vuelta sería más rápido.







Graaaaaaacias lala por ayudarme, sin vos no hubiese sido posible ♥ jajaja.

Gente, no me odien (:

lunes, 30 de enero de 2012

Capítulo 39.

La versión remixada de "Prófugos", que distorsionaba con exageración la voz de Cerati y te hacía extrañar con locura el cd compilado de Soda (hecho por vos) que tenías en tu auto, perforaba tus tímpanos y protagonizaba el inicio de una nueva tanda de música en la fiesta.

Cerati, volvé.

Te mordiste el labio; nadie se molestaba en disimular que te estaba mirando y no te sorprendía. Sabías a lo que te enfrentabas en el momento que aceptaste ir… volver a Lobos era un interminable deja vu.

Los susurros eran intermitentes, a pesar de que la música estuviera la suficientemente alta para que a la distancia las conversaciones de los demás fueran imperceptibles. Suspiraste.

Te habías hecho a la idea de que hablar, iban a hablar siempre. Seamos sinceros, en un pueblo conocido por su tranquilidad, tu aparición después de años era la noticia más jugosa que habían tenido en meses y muy poco podías hacer al respecto salvo justamente darles de qué hablar. Y allí estabas a pesar de todo; con tu vestido de Benito Fernández, tus zapatos de Jimmy Choo que te trajiste del Soho en Nueva York, con el hombre más fachero de la fiesta (y eras absolutamente objetiva) y una sonrisa imborrable. Que hablen de eso.

Ya habían pasado más de quince minutos desde que Pedro se había ido al baño y comenzabas a sentirte algo tonta por continuar parada en el mismo lugar. Corriste tu pelo hacia un lado para encaminarte a quién sabía donde.

Divisaste a tus ex compañeras del colegio y decidiste que si ibas para algún lado ibas para cualquiera menos para ese. Tatiana, Catalina, Stefanía y un par más que recordabas de cara pero no de nombre te miraban de arriba abajo como si fueras portadora de sarna. Rencor, envidia, indignación. Carraspeaste, incómoda; no podías culparlas. Con 27 años te tocaba entender que algunas cosas el tiempo definitivamente no las curaba y que te habían mentido al asegurarte que sí.

Es que ¿cómo alguien podría perdonarte si ni siquiera vos estabas muy segura de haberlo hecho?

Miraste a tu alrededor una vez más, por si veías a tu acompañante, pero no sucedió. Del otro lado del salón tu papá se había quitado la corbata y bailaba animado con tu padrino, Pinky, mientras los demás aplaudían.

Caminaste hacia la entrada con decisión mientras esquivabas a la gente; quizás Pedro había salido a fumar. Y pensándolo bien, a vos no te vendría nada mal fumar un cigarrillo en ese momento (y ya que estamos en un rapto de sinceridad, dejémonos de joder con la boludez de "lo deje, es uno cada tanto" porque ni bien tenés la oportunidad, cualquier excusa es válida).

No podías creer la suerte que estabas teniendo; no te habías cruzado a Ezequiel en toda la noche y apenas te habías acordado de que él también se encontraba ese día. Corrección: no se había acercado en toda la noche (lo habías visto a lo lejos junto a Sebastian, pero tampoco le habías prestado tanta atención). Tal vez finalmente había entendido lo desubicado que sería que se junten a hablar en el compromiso de tu papá y su hermana (si esa unión no era de por sí lo suficiente incómoda y extraña).

Enterarte que tu padre estaba saliendo con la hermana de Ezequiel (Claudia) fue la tomada más grande de pelo en la historia de tu vida (y eso que hubo varias). Enterarte que la relación iba en serio fue doblemente peor y finalmente, enterarte que tenían planes de casamiento directamente era indescriptible.

Te enojaste con tu papá, muchísimo (¿acaso no había vivido el peor y último año en Lobos junto a vos?) hasta el punto de quitarle la palabra por años. No podías entender lo que considerabas ese acto de egoísmo de su parte; te había juzgado tan duramente… Que no podía creer el tupé que tenía para ponerse a salir con la idiota de Claudia (con la que te llevabas increíblemente mal incluso cuando vos y Ezequiel eran mejores amigos).

Mejores amigos. Rótulo que le queda tan grande a muchos… Y la única persona que alguna vez llamaste así fue a él. Irónico. Suspiraste.

Te apoyaste sobre una columna en el pasillo. Pensar en su amistad te hacía sentir entre estúpida, vulnerable y melancólica (cosa que te hacía sentir más idiota). Aun fuera, podías escuchar la música y el DJ estaba entusiasmado con los remixes, ahora con “De música ligera”. Automáticamente te teletransportaste a ese día que empezaron y terminaron tantas cosas; un día de completa revolución. Y para bien o para mal, el único adjetivo que podía clasificar con generalidad ese día era "inolvidable".




(Flashback)

8 años antes

"Me veras volver" era la promesa. Una serie de conciertos que llevaba como bandera esa frase realizaba Soda Stereo durante el 2003. Y allí estabas, en Buenos Aires, viéndolo en vivo quien sabía hasta cuando. Sentías electricidad, escalofríos, te dolía la panza. Estabas feliz.

La música se metía en tus oídos y revolucionaba tu cuerpo, mientras intentabas grabar en tu memoria cada movimiento de la banda sobre el escenario.

Era verdaderamente, un momento único.

Nunca pensaste de que, después de tanto tiempo, tu banda preferida volvería a tocar y estarías ahí para vivirlo. Bah, pensarían y estarían, mejor dicho, porque por supuesto Ezequiel cantaba todas las letras con fervor a tu lado mientras River se movía al ritmo de Soda.

No lo podrías haber imaginado diferente. Habían prometido concurrir juntos si los rumores era ciertos y ni siquiera fue necesario insistir; compartían ese fanatismo juntos, como muchas otras cosas.

Si te preguntaban si creías en la amistad entre el hombre y la mujer, habrías dicho que sí sin dudarlo. Tenías la prueba viviente de que construir ese tipo de lazo era posible al lado tuyo. Para vos Ezequiel tenía tetas; era una chica más.

Era ese amigo que se quedaba a dormir a tu casa, que conocía a tus viejos, a los amigos de tus viejos y a tus familiares, incluso los más lejanos. Tu compañero de banco, de trabajos prácticos, de risas, de llantos. El que te ayudaba a ratearte del colegio para ver a tu noviecito 4 años más grande que vos. El que te tenía la cabeza cuando en Bariloche, te habías excedido con el tequila. El incondicional.

El ¿ex? novio de Tatiana, una de tus mejores amigas (con ellos nunca se sabía). El que te traía un Mc Flurry (o la imitación del mismo que hacia Trappani, heladería local) cuando estabas triste por una nueva pelea de tus papás o por lo mal que te había ido en matemática. El que te había acompañado al casting de modelos cuando nadie podía. El que te conocía más que nadie.

Sonreíste a su lado, mientras sonaba "Persiana Americana". Sus ojos verdes tintineaban por el efecto de iluminación del estadio y te abrazó con entusiasmo porque sabía que este era uno de tus temas favoritos. Tus papás y tu hermano atrás, estaban completamente hipnotizados por la calidad del show; tu hermana Delfina se había quedado en casa de su madrina a pesar de los innumerables berrinches que hizo para poder ir.

