lunes, 26 de diciembre de 2011

Capítulo 23.

La habías citado a las 6 de la tarde, pero ella no podía y tuviste que acceder a interrumpir tu siesta a las 4, cosa que bajo otra circunstancia, no hubiera sido negociable.

“No quiero hablar esto por chat, vení mañana y hablamos” le habías dicho cortante. Digamos que habías sido bastante cordial y paciente.

El aire se mantenía prendido a 23 grados y estaba en la temperatura ideal; ideal para dormir. Refunfuñaste y te moviste en la cama, intentando encontrar una posición más cómoda. Sabías que si te dormías no ibas a escuchar el timbre… pero habías vuelto muy cansado de Ideas.

El chirrido te aturdió y con gran pesar, abandonaste el colchón sacudiendo tu pelo castaño. Atendiste y pediste a Jorge, el señor de seguridad que le abriera la puerta.

Sonaste tus dedos y te estiraste entre bostezos. Rezongaste hasta llegar a la puerta cuando sonó el timbre de la puerta; no estabas motivado.

- Pepe… - dijo sin saber como saludarte y vos le ahorraste la disyuntiva dejándole el camino libre para que pueda entrar – Tuviste suerte, el señor de abajo justo se estaba yendo a hacer unos trámites – comentó intentando sonar graciosa pero vos mantuviste la seriedad.

- Sentate Zai… - y le señalaste la mesa. No sabías muy bien como encarar la conversación y la verdad, seguías bastante enojado con ella.

- No sé como empezar... - y no eras el único desorientado en esa situación - Perdoname Pedro, se que pensás que de alguna manera te "traicione"...

- Vos estás poniendo ese rótulo - y Zaira solo te miraba a los ojos atentamente – Sí, sentí que no me respetaste. Bah, lo sigo sintiendo.

- ¿Y eso no es acaso peor? - inquirió y vos tragaste saliva y comenzabas a sentirte mal por tratarla con tanta indiferencia - No sé... No lo hice a propósito, me equivoque.

- No entiendo como te podés equivocar con esto, eras la que más me entendía en lo referente a este asunto y lo primero que hacés cuando ves a mi hermana es contarle que volvi a Buenos Aires - dijiste tenaz y ella exhaló mientras negaba lo que decías. La furia se escurría entre tus palabras, pero no era exactamente contra ella. Era más con vos mismo.

- Yo no le conté nada, fue un malentendido. Me la crucé y nos pusimos a hablar de cualquier cosa… Me dio a entender que hablaba de vos cuando se refirió al "nene" que por fin había vuelto a Argentina ¿Qué me iba a imaginar que hablaba de tu primo que recién llegado de Uruguay? - te increpó ya molesta con tus acusaciones y vos resoplaste.

- Por dios Zaira, ¿por qué no pensás un poquito? ¡Te parece que justo a ellos les voy a avisar que volvi! - dijiste elevando tu tono de voz y ella parecía más dolida que enojada.

- En ese momento no me di cuenta, estaba distraída... La embarre y no supe como arreglarla.

- Mira que bien… que fácil todo…vos si que sos una amiga eh...

- Podés reprocharme muchas cosas... ¿pero que no soy una buena amiga? – replicó con una claridad impactante y sólo atinaste a escuchar lo que tenía para decir - Estuve con vos en tus mejores y peores momentos; incluso cuando alejaste a todo el mundo por lo de tu mamá, te hice el aguante, en persona y a la distancia. Y si todo eso para vos no vale nada, entonces tendré que replantearme el concepto de amistad...

Te miró casi decepcionada y bajaste la cabeza, avergonzado. La simple mención de tu mamá había bastado para desequilibrarte por completo... Sabías que estabas siendo muy duro con Zaira; era más fácil echarle la culpa a ella que asumir que algún día ibas a tener que enfrentarlos. El enojo en realidad, era con vos mismo. Por ser miedoso y cobarde.

- Sos la mejor amiga que puedo tener – reflexionaste luego de varios minutos en los que la morocha permaneció sentada observándote. Hizo una media sonrisa y proseguiste – Perdoname por agarrarmela con vos, se que no lo hiciste a propósito… solo que no estaba preparado para que se enteren de mi vuelta – y ella te acariciaba el hombro, comprensiva.

- Lo sé… y se lo cabeza dura que te ponés a veces. Vas a estar todo bien Pepe – afirmo tiernamente y vos asentiste, poco convencido - Ya está arriba, no seas tan autoexigente… aunque me quede con ganás de pegarte una buena trompada – y carcajeaste.

- A veces solo a veces… me das ternura – y la abrazaste de costado.

- Me encantaría seguir con este momento emotivo, pero me tengo que ir ya…

- Buenísimo, así continuo con mi siestona – y ella palmeó tu espalda mientras cruzaba su cartera para colgársela tras reir por tu expresión. Vos te acercaste para abrirle la puerta y cuando lo hiciste, te detuviste en el umbral y le entregaste tu llavero completo. Ella frunció el ceño, extrañada.

- ¿No vas a bajar a abrirme?

- Estoy muy cansado… con esta abrís abajo. Después mandame las llaves por el ascensor ¿si? – le dijiste con una sonrisa compradora y ella te miró boquiabierta. ¡Que hiciera uso del automático del ascensor!

- ¿Es joda? No podés ser tan vago Pedro – y tomó las llaves cuando comprendió que le hablabas muy en serio. Antes de irse, agregó – Si tu vida dependiera de moverte, que mal te veo.


Largaste una carcajada. No era la primera vez que escuchabas esa frase con tan poco sentido.

- Cómo se nota que sos amiga de Paula – le gritaste desde la otra punta del pasillo y ella sonrió confusa mientras desparecía al meterse en el elevador.





(Flashback)

El timbre interrumpió tus sueños y con los ojos entrecerrados te levantaste de la cama por poco en cámara lenta. Caminabas casi a ciegas y en un estado que describirías como el de un zombie. Ni miraste el reloj, pero estabas seguro que era muy temprano.

No te gastaste en preguntar quién estaba del otro lado de la puerta… poco a poco tu mente se iba despertando y te recordó que Paula iba a pasar a la media mañana para buscarte y pasear por el Soho. Pero no era la media mañana ni el mediodía; o eso creías.

Abriste.

- ¿Qué hacés tan temprano? Me dijiste que ibas a venir tipo 10 - murmuraste refregándote los ojos y dejándola pasar. Estaba completamente emponchada y con la nariz rosada por el frío; la temperatura debía estar bajísima afuera. La imagen te causó mucha ternura y no pudiste evitar sonreír. Ella te miraba entre anonadada y ofendida.

- Son las 10 y media Pedro… - contestó algo molesta mientras se quitaba su gorro color negro y vos la tomabas por la cintura, suavemente. A pesar de su malestar, colocó los brazos sobre tus hombros, aunque seguía mirándote algo exasperada – Qué recibimiento eh – dijo irónica y vos besaste su cuello en compensación. Su sonrisa hizo aparición por inercia.

- Perdón gorda, recién me levanto de la cama – explicaste mirándola a los ojos y ella te dio un tímido beso en la punta de la nariz, recobrando el buen humor. Le sonreíste; amabas la trasparencia de su mirada.

- Me di cuenta, tenés la almohada pegada a la cara –despeinaste tu cabello y bostezaste haciendo que tus ojos se bañen de lágrimas – Igual me gustas así dormidito – y te dio un tierno beso en el cachete. Volvieron a mirarse y respondiste a sus palabras con un dulce beso en los labios. A vos también te gustaba ella… siempre.


Tomaste su mano para adentrarse en el living y te separaste para sentarte en el sofá viejo azul que tenías. Ella comenzó a sacarse todos los abrigos que tenía y cuando terminó, vos ya te habías acostado cómodamente ocupando todo el espacio. Te miró con una ceja levantada y mordió su labio inferior. Ese hábito te parecía sumamente sexy.

- Pedro, dale – y vos tenías demasiado sueño como para abandonar el sofá. Tenías un mejor plan para proponerle… pasar todo el día en la cama – ¡Nene! – y te tiró un almohadón para que reacciones y murmuraste un “ouch” al recibir el contacto del mismo en tu cara – Si tu vida dependiera de moverte, te veo muy mal.

- ¡Qué agresiva! – y Paula te miró desafiante; sabías que no dudaría en lanzarte otro almohadón con el tripe de violencia para que te levantes y te alistes para salir – Me estoy moviendo me estoy moviendo.


Sonrió victoriosa al ver que te levantabas y le robaste un beso que ella respondió efusivamente, en el camino a tu habitación. Cambiarse para salir con 15 grados bajo cero afuera valía solo la pena si en el plan estaba incluida Paula.


(Fin flashback)






Ya con el llavero en la mano, luego de que Zaira te lo subiera a través del ascensor, entraste a tu casa con lentitud; el sueño rápidamente estaba haciendo aparición otra vez y vos pensabas aprovecharlo al máximo.

Revoleaste el llavero con elegancia sobre el cenicero y te tiraste sobre el sommier una vez que llegaste a tu habitación. Sonreíste; hoy ibas a soñar con ella.

Capítulo 22.

Agarraste el tarro del capuchino instantáneo de Cabrales y depositaste en dos tazas las 2 cucharadas soperas correspondientes para su preparación.

Tenías granos de café colombiano pero te daba mucha fiaca prepararlo. Por eso y porque quizás, eras pésima en la cocina.

Eliminemos el quizás, lo eras.

Gonzalo te esperaba en la sala y no sabías que más inventar para dilatar el tema en cuestión. Una vez preparados los dos cafés, volviste al living y depositaste la bandeja donde los habías colocado en la mesa de roble con exagerada lentitud.

- Paula, basta. Desde que llegué que no parás de hacer cosas o inventarte algunas para no sentarte a charlar conmigo - hiciste una mueca a modo de disculpa y casi haciéndote la inocente; tu hermano continuó algo irritado - No entiendo para que me llamas para hablar, si terminas dando vueltas y vueltas.

- Está bien, tenés razón en molestarte... Estoy insoportable - reconociste. Ni vos te aguantabas con ese grado de ciclotimia - Voy a sincerarme... No puedo creer ser la última en enterarse ¡Que vos no me hayas dicho nada!

- Te recuerdo, que vos explícitamente me pediste que no te nombre a papá ni nada relacionado con él.

- ¡Igual Gonzalo! Esto no es una pavada, mínimo tenías que avisarme - y él revoleó los ojos, vos lo ignoraste para continuar con tu descargo - Y ya que sabés tanto ¿por qué no me llamó por teléfono para invitarme?

- Estas intratable pendeja - dijo molesto y vos lo fulminaste con la mirada. Odiabas que te diga así cuando eras 3 años más grande que él - Que se yo por qué no te llamó, ¡deja de ponerme en el medio y ser tan cagona y averiguá!

Te helaste en el instante que tus oídos escucharon sus palabras. La verdad de tu hermano te cayó como un baldazo de agua fría y poco a poco tus ojos se bañaron en lágrimas en consecuencia. Estaba tan acertado que te descolocaba.

- Perdoname Pochi, se que esto es difícil para vos - murmuró arrepentido tomándote la mano derecha, sacándola de tu regazo. Te dejaste - Pero imaginate lo que es para mí...

- Lo sé... Aunque me duela, tengo que aceptar que las cosas no van a ser como quiero - y las lágrimas involuntariamente resbalaban por tus mejillas. Eras incapaz de contenerlas más tiempo - Estuve enojada y decepcionada tanto tiempo que terminé consumiéndome... Estoy lista para hablar e intentar reconstruir lo que perdimos con papá. Hay cosas que no voy a entender nunca, pero voy a poner lo mejor de mi porque me lo debo a mi misma...

- Y es lo más inteligente y sano que podés hacer... No podés mantener ese enojo por tanto tiempo - vos asentiste, secando con las palmas de tu única mano libre tus pómulos.

- Supongo que voy a ir al compromiso... Y con la buena suerte que tengo me lo voy a cruzar a Ezequiel ni bien empiece el evento - comentaste preocupada y Gonzalo apretó tu mano. Exhalaste entrecortadamente.

- Yo puedo tratar de mantenerlo lo más lejos posible... En serio – propuso tu hermano y vos moviste tu cabeza lado a lado negativamente - Capaz ni se aparece, creo que tiene un evento de los aviones o algo de eso.

- Es el compromiso de Claudia ¿crees que se lo va a perder? – él hizo una mueca y vos levantaste las cejas, remarcando la obviedad - Y menos sabiendo que estoy invitada... Va a ser inevitable el encuentro. Solo espero que sea lo menos tortuoso posible - reflexionaste dando un suspiro final. Enfrentar a tu papá involucraba tantas cosas... La cola que traía adjunta el verlo era muy larga - Hey Gonza... ¿Podemos llevar acompañante no? - preguntaste intentando sonar desinteresada mientras le dabas otro giro a la conversación.

- Obvio... ¿A quien querés llevar? ¿Zaira? - inquirió repentinamente interesado y vos no pudiste evitar carcajear al ver el cambio notorio en sus facciones - ¡Ya sé! – y elevó el tono de su voz, emocionado por lo que el creía que era su descubrimiento - ¡Querés llevar al yanqui!

- Pedro se llama - corregiste rápidamente y tu hermano enarcó las cejas. Vos te mordiste el labio (definitivamente, algo tenías que hacer respecto a ese hábito), te habías delatado - Y no es yanqui, sabés que no me gusta el hombre extranjero... Es de acá, de zona sur si no me equivoco.

- Me imagino que no lo vas a llevar de damo de compañía... Y no me digas que no era él a quien querías invitar – y no, para que negarlo; te habías autodelatado. Escuchaste atentamente - ¿Qué onda?