El monumental estaba repleto; era 21 de diciembre, fin de año y última fecha de la gira. Gustavo Cerati dijo "Nosotros tenemos una gran razón para volver: ¡ustedes!" y se te puso la piel de gallina. Y antes de empezar el siguiente tema Ezequiel tironeo de tu mano para que abandonen el costado y se adentren con la multitud. "Sólo este tema" pediste a tus padres y ni les diste tiempo a responder.

No estaban muy alejados, pero si mucho más centrados que antes. Te mordiste el labio, emocionada.

"Mi alimento son las cenizas de una noche larga" y esa frase de “Un millón de años luz” te tocaba muy adentro. Un mes y medio había pasado desde que vos Guillermo habían decidido terminar y aún te dolía un poco pensar que las cosas entre ustedes habían terminado. Sin embargo, esa noche era todo luz.

Y de repente Ezequiel estaba demasiado cerca y tu sistema nervioso se encontraba casi estático. No sabías si habías olvidado como hablar o qué palabras tenías que utilizar.

La seducción que emanaba el tema no hacía más que contribuir a ese extraño ambiente que se estaba formando entre los dos y no tenías idea como reaccionar. Por primera vez estabas muda y tampoco pudiste pensar mucho más porque Ezequiel sin avisarte chocó sus labios contra los tuyos. Luego de unos segundos sin reacción le correspondiste; por confusión, por inercia.

Y ya no podías decir que la amistad entre el hombre y la mujer existía.

(Fin Flashback)





Exhalaste alterada; hacía mucho que no removías en tu memoria. El pasillo estaba desierto y ya no escuchabas la música. De repente volviste a recordar por qué habías salido en medio de la fiesta: Pedro ¿Dónde estaría?

- Pau… - dijeron a tus espaldas y te volviste para encontrarte con la persona que menos deseabas ver. No podía ser más oportuno – Aproveche que saliste de la fiesta para que podamos hablar – e hizo una media sonrisa intentado que vos lo imitaras, de la misma forma que la hizo en el 2009 cuando te cargó porque aún Racing estaba en zona de promoción (tampoco te reíste en ese momento). Junio del 2009 última vez que se vieron, café de por medio e incomodidad también.

- ¿Otra vez lo mismo Ezequiel? Ya te pedí que no me jodas más – dijiste molesta y él se mantuvo en su lugar testarudo. Te sentías débil y lo odiabas - Lo mínimo que podés hacer es respetarme eso.

- Es que no entendés…

- ¿Qué no entiendo? – lo interrumpiste furiosa y hubieras dado todo por no haberte despegado de Pedro – No hay mucho para entender, me usaste hasta donde quisiste y después te lavaste las manos.

- No fue así, yo me confundí y después me di cuen

- ¿Te confundiste? – e hiciste un esfuerzo enorme por contener las lágrimas de bronca que estaban deseosas por salir – ¿En qué momento? ¿Cuándo estabas conmigo y me decías que me amabas, cuando volviste con Tatiana y me echaste la culpa a mí por haberme metido entre ustedes o cuando le dijiste a todos que yo te había buscado?

- ¡Escuchame un minuto Paula! ¡Callate! – te gritó con violencia a centímetros de tu cara y te apartaste un par de pasos hacia atrás en silencio – Yo… ya te explique. Se malinterpretaron las cosas. Tatiana entendió lo que quiso y se la agarró con vos porque era más fácil – revoleaste los ojos, cómo si él no hubiera tenido nada que ver – y los del pueblo… es gente chusma Paula.

- Eso ya me lo dijiste mil veces y estoy cansada de escuchar lo mismo. Nunca te hacés cargo de nada – contestaste con cansancio y notabas como su pecho subía y bajaba demasiado rápido. Estaba agitado o pretendía estarlo; quizás, otro número de su acting – ¿Y cuando nos juntamos hace tres años? ¿Qué dijiste que yo te había insistido para vernos? ¿Cómo vas a justificar eso?

- Pau, era muy pendejo… dije cualquiera porque estaba enojado – y enarcaste las cejas, indignada ¿él, enojado? Sin embargo, era lo más sincero que le habías oído escuchar en años – Vos no querías verme más y me dolía.

- Seguís siendo muy pendejo… y ya no tenemos 19 años.

- No quiero que estemos así… vos eras mi mejor amiga antes que cualquier cosa. Yo te sigo queriendo – dijo con dolor y te contuviste de revolear los ojos. Ni sabías que se proponía realmente, pero no te interesaba. Vos lo habías sacado de tu vida hacía tiempo y no tenías planeado volver a incorporarlo.


Pedir perdón era demasiado fácil.

- Yo te di una segunda oportunidad y la desperdiciaste… - y su refutación murió en su boca, quedando boquiabierto sin saber que decir. Lo ignoraste y seguiste - De buena me tomaste de boluda como varios acá. Pero me harté.

- Pau, sólo quiero que estemos bien… que estemos como antes – dijo con cansancio sin tener más argumentos ya. Tragaste con dificultad, de lo cerrada que tenías la garganta.

- Nunca vamos a estar como antes…– sentenciaste con claridad y rudeza y esperaste que de una vez comprenda el mensaje - Pero voy a intentar poner buena onda y ser cordial si nos vamos a estar viendo las caras más seguido… - y él entendió que te referías exclusivamente a reuniones familiares. Después de la charla que habías tenido con tu papá temprano ese día y donde las cosas habían quedado medianamente bien, no querías volver a pelear o alejarte de él. Menos por culpa de ese boludo.

Y no supiste si te dijo algo más porque vos ya transitabas por el pasillo buscando la salida al jardín. Ezequiel no te siguió y lo agradeciste.

Ya más lejos dejaste que las lágrimas recorran tu cara y te limpien de tantos sentimientos de angustia, bronca y decepción. Secaste tus facciones con tu mano izquierda y esperaste a que se borre la evidencia de que habías estado llorando (tenías a favor que la iluminación no era muy buena). Te sentías liviana, liberada.

Quizás, Ezequiel tenía razón, necesitaban hablar. Y fundamentalmente vos necesitabas decirle muchas cosas en la cara que tenías enterradas por una cuestión de autodefensa, de cobardía o de… no sé. Pero lo habías hecho finalmente y eso te hacía sentir bien, a pesar de que tu versión de la historia tuviera poca credibilidad.

De repente, ahí lo viste. Sentado en un banco, fumando, pensativo. Y te sentiste en casa.

Caminaste lo más rápido que te fue posible y te sentaste con una sonrisa a su lado. Él notó tu presencia, pero se limitó a exhalar el humo del cigarrillo en dirección a las estrellas.

-Tenemos que hablar – soltó antes de que pudieras decir nada y suspiraste. Continuó con la vista en el frente mientras apagó el cigarro e intentaste leerlo con la mirada. Y por primera vez, no entendiste nada.

Y eso te hacía presentir que sea lo que quisiera decirte, no era algo bueno.







Antes que nada, para la gente que le gusta Soda o se acuerda de las fechas (¿?) la última gira fue en el 2007, pero por conflicto de fechas de la historia me tome la libertad de modificarla.

Segundo, gracias sistoooooooo por interiorizarme acerca de las fiestas de compromiso, sin vos... nada. Jaja.

Y a Lau, aunque no me hayas traído al surfer, porque me ayudaste bastante hoy. Te quiero mucho mucho (L)

Y a ustedes gracias... totales.

domingo, 29 de enero de 2012

Capítulo 38.