- Al final sos más chusma que una mina... – y te sonrió orgulloso, porque había acertado en sus suposiciones - Si viene, lo llevaré en calidad de "nos estamos conociendo".

- Sos una versera, ¡si ya se conocen! - y le tiraste un almohadón. Él había estado el día del cumpleaños de Zaira, cuando ustedes nombraron al pasar su experiencia juntos de Nueva York.

- Es una forma de decir Gonzalooooooo – dijiste con molestia – Dejame ser – sentenciaste con una sonrisa y él tentado, casi escupe de la risa. Vos no podías evitar contagiarte.

El sonido de la puerta los interrumpió y ambos giraron la cabeza al ver a Zaira traspasar el umbral. Cabizbaja y casi en murmullos los saludo mientras se dirigía con gran velocidad a su habitación. Te levantaste extrañada y la seguiste.
Entraste a su habitación olvidandote de pedir permiso pero a ella no le molestó. No estaba llorando, pero la veías bastante… ofuscada.

- ¿Estás bien Zai? – preguntaste suavemente.

- Si –afirmó mientras dejaba su cartera sobre el acolchado blanco de su cama. Se dio vuelta para continuar – tuve un día medio complicado Pochi… Nada grave. Me saco este malhumor y voy con vos y Gonza. Andá mientras – y vos asentiste, poco segura.

Enfilaste hacia el pasillo pero te detuviste cuando llegaste a la mitad del mismo. Zaira estaba rara… Espiaste desde allí y la viste presionar las teclas rápidamente de su BlackBerry para luego tirarlo sobre la cama.

Seguiste el camino hacia el living, pensativa. Te estabas perdiendo de algo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Capítulo 21.

Tamborileaste los dedos sobre la mesa, ansioso. Paula aún no había contestado a lo que respondiste pero por la “d” que se marcaba sabías que le había llegado tu contestación. Quizás estaba cambiándose o simplemente ocupada con otras cosas.

Los dedos seguían moviéndose al compás de tus pensamientos ¿Podías ponerte tan ansioso?

Hacía mucho que no te sentías tan vulnerable y te ponía un poco nervioso que a esta altura tu felicidad dependiera de un mensaje respondido de ella.

Decidiste distraerte y adelantar trabajo de producción para “La cocina del show” programa del que eras productor hacia una semana y media. Mientras cruzabas el living, te detuviste al observar un par de cajas que estaban juntando polvo en un rincón; allí guardabas todas las fotos de tu familia, recuerdos de la infancia y algunas cosas de tu ex facultad en Nueva York.

Las ignoraste y seguiste tu camino; así las mantenías desde lo acontecido: embaladas y guardadas. Tampoco habías avisado a tus familiares tu vuelta en Buenos Aires ahora que era definitiva… y no tenías planeado hacerlo. No te entendieron en su momento y menos iban a entenderte ahora así que preferías dejar las cosas así… inconclusas.

Tu vida social poco a poco iba tomando color y comenzabas a sentirte cómodo. Hernán iba a pasar a buscarte a la tarde; tenía organizado un partido de futbol con los compañeros del laburo de Capital y uno les había fallado. Hacía mucho que no jugabas… y llevar el 9 en la camiseta como cuando jugabas en las canchas del Pucará de Adrogué te tentaba muchísimo. Total, ninguno de ellos te conocía.

Abriste tu computadora pero no lograbas concentrarte de ninguna manera; tenías un presentimiento con Paula. No querías ser pesado, pero sin darte cuenta tenías el Torch en la mano y marcando su número.

No te atendió al primer tono... estabas a punto de cortar cuando la escuchaste entre sollozos del otro lado de la línea.

- ¿Pau? - preguntaste preocupado e hiciste silencio para obtener su respuesta.

- Peter…

- ¿Qué pasó? Estaba por ponerme a adelantar trabajo y algo me dijo que te tenía que llamar – dijiste sincero y Paula del otro lado de la línea se estremeció por la gran conexión que tenían. Suspiró mientras sentía como su piel se ponía de gallina, pero no emitió palabra – Pau, no me preguntes por qué… pero sentí que me necesitabas ¿Querés que vaya para allá?

- Por favor – y no te hizo falta más.

En menos de 15 minutos ya estabas tocando el timbre del departamento y la espera para que te abra se te hizo eterna. Una vez que la puerta desapareció ahí la viste; con los ojos hinchados y la nariz y mejillas rojas de tanto llorar.

La abrazaste efusivamente sin que te lo pidiera; verla así para vos era aniquilante. Cerraste la puerta como pudiste y te quedaste con Paula aprisionada a tu pecho unos largos minutos.

Cuando sentiste que su respiración se normalizaba, tomaste su cara con delicadeza y ternura. Sus ojos verdes denotaban decepción y angustia… ¿Quién la había lastimado tanto?

Las dudas te embargaban, pero lograr que se sienta mejor para vos era una prioridad. O una obligación. Chocaste tu frente con la suya.

- Descargate Pau… no te guardes nada.

Ella tomo aire y cerró los ojos; casi por inercia… tus manos, entrelazándolas. El contacto te hizo estremecer y la besaste dulcemente en la coronilla de su cabeza, intentado brindarle la seguridad que le faltaba.

- Problemas familiares – hipó y la miraste comprensivo, alentándola a continuar. ¿Quien más que vos para entender eso? - Mis papás están separados hace varios años y con mi papá – hizo una pausa – digamos que las cosas no terminaron bien. Entre él y yo, más que nada – limpiaste una lágrima que atravesaba su mejilla y ella te dio un tímido beso en la mano. No pudiste evitar sonreír – No lo veo hace mucho… y de la nada me manda una invitación a su fiesta de compromiso, de la cuál no tenía idea. Pensé que ya no me afectaba más lo que hiciera… pero se ve que solo era un deseo mío.

- Quizás es su manera de hacer las pases – sugeriste no muy seguro. La verdad, hablabas un poco desde la ignorancia - No sé que decirte Pau… Sólo que no seas tan dura con vos misma e intentes buscar algo positivo de todo esto. Se que cuesta…

- Dejá, no importa. Solo quiero que me abraces fuerte - y respondiste fielmente a su pedido. No te quedaba más que apoyarla.

Se trasladaron al sillón para estar más cómodos. Acariciabas su pelo con dedicación; era impresionante como su respiración pausada te transmitía tanta paz. De repente se incorporó, mucho más recuperada, quedando frente a frente.

- ¿Te diste cuenta lo conectados que estamos no?

- Miedo… - bromeaste y ella se mordió el labio recuperando la sonrisa. Vos le diste un beso en la mejilla.

- Sos un tarado… no se puede hablar en serio – y pusiste una cara de concentración que no hizo más que tentar a Paula - ¡Basta! Quiero decirte algo lindo y no me dejas.

- Linda sos vos – y ella jugueteaba con tu pelo.