Eran las 8.30 de la noche. El salón estaba casi abarrotado y sentías la mirada de los curiosos clavada sobre tu espalda, punzante… tenaz.

Miraste a tú alrededor mientras arreglabas tu corbata y clasificaste el grupo humano que se encontraba allí en tres grupos diferentes: los que bailaban al compás de la música, los que se actualizaban de la última “noticia” y los que para no hablar, comían los snacks que ofrecían los mozos al pasar. Vos no entrabas en ninguno de los mencionados; no estabas bailando, no estabas chusmeando y lo único que habías ingerido en toda la noche, era Branca.

Eras el no conocido, el bicho raro, la novedad. Sabías que era normal, teniendo en cuenta que Lobos no era un lugar muy grande y todos se conocían con todos. Típico de pueblo y típico de localidad pequeña.

Carraspeaste y volviste a hundirte en la conversación con Gonzalo.

No eras gran fan de los eventos de este tipo; bah apenas eras simpatizante. Jamás te gustaron las cosas demasiado formales y esta fiesta era una desesperada materialización de hacer gala del status social; quién llevaba el mejor vestido, quién tenía las mejores anécdotas.

Agitaste el fernet con cola que llevabas en la mano. El hermano de Paula te caía extremadamente bien y la buena onda que había entre ustedes era palpable. Las risas en la charla eran fundamentales y era peculiar como tan pronto habías entrado en confianza.

Desde la otra punta, podías observar como Paula se encontraba con una prima cuarentona de la familia que te habían presentado hacía quince minutos atrás y su hermana, Delfina. De reojo intentaba observarte de vez en cuando sin que te dieras cuenta.

Sonreíste nuevamente. Percibías que poco había quedado de la “Paula Zen” de anoche aunque ella fingiera tranquilidad y comodidad. Le regalaste una media sonrisa a la distancia.

Habías notado como cada tanto varios de los invitados se daban vuelta a mirarla expectantes, como si esperaran que algo interesante sucediera a continuación. O como si ella fuera el último objeto de exhibición.

Te preguntaste si se daría cuenta de tal detalle; digamos que ni siquiera se molestaban en ocultarlo e incluso vos que no estabas en su lugar, te sentías incómodo con esas miradas avasallantes que le propinaban. De pronto sentiste el deseo imperioso de acercarte a esos extraños que no tenían nada mejor que hacer y pedirles que se ocupen de sus propios asuntos; no querías que nadie arruine ese día tan importante para ella.

Bebiste un sorbo; le faltaba hielo.

Viste a Miguel Chaves en su traje azul de etiqueta acercarse a Gonzalo y a vos, de la mano de su prometida (quién antes de llegar se despidió de él con un beso al ser llamada por otra mujer de su misma edad). Era un hombre que no aparentaba sus cincuenta, ni física ni mentalmente hablando; alguien fresco, de esas personas que viven el presente al máximo. La mujer claramente era mucho más joven y poseedora de unos profundos ojos verde esmeralda; adivinabas que Miguel le llevaba aproximadamente unos 20 años.

Antes de entrar al salón Colonial (y jamás habías estado en un salón de fiestas tan particularmente diseñado y decorado) y que comiencen los festejos, la temida introducción que controló tu estado de ánimo las últimas horas tuvo lugar. No duro más de unos minutos y para tu sorpresa, transcurrió con la normalidad frecuente que tienen las presentaciones: dos conocidos que estrechan sus manos para saludarse luego de una breve reseña acerca de quién era quién y de poner una sonrisa cordial para expresar el gusto de haberse conocido (o fingirlo). Pero este no era el caso de lo último dicho; el padre de Paula te había parecido simpático y agradable.

De Claudia no podías decir lo mismo; aunque no te había caído mal, todo en ella te parecía exagerado. Una necesidad latente de gustarle a los demás que hacía pensar si de verdad estaba tan de acuerdo con todo lo que decía el resto. Demasiadas apariencias.

- Peter, ¿todo bien? – preguntó con sincero interés Miguel, haciendo uso del apodo que te había puesto Paula. Asentiste brevemente mientras Gonzalo palmeaba tu hombro, al ver que sonreías algo tímido.

- Sí Miguel, la verdad que todo muy lindo – dijiste y fue él quien sonrió ahora. Apoyo su mano en tu hombro izquierdo, acercándose y encontraste la proximidad placentera.

- Che viejo, Claudia invitó a pocas personas eh – acotó Gonzalo, filosamente irónico. Por la cantidad que habían, supusiste que eran pocos los que no había concurrido. Miguel revoleó los ojos.

- Me había dicho que venían 150, máximo… - explicó al acercarse un poco más para bajar el volumen de su voz – La verdad, me es indiferente la cantidad hijo. Estoy haciendo el festejo por ella, porque para Clau es importante…

Y te preguntaste si ceder ante este tipo de cosas en la pareja sería considerado un acto de amor. Definitivamente.

- Si vos estás contento… – dijo Gonza con una mueca a modo de consuelo. Dedujiste que tampoco él estaba muy conforme con esa unión.

La música de repente cambió de género y el disco de los ochenta comenzó a inundar la pista. La gente comenzó a alegrarse al recordar temas que creía haber olvidado y charlaba aún con más entusiasmo. Tomaste otro sorbo.

- Me hace muy feliz – aseguró Miguel, borrando cualquier duda. Gonzalo asintió, mostrando su apoyo, un tanto avergonzado del comentario emitido previamente y tu ¿suegro? cambió de tema con agilidad – Alguien que está muy feliz es Paula… y eso me parece que tiene que ver con vos – hizo una pausa mientras te miraba - Gracias Peter.

Y la sonrisa más idiota se dibujo en tu rostro y fuiste incapaz de evitarla. No había nada que quisieras más que Paula fuera feliz y ser feliz con ella.

- Nada que agradecer – dijiste seriamente – Pau me hace muy feliz a mí también – y la viste observar con curiosidad la situación desde la lejanía. Reíste internamente, de lo chistosa que se veía.

- Es que para Pau estar acá es muy difícil – explicó (y permaneciste en silencio, dado que parecía querer decir algo más) – Y no lo digo solo por mí... que Ezequiel no viniera hoy era imposible - ¿Ezequiel? – Y sin embargo hoy Pochi está acá. Por eso quiero agradecerte.

Tu mente intentó buscar el capítulo que te habías perdido pero eras incapaz de encontrarlo. No tenías la menor idea de quién era Ezequiel y mucho menos se lo habías oído nombrar a Paula. Rápidamente te diste cuenta que ese nombre no era irrelevante; Gonzalo, intentando ser disimulado, codeó a su padre, quién pareció haberse dado cuenta de su error incluso antes del golpe. Tarde.

- Oh pepe… - te susurraron al oído y reconocerías ese perfume a metros de distancia – Hola pa… los vi charlar muy entretenidos y me vine… la prima Luisa me tenía harta – explicó la rubia con una sonrisa y te tomó de la mano. La apretaste únicamente por inercia; aún en tu mente retumbaban las palabras de Miguel.

- La prima Luisa harta a cualquiera – bromeó Gonzalo, causando risas entre los presentes – No sé como te escapaste de ahí Pochi…

- Yo tampoco – rió cómplice Paula – Tenías razón, te queda pin ta do el traje mi amor – confirmó acariciando la solapa negra de tu traje. Vos le sonreíste, olvidando por unos segundos aquella duda que inocentemente te habían sembrado pero que te carcomía a niveles impensados.