- Es muy importante saber que estás ahí para mí… estas cosas me hacen quererte – confesó mirándote y diciéndote con la mirada lo que no decía con palabras. No te aguantaste y la besaste con todo el amor que tenías dentro, haciéndole saber que sus sentimientos eran mutuos.

- Y para mí no hay nada que valga más que me elijas para acompañarte – y te besó suavemente en los labios. De pronto recordaste algo – No quiero cortar el clima ni mucho menos, pero ¿vos no te tenés que ir?

- ¡Ay si Pedro! ¿Cómo no me avisás antes? – y levantaste los hombros inocentemente. Ella se evaporó de tu lado prácticamente y te quedaste parado sin saber qué hacer.

- ¿Querés que te acompañe? – preguntaste tímidamente desde el living. Ella volvió con rapidez desde la habitación, con su cartera negra, aparentemente lista para irse.

- Me encantaría – y exhalaste lentamente entre sonrisas. Te tomó por la cintura quedando a pocos centímetros de tu cuerpo y vos estabas seguro de que si continuaba tocándote no llegarían ni para la semana que viene a la producción – ¿Manejás vos así me maquillo en el camino?

- Por supuesto.


Una vez en el auto, tomaste el control del volante y te lanzaste al camino. Los nervios de Paula parecían incrementarse minuto a minuto y a vos te irritaba que te indique como manejar.

- Pedro, ¡anda más rápido! Si seguimos yendo a 20 no llego más… - te dijo impaciente y vos exhalaste con molestia. Odiabas que te mandoneen, vos tenías tus tiempos… y un poco de miedo a tantos autos también.

- Estoy yendo a la velocidad permitida Paula…

- Te ponés atrás de cada camión que hay, ¡estás manejando como un viejo! – y tu malhumor subía y subía. El de Paula también… hasta en eso sincronizaban – en colectivo llegaría más rápido.

- No entiendo porque seguís arriba del auto entonces – y ella te miro con odio. Vos la imitaste… cuando se ponía tan terca no la soportabas. Se dio vuelta casi dándote la espalda y dejo perder su mirada entre los autos que pasaban.

- Sigo arriba porque te recuerdo que el auto es mío – te respondió minutos después y disimulaste una sonrisa que casi se escapa de tus labios. Era insano que te pueda tanto.

Prendiste la radio sin pedir permiso, pero Paula no mostró signos de oposición. “Perros de la calle” se escuchaba en la metro y notaste como ella giró para prestar atención. El segmento “Da para darse” recién comenzaba y desde que llegaste, te reías todos los lunes al mediodía con sus transmisiones.

El primer llamado del día lo protagonizaba un hombre de unos 30 años (deducciones tuyas) que ansiaba levantarse a la administradora de su edificio. El locutor lo incentivó a que cuente un poco más su historia… y reías con los comentarios de Andy Kusnetzoff. Paula a tu lado se contenía, para darte a entender que seguía enojada.

Lo contactaron con la mujer y vos reías durante todo el proceso. Cuando después de varios derrapes y desentendidos lograron acordar una cita, rompiste en carcajadas al igual que la rubia a tu lado, que no pudo evitar sumarse a tus risas.

Y cuando rió, te olvidaste del malhumor y se te iluminó el mundo.

-¿Da para darse? – preguntaste divertido siguiendo el hilo del programa radial. Ella te sonrió volviéndote a mirar después de media hora de darse la espalda. Habías logrado cortar el ambiente de tensión que los envolvía.

- ¿Tenes alguna duda? - y aprovechó el semáforo para besarte dulcemente de improvisto. Las sorpresas con Paula nunca se terminaban. Y te encantaba.

- Si las aclaraciones van a ser así, planeo tener muchas dudas - y ella sonrió nuevamente. Poco tiempo después estacionaste el Citroen DS3 de Paula a una cuadra del estudio y apagaste el motor ni bien lo lograste. Salieron del auto y te acercaste a ella, entregándole las llaves.

- Gracias por traerme... Y bancarme - y asentiste abriendo los ojos de manera exagerada, gracioso. Ella mordió su labio por tercera vez - Igual manejas como un abuelo Pedro.

- Bueno bueno, se llama manejar con precaución - y Paula riendo te dio un beso en la mejilla.

- Te quiero y gracias, en serio. Me voy que se me hace tarde - y te besó rápidamente en los labios ¿Como podía ser que cada cosa con ella era absolutamente memorable? - Nos vemos, pronto - e hizo hincapié en la última palabra.

- Te quiero más chuequi - y comenzaste a caminar hacia la avenida, para tomarte un taxi.

Las vibraciones de tu celular fueron las que te bajaron a la realidad de un ondazo mientras buscabas el atado de cigarrillos. Zaira te estaba hablando en el BlackBerry Messenger.


"Creo que me mande una cagada"


Y creías adivinar a qué se refería.





Un saludito para las locaaaaaas lindas de Nanu, Shapi, Juli y Aishu genias de genias. Las ♥

viernes, 23 de diciembre de 2011

Capítulo 20.

Caminabas pisando las líneas de las baldosas inconscientemente. Perdiste la cuenta de cuántas habías caminado hacía rato.

La razón: tenías la mente en blanco; el culpable: Pedro Alfonso.

Contabas con los dedos de una misma mano la cantidad de gente y de autos que había en la calle; estaba desierta. Lunes feriado a las 9 de la mañana, imposible esperar otra cosa… más en las Cañitas, donde la población era limitada y escapaba los fines de semana.

En diez minutos llegaste a tu departamento y ni te acordabas como hiciste para abrir la puerta. Estabas como flotando.

Te desplomaste en el sofá con una sonrisa que llevabas estampada en la cara desde que saliste del departamento de Pedro. Error…probablemente, la tenías desde que te despertaste a su lado.

Eran tantos los sentimientos que confluían en tu interior que te abrumaban. Sin embargo, la felicidad que sentías te hacía dar cuenta que tus sentimientos eran los más puros que alguna vez pudiste sentir.


“Veo las cosas como son” ♫ y el tono de aviso de mensajes de tu BlackBerry te sacó de ese estado de ensueño en el que estabas. Lo desbloqueaste y leíste.


“Hubiera preferido que me despiertes antes de irte, pero con esta nota que me dejaste perdono cualquier abandono… Sos hermosa y quizás extrañarte tanto sea bueno para el próximo truco… Quiero mi revancha”


No podías sonreír porque de hecho ya lo estabas haciendo… pero hiciste lo posible por ampliar tus comisuras aún más. Explotabas de emoción.



(Flashback)

Dividió el mazo en dos partes y las entrelazó, entretejiendo las cartas. Una vez mezcladas, te dio para que cortaras. Lo hiciste con rapidez.

Él te miró, canchero, levantando las cejas; vos sonreíste de costado. Se estaba poniendo interesante.

Ya con las tres cartas en mano, te permitiste unos minutos para planear como jugar. Tiraste un 12 de basto y Pedro te empardó con un 12 de espadas. Frunciste el ceño.

Pones sobre la mesa lo más alto que tenías, pero su 1 de basto superaba a tu 3 de oro.

- Oops... - te dijo Peter cargándote mientras sonreía.

- Deci dónde- dijiste cortante. Odiabas perder.

- Cuello - sentenció orgulloso y vos hiciste un esfuerzo para no sonreír.

Estaban jugando en el piso, para que no sea tan incómodo tener que moverse para cumplir la "prenda" así que te acercaste sensualmente como sabías. Provocarlo te encantaba.

Lentamente alcanzaste su cuello y aspiraste el aroma que se desprendía del mismo; amabas su perfume. Sonreíste al escuchar su respiración agitada.

Besaste el lugar indicado con una mezcla de dulzura y pasión y volviste a tu lugar, agarrando las cartas mientras de reojo veías a Pedro sonreír.

- Me parece que vas a terminar siendo mi esclava hoy - comentó refiriéndose al juego y vos reíste irónicamente.

- No te hagas el canchero, ya vamos a ver quién termina siendo siervo de quien - y luego de mezclar, entregaste las tres cartas que le correspondían. Eras competitiva a morir y jugar con Pedro era... pasional.

Le tocaba jugar y luego de acomodar en un abanico las cartas que le habían tocado, te cantó envido.

- Envido– respondiste segura imitándolo y él hizo una mueca. “Me voy al mazo” murmuró luego de apoyar las cartas con recelo y vos reíste cargándolo. Estaba mintiendo y lo habías descubierto.

- Te estoy dando un poco de ventaja – te dijo mientras se desordenaba el pelo con desinterés. “Qué crueldad” pensaste e intentaste mantener tu grado de concentración.

- Sh… A ver a ver... Quiero un beso en la nariz. Para empezar.

Se acercó con seguridad y besó tu nariz tan tiernamente que te quedaste sin aire. Sentiste como comenzabas a ruborizarte y le pasaste las cartas, para que no se diera cuenta.

Vos eras mano ahora y luego de analizar rápidamente lo que tenías pusiste un 4 donde acto seguido él dejó un 5. Por ganarle a tu humilde carta, tiró un 7 de oro, triunfador y tuviste ganas de trompearle la cara. Te cantó truco y vos aceptaste, haciendo que recobre la seriedad.

- Quiero retruco - anunciaste luego de tirar un ancho de espadas. Él se mantuvo pensativo por unos segundos.

- Quiero - respondió, seguro de que mentías, pero su sonrisa de suficiencia se desdibujo al ver que ponías sobre el rejunte de cartas otro ancho.

- A mi me mejilla le hace falta un beso… - y te tocaste el cachete derecho. Peter nuevamente se inclinó y te dio un sentido beso en la mejilla, luego de clavar sus ojos en los tuyos descaradamente.

Volviste a tomar el mazo y lo mezclaste torpemente. Pedro te ponía entre nerviosa y atontada.

- Falta envido – arriesgó y vos te mordiste el labio, pensativa. Estaba jugando con fuego y vos también.

- ¿Con vos es a todo o nada no? – preguntaste y él sonrió – Entonces quiero.

- 31 en mesa – y apoyo un 5 y un 6 de copas en el piso.

- 33 son mejores.

El frunció el ceño y rápidamente revisó tus cartas. No podía ser tan chiquilín para jugar y vos no podías estar tan contenta por reclamar tus “puntos”.

- Comisura - dijiste sin molestarte en ocultar tu sonrisa y él ofuscado por haber perdido tres manos seguidas, se sentó a tu lado.

Lentamente se acercó a tus labios y te estremeciste. El también estaba nervioso; era la segunda vez que estaban tan cerca desde que volvió de Nueva York.

Sin embargo, no se hizo desear mucho tiempo y besó la comisura de tu boca con tanta ternura que te dejó helada.

Se separó tan solo unos centímetros para quedar enfrentados. No podías sacar los ojos de sus labios. Avanzaste y posaste una mano en su cabeza, acariciando su pelo castaño. Él cerró sus ojos ante el contacto y se acercó aún más.

Cuando los abrió, se encontró con los tuyos verdes, ansiosos por lo que sucedería a continuación. Te sonrió e impacto en tu boca, besándote como no lo hacían hace tres años… con dulzura, con pasión, con simpleza. Con amor.

(Fin flashback)






Entraste al bbm para responderle y de lo atolondrada que estabas, escribiste cualquier cosa. Borraste y con más calma, enviaste lo que deseabas.

"¿Por qué me mandaste un mensaje en vez de hablarme por acá? Jaja"


Peter no se hizo desear.


"Quise hacerlo más teatral... Jaja"


Sonreíste. Definitivamente había logrado el efecto.


"Lo lograste... Te pido perdón de nuevo, tengo una producción a las 10 en Recoleta y se me hacia tarde. Igual me costó irme... Sos muy lindo durmiendo"





(Flashback)

Te habías despertado a las 8 de la mañana por la alarma de tu celular; Otro tema de Soda Stereo musicalizando momentos. Refunfuñaste mientras alcanzabas el teléfono y descartabas la alarma.

Pedro dormía con una respiración pausada y silenciosa, casi pegado a tu cuerpo. La paz que te transmitía era indescriptible.

Acariciaste tierna y suavemente su rostro pero él ni se inmutó. Estaba profundamente dormido.

Intentando hacer el menor ruido posible, te levantaste de la cama y te dirigiste con tu ropa al baño, para ponerte tu vestido de ayer y quitarte la remera de la "NYU" de Pedro.

Te desesperaste al recordar que no tenías llaves, ¿cómo se suponía que entrarías a tu casa a buscar las cosas que necesitabas?

Tomaste tu cartera, sin todavía saber qué hacer cuando tu mente se iluminó: la hermana de Zaira se había dejado su juego del depto en tu auto hacía una semana y nunca las había buscado.

Volviste a la habitación y agarraste el primer papel y birome que encontraste. Entre sonrisas escribiste una nota y la dejaste en la mesita de luz de pino. Besaste a Peter en la mejilla con dulzura y abandonaste el 7 “B” rogando que el señor de seguridad te abriera la puerta de entrada.

(Fin flashback)





“¿Si? Vos sos linda siempre... Igual me vas a tener que compensar eh... Esto va aparte de la revancha Jaja”


Y como querías jugar una revancha.


"¡Cómo te gusta perder! Jaja. Está bien, acepto ¡Ah! Tengo tu remera... Me la lleve para tener algo tuyo y extrañarte menos. Y además así tengo la excusa para verte otra vez"


"Vos no necesitás excusas para vernos... Siempre quiero verte"


Te mordiste el labio. Pedro te volaba la cabeza y más cuando decía estas cosas, de esa manera tan sentida. Sabías que era sincero y la seguridad que te transmitía era justo lo que necesitabas después de tantos golpes.