- Qué poca objetiva que sos Paula – dijo Gonza, cargándola, y vos lo empujaste amistosamente – Mirá estas dos fachas – y se señaló a sí mismo y a su padre.

- Ustedes son mis dos hombres, no hace falta ni decir lo buen mozos que están… Pero Pedro es Pedro – te rascaste la sien con una media sonrisa y no pudiste evitar que te pareciera extraña la efusividad y el amor con el Paula se dirigía hacia su padre.

- ¿Me parece que no hace falta agregar nada más no? – añadió Miguel y carcajearon entre los cuatro. Paula mordió su labio inferior y luego se despidió de su padre y su hermano, que entendieron que necesitaban compartir un momento a solas.

Te hundiste en sus brillosos ojos verdes, buscando respuestas que no encontraste. Decidiste dejar de buscar por algo que probablemente no encontrarías; lo mejor era dejar para después tus interrogantes y confiar en que sea lo que fuese, Paula te lo contaría en el momento que considerara necesario.

Le diste un beso en el cachete, intentando recobrar la compostura y la hallaste en el momento que rodeó tu espalda con sus brazos.

Luego de dejar el vaso de fernet sobre la mesa más cercana, prácticamente te empujo hacia donde se encontraba el verdadero movimiento de la fiesta, obligándote a que imites a los demás y comiences a bailar al ritmo de "Never can say goodbye".

Rieron, mil veces, de vos y tu interpretación del paso de Axel Rose que parecía encajar con cualquier melodía, de ella y su chuequera (y de la tuya también), de los extraños movimientos de la pareja de al lado, del hombre a tu izquierda que bailaba solo con un canapé en la mano.

No podías dejar de perderte en el brillo de su mirada. Y te olvidaste de las dudas.

Un tiempo después (y no supiste cuánto) entrelazaste tus manos con las de ella y dirigiste el conjunto en dirección a tu espalda, obligándola a acercarse. Le diste un beso cargado de ternura entre sonrisas, antes de excusarte para dirigirte al baño.

No te costó demasiado localizarlo y una vez fuera comenzaste a buscar a Paula con la mirada (cosa que se te hacía muy difícil por las luces y el movimiento constante de la gente). No había permanecido en donde se despidieron y si estaba cerca tuyo, no la veías.

Optaste por tomar el vaso de cerveza que te ofrecía el mozo a la izquierda, para hacer más amena la búsqueda. Te posicionaste en una esquina y preferiste quedarte quieto, deduciendo que así sería más fácil encontrarse.

De repente, unas agudas voces que provenían de un grupo de chicas que oscilaban entre los 25 y 30 años llamaron poderosamente tu atención. Parecían no haberse percatado en lo más mínimo de tu presencia; eras como invisible.

- No puedo creer como le da la cara para venir acá – escupió la más baja de todas, con una furia contenida – como si nada hubiera pasado.

- Y bueno Tati, es el compromiso del padre – y tenían que estar hablando de Paula. No te gustaba escuchar conversaciones ajenas, pero tu instinto no te dejaba alejarte.

- Qué tiene que ver Catalina, nadie la quiere en Lobos y lo sabe – musitó sin molestarse en bajar la voz y “Catalina” calló – Y con el padre se lleva pésimo… debe haber venido por otra cosa.

- ¿Vos decís… que viene para histeriquear a Ezequiel?

Frunciste el ceño con disgusto y exhalaste. Te quedaste lo más inmóvil posible, con sentimientos encontrados y un deseo de no perderte palabra de la conversación.

Y no te gustaba lo que estabas escuchando, pero necesitabas oírlo.

viernes, 27 de enero de 2012

Capítulo 37.

Una melodía que creías conocer pero no podías identificar inundaba tus oídos. Diferentes timbres e intensidades que te aturdían (por el estado de somnoliencia en el que estabas) y no pudiste contener un “la puta madre” por la molestia que te producía la música pero más aún por haberte despertado tan bruscamente.

Reconociste el maldito aparato del que provenía el sonido como el celular de Paula, quien dormía plácidamente a tu lado y sólo se había acomodado sobre si misma tapándose las orejas, para silenciar el ruido, aún dormida.

Sonreíste al verla, completamente despierto (o casi), cuando el BlackBerry sonó nuevamente. Te refregaste los ojos y te incorporaste para buscar el teléfono por tu cuenta, dado que ella no parecía tener intenciones de moverse.

- Apagalo – murmuró semi dormida y encontraste la escena entre tierna y graciosa. Esa combinación era de las que más te gustaba ver en Paula.

Tomaste el aparato de la mesita de luz más cercana y te fijaste quién era el/la culpable de interrumpir el sueño de ambos.

Delfina.

- Es tu hermana amor...

- Ponelo en silencio gordo, le contestó después – decidió y vos hiciste una mueca al leer la hora que marcaba el reloj del celular. Paula te miró extrañada desde la cama - ¿Qué?

- Son las 4 de la tarde Pau –y tus palabras le cayeron como un baldazo de agua fría. Se levantó prácticamente de un salto olvidando el sueño, la comodidad de la almohada y las ganas de dormir un poco más.

- La fiesta es a las 7 Pedro, no me maquille ni me prepare, ni me bañe, ni - y no parecio encontrar otro verbo para seguir dimensionando la importancia de la situación pero era innecesario para que captes el mensaje. Te preguntaste si podrías haber sido más sutil pero supusiste que al fin y al cabo, la reacción hubiera sido la misma. Paula comenzó a moverse por toda la habitación como una exhalación; vos optaste por sentarte al borde de la cama, algo confundido sobre lo que deberías hacer a continuación - ¿Te vas a quedar ahí? - preguntó casi incrédula.


- ¿Te bañas vos primero? - dijiste al reaccionar e intentando tomar la iniciativa a la hora de proponer algo. Ella asintió para sí misma mientras pensaba como se organizaría después.

- Sí - y se detuvo por unos segundos - ¿y que vas a hacer vos? - y esa era una buena pregunta. La observaste desde tu cómodo asiento en el acolchado rojo - Me pone nerviosa que estes tan tranquilo Pedro.


- Es que si propongo ayudarte gorda, va a ser peor - explicaste y ella rió, totalmente de acuerdo con tu reflexión. A esta altura la conocías bastante y sabías que intentar ayudarla sería aún peor que no hacer nada - ¿La Paula “zen” de anoche dónde quedo?

- En cualquier lugar menos acá cuando la necesito - respondió nerviosa mientras se mordía el labio y la tomaste de la mano para acercarla hacia donde estabas. Ella suspiró, algo frustrada porque esa situación, era una de aquellas que no podría controlar.

- Perdoname, fue idea mia quedarnos hasta tarde anoche - dijiste apenado y ella frunció el ceño. Se sentó sobre tus piernas sin sacarte sus ojos verdes de encima y vos le sostuviste la mirada.

- A mi no me obligó nadie eh... – te contradijo con seriedad y vos hiciste una mueca. Ella acarició tu pómulo izquierdo lentamente - Fue culpa mía que de colgada no active la alarma – y sonreíste de costado. Paula besó tu nariz - Lo de anoche fue inolvidable.


- Vos sos inolvidable... – retrucaste como si fuera la verdad universal más obvia. Y no era ninguna mentira… jamás pudiste olvidarte de ella y tenías la certeza de que tampoco podrías.

La besaste con una ternura inigualable, intentando tranquilizarla y poder eliminar la tensión y los nervios que le causaba haber salido de lo planeado y atrasarse en lo que ella entendía como un orden inmutable. Sentiste como su pulso se normalizaba y aún después finalizado el beso, continuaste acariciando su espalda con dulzura.

Y otra vez el teléfono interrumpiendo.

- Delfi, gorda, perdoname que no te atendí antes. Estaba dormida – explicó Paula una vez que atendió el celular y vos te levantaste de la cama, quién sabe para qué. Decidiste preparar el traje, la camisa y demás prendas que debías utilizar para el evento.

Refregaste tus ojos una vez más. Al final, no estabas despierto nada.

- Es que…las estrellas siempre son un buen plan - sintetizó la rubia mientras te guiñaba un ojo y su hermana largaba un "ah, bueno… afloja con las hierbas Pau". Ella carcajeó y vos te contagiaste de su risa mientras tu mente te trasladaba a los hechos sucedidos la noche anterior.




(Flashback)

La cantidad de estrellas que decoraban el cielo, de un azul oscuro que se confundía fácilmente con el negro, era impresionante. Centelleaban con una luz casi desconocida para vos; cuando te sentabas a mirar las estrellas en el firmamento neoyorkino el brillo de las mismas era imperceptible o más bien, pasaba desapercibido entre todas las luces de la ciudad misma.

En José Mármol, recordabas de chico sentarte con tu hermana Luciana alguna que otra noche a mirarlas, en silencio, acostados en el borde de la pileta. Pero no creías recordar, que brillen con tanta belleza y claridad.

Y allí estaban los dos, Paula recostada sobre tu pecho respirando con una tranquilidad impropia de ella (y que te causaba una extrema curiosidad) mientras recorría una y otra vez tu torso con sus dedos. Tirados en el pasto, inconscientes de la hora.

- ¿Qué estás pensando? – preguntaste intrigado mientras acariciabas su pelo con delicadeza. Ella se tomó unos segundos para contestar.

- ¿Me creés si te digo que en nada? – y la oíste suspirar. La nada, la mente en blanco, desconectarte. Claro que sabías a que se refería y te encantaría poder lograrlo ahora – Estoy como… “zen”

- ¿Zen? – repetiste divertido. Adivinaste que estaba mordiendo su labio y ella levantó su cabeza para poder mirarte.

- No te rías – y la miraste intentando contener la risa mientras la rubia te devolvía una mirada desafiante, clavándote sus ojos verdes. Se relajó para continuar – Estoy como tranquila… despreocupada.

- Estás zen – volviste a decir como afirmando lo dicho y Paula revoleó los ojos, simulando irritación. Sonreíste pícaramente y en compensación a tus burlas (y esa era la excusa para visitar nuevamente su cuello aunque no la necesitaras) depositaste una fila de besos que iba desde el hombro hacia arriba.

- Vos me ponés así, hacete cargo – finalizó con una sonrisa dedicada a vos.

- ¿En serio no estás nerviosa? – inquiriste dubitativo. Habías esperado que la respuesta fuera otra.

- No… pero vos si estás nervioso – y te preguntaste en qué habías fallado para que te descubra tan fácilmente. Hiciste una mueca.

Se habían invertido los papeles.

Rascaste tu sien mientras mantenías los ojos cerrados y cuando los abriste te encontraste con ella inspeccionándote en silencio.

- Sí, estoy un poco nervioso… - y ella te miró sin entender por lo que proseguiste – Voy a conocer a tu familia – y era irónico cómo hubieras jurado que la situación se daría al revés. Si antes no habías confesado como te sentías, era porque no querías que ella se sintiera contagiada. Exhalaste.

- Pero amor, a Gonza ya lo conocés – reflexionó y era cierto que con su hermano ya te habías cruzado varias veces. La fiesta en la casa de Zaira, la primera –y Delfi es Delfi – añadió con una sonrisa.

- ¿Y tu papá? – preguntaste, llegando al punto que más te preocupaba abordar, y Paula frunció el ceño.

- ¿Mi papá qué? – y vos revoleaste los ojos; te molestaba que se hiciera la tonta. Ella arqueó las cejas – Mi papá es el que tiene que esforzarse para que te caiga bien, no al revés.

- Pau – dijiste y ella desvió la mirada, adivinando a dónde querías llegar – No es así.

- Sí es así… - y podía ser más cabeza dura que vos- además lo que piense da igual, no me interesa. No esta en posición de nada.

- Yo sé que eso no es cierto... - y ella desvió la mirada - Para vos tu familia es muy importante... Y tu papá también, si no no estaríamos acá - frunció los labios y volvió a mirarte - Por eso quiero estar a la altura y dar una buena impresión.

- ¿Y a quién no podés caerle bien? Si sos la persona más buena, educada y simpática que existe - y fuiste vos quién enarcó las cejas ahora- Y no lo digo nada más porque te amo mucho eh, puedo ser objetiva.

- No me cambies de tema…

- Está bien, tenés razón. Pero estoy tranquila porque se que es imposible que le puedas caer mal a alguien Pedro - suspiraste y Paula acarició tu mejilla - Además sos la persona que me hace más feliz... Solo basta eso para que los conquistes.

- Gracias - murmuraste mientras una tímida sonrisa se asomaba en tus labios. Aquella declaración era exactamente lo que necesitabas para quedar en blanco - y no sos objetiva... Por eso te amo mucho - y darse un beso bajo las estrellas, sí que era épico.


(Fin flashback)

jueves, 26 de enero de 2012

Capítulo 36.

- Aca tienen, habitación 107- anunció la señora amablemente y extendió su brazo para entregarte la llave del cuarto que compartirías con Pedro. Sonreíste cordial, y las tomaste con rapidez.

El check in había sido corto y conciso, encajando a la perfección con lo que necesitabas para no aumentar el nerviosismo que te causaba estar ahí. Él se mantuvo a tu lado impasible, con esa tranquilidad que lo caracterizaba.

Peter te tomó de la mano para seguir las instrucciones que les dio en poco minutos y de manera muy gestual "Luisa", una vez que terminaron con la burocracia necesaria, y caminaron por el largo pasillo, decorado al estilo colonial y con ventanales (haciendo honor a la historia y características de la estancia) que ayudaban a quienes lo transitaran a sentirse en otra época.

Agarraste con la que te quedo libre la pequeña valija que habías traído a pesar de las cargadas de Peter, que no entendía que sentido tenía llevar una maleta por tres días que iban a quedarse.

Hombres.

Habías propuesto llegar un día antes a La Candelaria; el compromiso no se realizaba hasta el día siguiente por la noche, pero ya que ibas a hacer el esfuerzo físico y mental de viajar hasta ahí querías disfrutar al máximo e intentar hacer amena la estadía.

No iba a ser tan difícil si contabas con Pedro a tu lado.

La Candelaria era el lugar soñado por cualquiera: ofrecía opciones que se adaptaban al más variado gusto y ocasión. Considerado por el pueblo el lugar codiciado para realizar casamientos u otros eventos de parecida índole, era signo de status social y otorgaba el glamour deseado por el festejante.