Un sobre se deslizó a través de la puerta y atrajo tu atención al instante. Frunciste el ceño extrañada pero igualmente te levantaste para tomarlo. Quizás era alguna factura de luz o las expensas del departamento.

Te acercaste al sofá y te sentaste aún sin leer de dónde provenía. Estaba a tu nombre y la caligrafía la conocías... Inconfundible. Diste vuelta el sobre y confirmaste tus sospechas.

Estabas como con delay… tenías miedo de abrirlo aunque sabías que era una idiotez atómica. Lo rompiste con cuidado y sobre tu regazo cayó una invitación.


“Miguel y Claudia
Tenemos el placer de comunicarles nuestro compromiso que se celebrará el próximo 3 de febrero a las 19 horas.
Deseamos que nos acompañen en este día tan especial.
Se ruega confirmación
Estancia La Candelaria/ Salón Colonial
Ruta Nac. 205 – Km 114.5
Lobos”


Las manos comenzaron a temblarte y se resbaló la tarjeta de las mismas. La vista se te volvió nublosa por la cantidad de lágrimas que se acumularon, deseosas por recorrer tu rostro. Ya no escuchabas el ruido del celular ni las agujas del reloj. Simplemente te desplomaste en el suelo… dejándote llorar en silencio.











AAAAAAAAA por el amor de jebús me olvide de dedicarselo enteramente a Dani, sin ella jamás hubiera sacado las partidas de truco jajajajajaj. Nuni love! ♥

Capítulo 19.

Abriste la puerta del ascensor y con una seña la invitaste a pasar. Aunque Paula disimulaba muy bien, sabías que algo la mantenía pensativa y que su actitud había cambiado… lo percibiste desde el momento en que volvió del baño en el bar.

No sabías como abordarla… tenías miedo que se ponga a la defensiva. Pero tampoco podías ignorar y hacer como si nada. Querías ayudarla; querías ser esa persona en quien confíe.

Eran las 3 de la mañana y para tu sorpresa, ella había propuesto que suban cuando te ofreciste acompañarla hasta su casa. No ibas a negar que la idea te parecía sumamente tentadora, pero no eras tonto… ella quería distraerte para que no notes lo rara que estaba.

Suspiraste una vez dentro del ascensor pero ella tan en la suya, ni lo notó.

Refregaste tus ojos, molesto por la luz blanca y apretaste el botón para que el elevador arrancara; Paula se apoyó contra la pared de la izquierda mientras subían, colgada en quién sabe qué. Carraspeaste sonoramente, pero eso tampoco la hizo volver en sí.

Llegaron al séptimo y caminaste hacia la letra “B”, donde se encontraba tu departamento.

- Bienvenida… Ponéte cómoda – dijiste una vez adentro recuperando la sonrisa y lanzaste las llaves en el cenicero gris que había en la mesa. La observaste divertido inspeccionar con curiosidad tu pequeño hogar - ¿Querés algo para tomar?

- Veo que aprendiste a agasajar al invitado – te dijo cargándote y vos enarcaste las cejas mientras te acercabas a ella. Paula sonrió.

- No te hagas la canchera… que vos te invitaste sola acá arriba – y los labios de la rubia formaron una “o”, indignada por tu comentario.

- Y, si esperaba a que me invites vos… - retrucó recuperando el humor y vos ladeaste con la cabeza de lado a lado entre sonrisas.

- No te invite porque pensé que necesitabas estar sola – Y como por acto de magia, las facciones de Paula se tensaron. Ella intentó modular algo que se perdió en un murmullo irreproducible y tomó una bocanada de aire. Vos esperaste.

- Pensaste mal.

- Evidentemente sí… porque estás acá. Pero algo te pasa… ¿Qué pasó en el baño? – arriesgaste. Percibías como el mal humor de Paula se incrementaba al ponerla en evidencia, pero no te importó.

- Son impresiones tuyas Pedro – sentenció y revoleaste los ojos. Ella se mordió el labio mientras sus ojos verdosos, comenzaban a formar una lámina de agua. Te odiaste; lo que menos querías era hacerla llorar.

- Pau…

- En serio, estoy bien… sabés que soy medio ciclotímica – y clavaste tus ojos en los suyos; ella no pudo sostenerte la mirada. Suspiraste… al margen de no querer hacerla sentir mal, te molestaban mucho sus excusas. Se las estabas dejando pasar desde hace mucho – mejor vuelvo a casa.

- Hace lo que quieras… como siempre – y Paula te fulminó con la mirada. Te miro con sorna y agarró su cartera color suela con plumas de colores. La abrió y comenzó a buscar algo… supusiste que su celular. Pero los minutos pasaban y ella no parecía encontrar lo que necesitaba.

Ofuscada, volcó el contenido de la cartera sobre la mesa. Vos, observabas en silencio.

- Me olvidé las llaves – dijo molesta.

- Te abre Zaira… ya fue, no le va a molestar que la despiertes.

- Ese es el problema… Zaira se fue a la casa de los viejos en San Fernando. Vuelve mañana – resopló y se sentó con pesadez en la silla de madera. La miraste ya sonriendo mientras levantabas una ceja; no podías mantener esa postura recia tanto tiempo.

- Por como te sentaste, supongo que te quedás acá.

- Ah bueno, si molesto me voy – te dijo amagando a levantarse y vos la paraste tomádola de la mano. Ella te dirigió la mirada nuevamente.

- Para loca, es un chiste. Nada puede hacer esta noche más perfecta que terminarla con vos, en serio – le explicaste mientras sonreías. Paula te miro dulcemente y empezó a jugar con los dedos de tu mano.

- Lo de loca estuvo demás – comentó, ya tranquila. Vos sonreíste aliviado.

- Es verdad… ¿tregua?

- Sí, perdón por tratarte mal – dijo mirándote a los ojos, arrepentida. Tomó aire y continuó – Tenés razón, pero no quiero hablar…

- A mi se me ocurren mil cosas para hacer que no sean hablar… - y levantaste tus cejas sensualmente; ella mordió su labio inferior.

- ¡Pedro!

- ¡Paula! – la imitaste cargándola y estallaron en carcajadas.


Pronto, la simpatía y el histeriqueo volvieron a envolver al ambiente, lleno de tus risas y las de Pau. Finalmente, se sentían cómodos… entre ustedes y con ustedes mismos.

Pasada la hora, la rubia comenzó a sacarse los zapatos y los aros… vos la miraste provocativo. Ella rió y te explicó mientras se señalaba: “Me estoy desmontando Peter, esta es la realidad”. Vos, hiciste como que la inspeccionabas, jodiendo. Pau frunció el ceño y sonreíste ante su expresión. Sin rodeos y con suma sinceridad, sentenciaste: “Sin ningun lugar a dudas, compro”.

Sus mejillas rápidamente adquirieron un tono rosado y vos sentiste como las tuyas cada vez estaban más cálidas.

Eras completamente feliz.