Recordabas a eso de tus diecisiete pasear con la bicicleta por los terrenos e incluso llegar hasta la puerta de entrada; la sensación mágica que producía el solo estar ahí se mantenía intacta. A veces te ibas sola hasta allí, para empapar tu mente con sueños idílicos o simplemente para escaparte del ahogo que había en tu hogar cuando tus papas discutían.

La idea de participar en la promesa de la unión entre Claudia y tu papá era absolutamente indeseable. De tan solo imaginar estar en un mismo salón abarrotado de gente que no veías hace años y que pensabas que no volverías a ver jamás te producía vértigo.

Tu padre, Claudia, Ezequiel, los vecinos de al lado, la cuarentona chusma y soltera que vivía a tres cuadras de tu casa en la avenida, tus ex compañeras y amigas del secundario, ese amigo de tu viejo que se creía gracioso pero que tenía un humor inexistente, entre demás personas y no te alcanzaban las manos para contar.

Suspiraste en un intento de camuflar esa sensación que corría por tu cuerpo pero no tuviste que hacer un esfuerzo demasiado grande; al minuto que viste a Pedro a los ojos te olvidaste de todo. Como siempre.

Pensabas que ibas a desbordar de nervios cuando llegue el día; que te temblarían las manos, que autodelatarías tu incomodidad. Es más, consideraste todas las posibles situaciones que podrían desarrollarse en tu cabeza (inútilmente, ya que la vida es tan inesperada como compleja) y tus modos de reacción, mientras te encontrabas tirada en el sommier de tu cuarto. Pero ahora estabas ahí y todos tus miedos y preocupaciones de pronto parecían tan… lejanas.

Subiste los peldaños de la escalera con un andar cansino; odiabas las escaleras. Contaste 15 escalones hasta que Peter te distrajo con un beso en el cuello que te hizo perder la cuenta y te dio esa dosis de energía que necesitabas.

- ¿Necesitas descansar un poco? – te dijo cargándote y te mordiste el labio mientras lo empujabas, una vez en el primer piso. Apoyaste la valija en el suelo con delicadeza y te detuviste; Pedro se paró a tu lado, aguardando tu respuesta.

- Nada que ver, estoy como para jugar un picadito, amigo – lanzaste canchera con una media sonrisa mientras Peter meneaba la cabeza riendo.

- ¿Me estás desafiando Chaves? Mirá que soy el mejor nueve – y se acercó dos pasos despeinando su cabello. No te moviste.

- Puede ser… - susurraste haciéndote la distraída mientras mordías tu labio casi sensualmente; te encantaba ese histeriqueo peligroso. Levantaste la vista y lo encontraste mirándote atentamente – Me encantan los desafíos.

Si él apuesta, vos lo haces el doble.

- Entonces te desafío un picadito en la habitación… - propuso pícaro y vos abriste los ojos lo más que pudiste. Él reprodujo en sus labios esa media sonrisa tan descarada como seductora y te ganó por goleada (y el vocabulario futbolístico encajaba a la perfección aunque de lo menos que hablaran fuera de fútbol).

- ¡Pedro! – exclamaste.

- ¡Paula! – dijo gesticulando demasiado tu nombre. Reíste y dejaste que te abrace suavemente.

- Ni conozco la habitación todavía – acotaste y volviste a tomar la valija con tu mano derecha mientras Pedro, te aprisionaba por la cintura por la izquierda, lado que te quedaba libre – No sé en qué condiciones está la cancha – bromeaste y él carcajeó fuertemente, mientras te guiaba a la 107.

No recordabas haberte desconectado tanto desde, bueno, mucho tiempo. Ésta apacible tranquilidad te producía sentimientos encontrados… ¿qué tan buena era la calma? ¿Podría evitarse el huracán?

Y esta vez, tu intuición se encontraba en stand by.

Le dedicaste a Pedro una sonrisa desde el extremo opuesto, en la pileta. Ya era la una de la madrugada y las horas desde su llegada habían pasado demasiado rápido. Un auténtico día en el campo, como los que solías disfrutar cuando vivías en el pueblo.

Te sumergiste unos segundos, dejando que el agua moje por completo tu cuerpo.

La habitación que les había dejado en reserva Miguel, tu papá, era un homenaje al buen gusto y probablemente un intento a demostrarte que las cosas entre ustedes, podían estar mejor. No estabas absolutamente tentada por la idea, pero te habías prometido a vos misma, darles una oportunidad; a vos, a él, al padre y la hija.

Escurriste tu pelo una vez fuera, para detener la cascada de gotas que se producía y no alcanzaste a pensar en hacer nada que Pedro, quien sigilosamente había buceado hasta tu posición del otro lado, te atrapó entre sus manos.

- ¡Boludo me asustaste! – te quejaste mordiéndote el labio aún recomponiéndote del susto sufrido segundos atrás. Pedro mantuvo esa risita odiosa.

- Estabas muy colgada, no pude resistirme – se justificó y sentiste su tibio aliento chocar contra tu piel de lo tanto que se había acercado. Te robó un beso en el cuello.

Absolutamente perdonado.

- Qué lindo estar así con vos – y peinaste su pelo mojado manteniendo una sonrisa imborrable.

- Gracias a vos por hacerlo posible – te dijo y besaste con devoción su mejilla – Es hermoso este lugar… qué inteligente mi novia en venir un día antes.

- ¿Qué dijiste? – preguntaste haciéndote la tonta como si no hubieras escuchado. Pedro bajó la cabeza, avergonzado, y pensaste que nada te hacía más feliz que escuchar que esas dos palabras salieran de su boca y que hicieran referencia a vos.

- Dije, que qué inteligente, mi amor, en venir antes – y sabías perfectamente que no había sido ese el término que había utilizado. Pero también sabías que se le había escapado y que se había inhibido por tu pregunta. Daba igual que lo repita, porque por el simple hecho de que se haya resbalado de su boca significaba que el quería que así lo fuera. Y vos también.

- Ahh – contestaste recorriendo su rostro y decidiste cambiar de tema para que no se sienta presionado – ¿Sabés que hace falta acá? Un fernet bien frío.

- ¿Un fernet? ¿Chaves pidiendo un fernet? – te cargó sonriente y mordiste tu labio inferior – Igual tenés razón, tomar uno al borde de la pileta sería ideal… La noche está hermosa.

- No la quieras arreglar ahora… - lo retaste entre sonrisas y Pedro se rascó la sien – Chaves con fernet es tu combinación soñada – le aseguraste con obviedad como si se estuviera perdiendo la oportunidad de su vida y el carcajeó para luego marcar tu cuello con sus labios.

- Mi chica soñada.

- Bla bla… Sos muy malo Pedro Alfonso – y clavaste tus ojos verdes en los marrones de Pedro, intentando alcanzar seriedad, mientras dejabas tus brazos a los costados de tu cuerpo – Estoy enojada ahora.

Él inspeccionó tus facciones, completamente consciente de que tus palabras y tu enojo fingido eran totalmente falsos. Suspiró sin desviar la mirada un segundo.

- Y vos sos muy mala mintiendo - dijo y no alcanzaste a hacer una ofendida que ya se encontraba recorriendo tus labios. Con pasión, se besaban sin pausas y te hizo chocar contra el borde de la pileta con una delicadeza exacta. Te apoyaste lo que te era posible en la pared mientras dibujabas besos en su cuello.

- Nunca hice el amor en una pileta – confesaste entre susurros a Pedro en el oído y él recorrió tu columna vertical con las yemas de sus dedos aún con más dulzura.

Las caricias comenzabas a ser insuficientes y cada contacto aumentaba la ansiedad. Sentiste que no había retorno y tu sentido común te obligó a detenerte, al exponer dudas y miedos lógicos.

- Amor, ¿y si viene alguien? – preguntaste pudorosa y te sentiste una idiota preguntando algo tan obvio. En realidad, eran pocas las personas que se estaban hospedando en la estancia en el momento y la mayoría de ellas se encontraba en otro sector; y todos los invitados al compromiso que vivían fuera de Lobos llegaban pasado el mediodía. Pero, ¿gente de mantenimiento? ¿de seguridad?

Tu cabeza comenzaba a maquinar a mil por hora y rogabas porque alguien te parara en ese mismo instante. Pedro acarició tu mejilla con el amor suficiente para que todo lo que te aquejaba se suavice. Como si supiera exactamente que te sucedía.

Suspiraste.

- Quedate tranquila gorda no va a venir nadie – te aseguró mirándote a los ojos y te preguntaste si era posible no creerle – Pero si te sentís incómoda, no importa – y encerró tu cara entre sus manos – a mi no me falta estar con vos para que esta noche sea perfecta.

- Vos sos perfecto, te amo – le dijiste casi sin pensar y te acercaste a su oído completamente convencida – y sí quiero estar con vos ahora.

- Te amo – susurró en tu oído y nuevamente lo sentiste recorrer tu piel, ahora sin ningún obstáculo que te impida disfrutar de ese momento al cien por ciento. Nunca te habías sentido tan amada como en ese momento.

Le diste un beso pegado a la comisura de su boca y el acarició tu mejilla, conduciendo una previa que no querías que terminara jamás. Chocó su frente con la tuya, como si la necesidad de tus labios fuera urgente. Impactó finalmente contra los mismos, con todo el amor que le era posible transmitir. Mientras, fue bajando su mano de tu cuello para poder llegar a la atadura del corpiño de tu maya, desanudándola con delicadeza.

Hundiste tus manos en su nuca, provocando que una ola de escalofríos invada su interior. Sus respiraciones ya eran casi jadeos erráticos y llegaste a la conclusión de que nada te importaba en ese momento más que él y vos.

Y si eras la persona más egoísta del mundo, te encantaba serlo.







Bueno, pensé sinceramente que iba a ser una porquería y quede bastante contenta con el resultado ¡Es para vos Agos! Te quiero mucho mucho, gracias por estar del otro lado ♥

martes, 24 de enero de 2012

Capítulo 35.

Hacer un comentario gracioso y obtener múltiples risas como consecuencia. Al segundo, un remate acertado, equilibrando el humor con la precisión por parte de tu compañera que tiene el control del volante. Y reír de nuevo, a carcajadas.

Ella mantenía su mirada concentrada en la ruta, pero de vez en cuando te regalaba una de esas miradas por las que si no estuvieras dentro de un auto, a mitad de camino a Lobos, hubieras hecho parar el vehículo. Rascaste tu sien; Paula sabía de sus provocaciones y el efecto que tenían sobre vos. Y le encantaba y a vos también, porque si no no seguirías con su juego.

Sonrió descaradamente, como si adivinara lo que se estaba cruzando por tu mente. La imitaste.

El cielo era de un azul intenso y las débiles nubes apenas se hacían notar. Buscaste los cds que habías colocado en la guantera (que hacían diez en total: un par que habías traído vos y algunos que ya estaban en el auto de Paula) y comenzaste a examinarlos uno por uno, decidiendo cual pondrías a continuación. Soda Stereo (y ella pidió por este), Oasis, Los piojos, Los decadentes y un compilado de temas del año que te fuiste de viaje de Egresados a Bariloche, entre otros.

Los recuerdos comenzaron a caer, rápidamente sobre tu memoria y te impregnaste de un olor a alcohol, chocolate y hamburguesas de la quinta comida. Hernán escapándose de la insoportable de Martina, las caídas en la nieve, los planteos ilógicos de tu ex novia en ese momento, los vasos de agua que te tiraban para que te levantes, que te dolieran los pies de tanto bailar. Tus enojos exagerados, tu malhumor de las mañanas, las risas, el Fernet que no era Branca.

Paula te miró con curiosidad por unos segundos y vos le mostraste el Cd dándole a entender que había sido el elegido. Le diste un tierno beso en la mejilla pero sin dejar de ser un poco provocativo (se lo merecía) y te alejaste para introducir el disco en el lugar correspondiente.

La música comenzó a invadir el ambiente y sonreíste al reconocer la primera pista.

- Ah, te pego el viejazo - comentó Pau divertida y vos enarcaste una ceja. Un cartel al costado del camino: faltaban 20 kilómetros para llegar.

- Es un rewind a la adolescencia, a mi viaje de egresados - explicaste con emoción aunque sabías que no lo necesitabas. Como si ella no se ubicara en tiempo y espacio y como si no hubiera bailado estos temas. Que tupé.

- A la infancia diría yo - te cargó aún con la mirada fija en la ruta delante y vos reíste. Y si no le alcanzaba con las miraditas en el auto, duplicaba la apuesta con sus cargadas.

- No te hagas la canchera Chaves que te llevo cinco años nada más… - y ella carcajeó.

Tamborileaste los dedos sobre tu jean y empezaste a murmurar la letra del tema que estaba sonando: te la sabías casi de memoria y cuando te perdías, inventabas. Paula sonreía ante la situación.

Las canciones comenzaron a pasar y con cada una, el entusiasmo y el volumen de tu voz, entonándolas como si estuvieras arriba del micro rumbo a Bariloche, rompiéndole los tímpanos a tu acompañante. Consciente del daño e irritación en la rubia, fuiste incapaz de parar por lo embaladísimo que estabas e intentaste revertir la situación sonriendo y haciendo gestos graciosos para que se sume a tu canto. Y lo que al principio fue gracioso termino volviéndose insoportable y una mueca disconforme tomo dominio de sus labios por lo que sin molestarse en avisarte le dio stop al cd terminando con esa tortuosa sesión de ¿canto?

Oops.

Ahora reinaba el silencio y la idea de fumarte un cigarrillo en ese preciso instante era tan irrealizable como deseada. Miraste como el paisaje iba cambiando con el correr de los segundos a tu derecha mientras parpadeabas lentamente. Suspiraste y volviste la vista a la ruta, casi desierta; suponías que el recambio de temporada ya se había realizado (estaban a dos de febrero).

Las viviendas comenzaban a tomar forma atravesando la ventanilla y el ambiente dentro del auto parecía inmutable. No podías culpar a Paula; bien sabías que su irritación era absolutamente válida. Despeinaste pensativo tu cabello castaño.

El cartel que anunciaba el ingreso a Lobos robó tu atención. Jamás habías oído hablar de ese lugar hasta que ella te lo mencionó y por lo poco que habías averiguado, sabías que la laguna era el atractivo turístico del lugar. Volviste tu mirada hacia la rubia; su expresión era mucho más serena.

- ¿Recalculando? - dijiste haciendo referencia a la frase más usada por los gps y que creíste correcto aplicar en ese momento. Al fin y al cabo, no sabías en que escala estaba su humor.