- ¿Tenés cartas? – preguntó al dejar el celular en la cartera – Juguemos a algo.

- ¿Strip-póker? – dijiste haciéndote el gracioso. Querías ver cómo te respondía.

- No sé jugar al póker – contestó haciéndose la tonta mientras sonreía a modo de disculpa.

- Pero al strip seguro que sí…

- ¡Pedro! Estás como endemoniando – te retó mordiéndose el labio mientras reía – Dale, andá a buscar las cartas. Españolas, te juego un truco.

- Cómo me esquivaste el tema… dale endemoniada, voy a buscarlas y jugamos.

Minutos más tarde volviste de tu habitación con las cartas en la mano y comenzaste a mezclar. Ella se estiró y se acomodó con concentración en la silla. Era tan competitiva como vos.

- ¿Das vos? – asentiste y te preparaste para repartir. La birome y el papel necesarios estaban a un costado de la mesa - ¡Pará! ¿Y si lo hacemos más interesante?

- ¿Qué proponés? – preguntaste curioso y ella sonrió pícara.

- No contemos los puntos de la manera tradicional… Hagamos que con cada partida ganada, el perdedor tenga que darle algo al ganador.

- ¿Algo cómo?

- Un beso – y sonrió victoriosa; vos la imitaste, atontado. No paraba de sorprenderte – donde sea.

- Me gusta la idea – y la sonrisa seguía estampada en tu cara- Empecemos.

Capítulo 18.

La noche estaba hermosa. La brisa acariciaba tu rostro y el de Pedro y hacía que los 29 (casi 30) grados de calor fueran soportables.

Iban riendo, charlando e incluso disfrutando los silencios cuando se producían. Nunca habías experimentado algo así… siempre sentías la necesidad de llenar espacios para que no sean incómodos, pero con Peter los momentos sin habla eran los más valiosos.

Tu mirada, la de él. Te olvidabas de todo.

Te escondiste 48 horas, de Pedro y del mundo. Desconectaste el teléfono y cerraste las persianas… te daba vergüenza que él te haya visto tan desencajada y que ni bien se separaron ese día en la lluvia, hayas vuelto a sentir ese peso que no te dejaba respirar.

Sabías las respuestas y necesitabas escucharlas, pero le tenías miedo a las preguntas. Porque eso significaría que no estabas equivocada y que lo que tanto te dolía, terminaría cumpliéndose.

Hacerte la tonta ya no te servía de nada. Pudiste fingir que no estaba ahí… pero la realidad es que estaba... y está.

Tu mar de contradicciones te dio un recreo en el momento que Pedro abrió la puerta de entrada de su edificio, brindándote esa media sonrisa que te encantaba. Sin reproches, sin resentimientos.

Hacía media hora que estaban caminando y por fin llegaban a ese lugar donde querías llevarlo. Sabías que sería especial.

- ¿Qué es esto Pau? – preguntó intrigado mientras se paraban frente al portón negro en la calle Arévalo, entre Cabrera y Niceto Vega. Vos levantaste tus cejas divertida.

- Ya vas ver – anunciaste y él asintió, mientras tocabas el timbre.

- Cómo te gusta tener el control – y te abrazó de improvisto por la espalda. Sonreíste mostrando tus dientes.

- Siempre, pero me encanta cuando vos tomás la iniciativa… - y te diste vuelta, dejando los rodeos de lado y clavando tus ojos en los marrones de Pedro. Él no dijo nada, solo se quedo admirando tu rostro… y vos igual. Pero cuando finalmente parecía que las distancias se acortaban, la ventanilla del portón se abrió y vos volviste de inmediato a tu anterior posición.

- ¿Tienen invitación? – pregunto un hombre del cuál solo podía ver los ojos. Asentiste y acto seguido deslizaron la puerta metálica. Peter observaba curioso la situación.

Una vez adentro, el hombre les indica una cabina telefónica antigua y entusiasmada, te acercás y marcás el número que te pasó Flor. Aunque nunca habías ido antes, conocías el procedimiento. Cuando te atienden del otro lado, decís la clave. Pedro mantenía una sonrisa imborrable.

Se abre la puerta secreta que esperabas y sonriendo, tomás la mano de Peter para que atraviesen el umbral y transiten el pasillo que simulaba una especie de callejón de los que se ven en Nueva York y Chicago. Él estaba emocionado como nene con juguete nuevo y verlo tan maravillado te llenaba el alma.

Antes de llegar al bar que se encontraba al final, a un costado, cruzaron un sex shop y Pedro te miro entre cómplice y burlón.

- ¿Ésta es una indirecta indecente al invitado? – te preguntó haciéndote frenar. Vos mordiste tu labio inferior.

- ¿Estás proponiendo algo? No arrugues después…

- No me contestes con una pregunta – retrucó y vos ibas por el vale 4.

- Entonces te respondo que está abierto hasta las 6 de mañana… Vení – y tironeaste de su brazo mientras el mantenía esa sonrisa burlona en el rostro. Te morías de vergüenza y por eso caminaste más rápido para llegar al destino final.

“Frank’s” era un bar era especialista en cocktails y tenía un estilo muy parecido al “Please, don’t tell” en Nueva York. Cuando estuviste allá quisiste ir con Pedro, pero al final cambiaron de planes y te quedaste con las ganas. El techo estaba decorado con unas magníficas arañas, que iluminaban el ambiente dándole calidez y elegancia.

Pidieron dos tragos (vos un Barbados Apple Punch y Peter un Horses Neck) y se sentaron junto a la barra de madera. La música acompañaba a la perfección y mientras tomabas lo que pediste, no le sacabas los ojos de encima. No lo podías evitar.

- ¿Te gusta el lugar? – preguntaste con una sonrisa y él apoyo su vaso – Pensé que algo que te recuerde a Nueva York iba a estar bueno para tu adaptación a Buenos Aires.

- Es perfecto… y gracias. Siento que viaje miles de kilómetros en un abrir y cerrar de ojos – te dijo sinceramente y volviste a morder el labio. Ibas a tener que cambiar esa costumbre si no querías ser tan obvia.

- ¡Ay no!, te das cuenta que no brindamos todavía… qué boluda – te quejaste molesta por haberte perdido ese detalle.

- Brindemos ahora… siempre hacemos las cosas al revés nosotros dos – y reíste porque no podía ser más cierto.

- Bueno, entonces brindo por el destino que nos vive reencontrando, con otros nombres y circunstancias, pero siempre con la misma magia – soltaste y te dolían las comisuras de tanto sonreír.

- ¿Cómo supero eso ahora? Me inhibiste… - y vos resoplaste luego de decirle entre risas un “dale tarado” – Yo brindo por nosotros, porque hace años que no me siento tan feliz y en paz conmigo… y vos sos gran responsable de eso Pau.

Luego de chocar los vasos, bebieron ambos una cantidad considerable y sentiste como sus ojos, que oscilaban entre el miel y el marrón, se concentraban sobre los tuyos, brillosos. Le sonreíste con la mirada intensamente.