- ¡Tarado! - respondió entre risas y sentiste como tu cuerpo se relajaba. Dirigió sus ojos verdes por un momento hacia vos, sin mover las manos de la posición en la que estaban.

- Perdoname gorda por lo de recién… me entusiasme un poco - explicaste con una mueca semi camuflada en un puchero. Ella disminuyó la velocidad.

-¿Un poco? - y carcajeaste - Me encanta como cantas mi amor, pero tan seguido y tan fuerte es como… insoportable.

- Gracias por la sinceridad - contestaste algo irónico y se plasmó una sonrisa en sus labios. Depositó un beso sobre tu hombro a modo de disculpa y volvió la vista a la carretera

- ¿Ya llegamos no?

- Sí, igual tengo que agarrar el empalme para llegar a la Estancia… - murmuró pensativa. No parecía estar muy segura de cómo llegar y vos tampoco te acordabas muy bien como se suponía que era. Habías buscado la dirección de dónde se realizaría la fiesta con el Google Maps la tarde anterior y no te sorprendiste al notar que no conocías ninguna de todas las rutas marcadas. Hiciste una mueca en silencio.

La tranquilidad que había mantenido Paula durante todo el viaje y los días previos al mismo era sorprendente. Conociéndola, esperabas que fuera un manojo de nervios y una bomba de tiempo; es más, te habías preparado mentalmente para sufrir cualquier tipo de descargo hacia vos o hacia quien fuera. Pero había adoptado una postura completamente diferente.

Volver a Lobos y reencontrarse con su papá no era un evento más en su vida. O al menos así te lo había dado entender y te pareció admirable el esfuerzo. Vos no sabías si serías capaz de hacer lo mismo… pero desde que estabas con Paula te sentías capaz de hacer cualquier cosa. Y esas pequeñas cosas te hacían amarla cada vez más.

Mordió su labio inferior mientras acariciaba el volante, pensativa. Estacionó en una calle tranquila, alejada del centro, atrás de un Corsa verde oscuro minutos después. Suspiro.

- ¿Me alcanzas el mapa que esta en la guantera amor? - pidió mientras te señalaba el lugar donde se encontraba. Asentiste y buscaste dentro del compartimento, sin encontrar rastro del papel mientras revolvías lo que se encontraba dentro. Frunciste el ceño.

- No está gorda - y ella resopló casi con impaciencia.

- Y si me revolvés todo así va a ser difícil encontrarlo – Paula y el orden perfecto. Vos y tu particular desorden.

- Perdón – fue lo primero que dijiste con la esperanza de descomprimir la situación e intentaste acomodar las cosas como estaban, siguiendo la imagen previa que había quedado en tu memoria visual. Ella volvió a morderse el labio.

- Tiene que estar, lo puse antes de salir.

- No lo encuentro – finalizaste y veías como se desabrochaba el cinturón de seguridad. La imitaste para tener más comodidad al buscar - ¿Y si usamos el GPS?

- Dale, ¿dónde lo pusiste? – preguntó más animada.

El GPS, en la mesa de roble del living de la casa de Paula, guardado en ese estuche negro que nunca agarraste antes de salir. Rascaste tu sien con el índice.

- Me lo olvide – confesaste casi en murmullos y recostando tu cabeza sobre el asiento. Paula te imitó cerrando los ojos.

Claramente te habías equivocado. Estaba muy susceptible hoy.

- Pedrooooo… ¡te dije que lo agarres! – musitó molesta y vos revoleaste los ojos – fue lo único que te pedí…

- Bueno Pau, perdoname, se me pasó – contestaste intentando mantenerte sereno. En una milésima de segundo se irguió y te clavó los ojos, fulminándote con la mirada. Vos la imitaste.

- Se te pasaron muchas cosas hoy – sintetizó ácidamente. Te acomodaste en tu asiento y miraste hacia otro lado, no ibas a ser partícipe de ese planteo sin fundamentos. Al direccionar la mirada hacia abajo, divisaste a tu costado izquierdo el mapa que había desarrollado el conflicto en primer lugar. Lo recogiste rápidamente y se lo entregaste.

Y suavizó su expresión. Quiso decir algo, pero las palabras no salieron de su boca; era consciente de que había sobredimensionado las cosas un poco pero su molestia no la dejaba hacer otra cosa. Leyó el mapa y prendió el motor para girar a la derecha y meterse en la ruta hasta llegar al kilómetro indicado en la tarjeta de invitación.

Vislumbraste la estancia La Candelaria a lo lejos. La naturaleza comenzaba a contagiarte y te recompuso la paz que habías perdido en esa discusión de minutos atrás. Dejaste que tus pupilas se llenaran del paisaje que se reproducía ante tus ojos y convertiste al silencio en una constante.

Al llegar cerraste los ojos, intentando guardar la belleza que habías visualizado previamente. Su voz hizo que los abrieras de inmediato.

-Llegamos – anuncio con un tono tranquilo, mediador. Asentiste y saliste del auto, deseoso de estirar las piernas. El aire chocó en tus mejillas y sentiste como el sol comenzaba a subir la temperatura de tu cuerpo. La oíste carraspear por detrás y te abrazó tiernamente por la espalda.

- ¿Me perdonás gordo? Exagere un poco – te susurró y sentir su aliento sobre tu cuello te estremeció.

- ¿Un poco? – contestaste, citando una pregunta que elaboró antes. La sentiste sonreír desde tu espalda y vos dibujaste una en tus labios, victorioso.

- Estoy nerviosa con el compromiso y me agarre de eso… - dijo mientras enroscaba su pelo entre sus dedos – Igual vos colaboraste un poco – murmuró graciosa y depositó un beso en tu cuello.

- Ahora, por decir eso, te devuelvo tu beso – informaste al darte vuelta y reíste ante la cara de incredulidad que puso Paula cuando con un gesto acariciaste el lugar donde te había besado para luego rozar sus labios con tus dedos a modo de devolución.

- Ah bueno – soltó y carcajeaste sonoramente mientras la atraías hacia vos tirando del cinturón que sostenía su short de jean. Ella se mordió el labio.

- Tontita – susurraste mientras la abrazabas – Te amo – dijiste dulcemente mientras acariciabas su rubio cabello y ella modulo un “te amo más” al separarse para poder decirlo mirándote a los ojos. Amoldaste tus manos a su cintura y rozaste tus labios con los suyos, para finalizar en ese beso tan necesitado por vos como por ella. Uno de esos que te llena el alma.

Pronto, sentiste como todo se acomodaba nuevamente y ella se acurrucó en tu pecho, respirando de manera pausada. A los dos minutos inspiró una moderada cantidad de aire y te tomó de la mano firmemente, entrelazando sus dedos con los tuyos, para que de una vez hicieran entrada al lugar del gran acontecimiento.

Y desde el cual nada, sería igual.









He vuelto, finalmente. Pido perdón por no haber podido subir ayer, pero las cuestiones personales me excedieron. El que haya perdido alguna vez a una mascota o tenga una, me entenderá.

Mi capítulo va enteramente dedicado a Sathy, mi hermana del alma, que estos días me bancó incondicionalmente por toda esta porquería que me pasó y me bancó algún que otro arranque que nada que ver. Y se que lo va a hacer siempre.

Quiero que sepas que es recíproco y mutuo sisto, te loveo montones y estoy acá para vos siempre que me necesites y aunque no, también.

Gracias por el aguante!