Pasado un rato de charlas, histeriqueos y confesiones caminaste en búsqueda del toilet, que se encontraba en la punta opuesta a donde se encontraban. No podías creer tener ese tipo de conexión con otra persona… junto a Peter lo más mundano era especial. Ni te acordabas de lo que te había mantenido tan triste los último días y llegaste a la conclusión de que Pedro era tu mejor terapia.

- ¡Pau! ¿Qué haces flaca?- volteaste inmediatamente ante la mención de tu apodo y abrazaste al corpulento muchacho que te había hablado luego de reconocerlo como uno de tus amigos más queridos de Lobos.

- ¡Sebi, tanto tiempo! ¡Que loco encontrarte acá!

- Estás más baja - te dijo Sebastián y lo golpeaste amistosamente en el brazo- Che, ¿hablaste con Ezequiel?

Tu expresión se endureció al instante.

- ¿Y por qué tendría que hablar con Ezequiel?- y te preguntaste dónde habían quedado los modales de tu viejo amigo ¿ni un como estás?

- Me dijo que quería hablar con vos... Te extraña.

Bizarro, muy. Las circunstancias de por sí eran un tanto...cualquiera, pero de una manera simpaticona. Pero que el tema tabú salga a la luz con tanta desfachatez transformaba lo simpático en intolerable. Y de sumo mal gusto.

- ¿Es un chiste no? Porque si es un chiste dejame decirte que perdiste el sentido del humor...

- Pocha, está arrepentido. Sabe que se mando una cagada, pero no quiere que las cosas queden así entre ustedes.

- Asi que sos el mensajero ahora... La verdad que vos si sos un amigo- dijiste con furia y lo fulminaste con la mirada- Sabés todo lo que me hizo y sin embargo no te importa.

El castaño ladeó su cabeza de izquierda a derecha y resoplaste. De reojo observaste a Peter tamborileando impacientemente sus dedos en la mesa. Te dieron unas ganas impresionantes de teletransportarte a su lado.

- Yo no quiero meterme entre ustedes, pero Ezequiel es mi amigo y me pidió ayuda.

- Y por eso le diste mi nuevo número ¿no? - acusaste, terminando de descifrar el enigma del mensaje recibido semanas atrás. Sebastián permaneció en silencio- Sabés qué, ya que te tomaste el trabajito de conectarnos, decile que no me rompa más las pelotas. Que no quiero saber de él ni ahora ni hasta el próximo milenio - el muchacho suspiró- Para vos se aplica el mismo criterio.

Pasaste rápidamente a su lado y ni te molestaste en decir adiós. Tampoco lo dejaste a Sebastían refutar nada. Al salir del baño corriste hacia la mesa y sonreíste forzadamente a Peter, en forma de compensación.

- Te tomaste tu tiempo- bromeó el castaño. Esbozaste una mueca a modo de disculpa.

- Había cola - simplificaste, dando la excusa más obvia que podrías haber formulado. Minutos después comenzaste a dirigirte hacia la salida, intentando recomponerte de la asquerosa situación vivida minutos atrás. Sin previo aviso, Pedro te tomó la mano. Aunque te sorprendiste ante el contacto, no lo soltaste. Sólo te limitaste a tomarlo con más fuerza.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Capítulo 17.

Nada de Internet. TV por cable menos. Celular sin batería y sin crédito (sinónimo de “aparato tecnológico sin razón de existencia”) y teléfono de línea de pura casualidad. 5 canales de aire y todos pasando la misma pelea entre Graciela Alfano y Aníbal Pachano.

Ah no, eso había pasado la semana pasada.

Apagaste la televisión sin parar de refunfuñar y te dejaste deslizar en la silla sobre la que estaba sentado. Creías que de no encontrar alguna actividad mínimamente entretenida el aburrimiento terminaría por asfixiarte.

No sabías nada de Paula desde hacía dos días. Ni un mail, ni un saludo por bbm… La última vez que la viste fue cuando la encontraste empapada a 3 cuadras de tu nuevo departamento, sola y con los ojos hinchados. Verla así te había matado.

En menos de un minuto recorriste con la mirada el living (donde te encontrabas) y la cocina (de lejos y con poco detalle). Suspiraste y abatido cerraste los ojos. De cualquier manera, poco había para ver; era tu tercer día viviendo allí y poco tiempo habías tenido para decorarlo. Zaira había insistido en hacerlo por sí misma pero te negaste rotundamente. Digamos que el Feng-shui de la morocha era bastante particular.

La que sabía de decoración era Pau…

Tamborileaste los dedos sobre tu regazo considerando si sería muy desubicado de tu parte llamarla a Paula, al menos para charlar un rato. De última, tenías la excusa de que necesitabas ayuda para decorar ¿Estaría en el departamento?

Marcaste el número rápidamente y esperaste a que sonara. Una, dos y tres veces. Cuatro y contestador. Colgaste al instante.

Paula te desconcertaba… con ella avanzabas dos lugares y retrocedías diez. La extrañabas y te preocupaba no saber nada… más después de haberla visto tan angustiada.

Tomaste de la mesada (la única que había en la casa) tu cámara, fiel compañera, y apretaste el botón de REC. Y dejaste que la magia fluya.

- Son casi las nueve de la noche – y saliste al balcón – en la versión latinoamericana de “la ciudad que nunca duerme”… - prendiste con habilidad un cigarrillo mientras sostenías la cámara y guardaste el encendedor de River Plate en el bolsillo de tu jean. Exhalaste el humo – y por cuarta vez en la semana estoy inmóvil y atrapado en estas cuatro paredes, ajeno al movimiento y sin nada mejor que hacer.

Hiciste zoom e intentaste captar alguna situación interesante que se desarrollara en los edificios frente a vos. El día anterior habías observado una graciosa pelea entre los vecinos gay del quinto piso del departamento de enfrente. Volviste a tomar una pitada.

El timbre te distrajo y extrañado, hiciste caso omiso de él. Nadie en la ciudad sabía que vivías ahí, salvo Zaira y según lo que tenías entendido, todavía estaba en una producción en el Tigre. Jamás avisaste a tus antiguos amigos del colegio en Mármol o de TEA que habías vuelto; tampoco creías que les interesara demasiado. No te preocupaste por mantener el contacto durante tus años en el exterior. Con el único con el que habías hablado era con Hernán, tu mejor amigo de toda la vida pero estaba tapado de trabajo en su estudio.

El molesto sonido volvió a repetirse y apostaste que era un muchacho de algún delivery que tenía confundido el piso. Atendiste.

- ¿Hola?

- Peter, soy Pau – se escuchó del otro lado del portero y frunciste tu entrecejo mientras sonreías. Era la última persona con la que esperabas encontrarte, pero definitivamente la que más deseabas que sea– se que vine sin avisar y capaz estás ocupado pero…

- Ya bajo.