domingo, 11 de marzo de 2012

Capítulo 50.

Te amo. Dos palabras que universalmente, mueven el mundo (implícita o explícitamente, porque amar es un sentimiento); que pueden ser las más insulsas como las más importantes que alguna vez puedas o imagines oír. Dos palabras que simbolizan un sentimiento y que pueden decirse aunque el emisor, no sienta nada. Dos palabras que pueden significar todo.

Decir te amo siempre significa un compromiso con otra persona. Es ponerle nombre al amor, verbalizarlo, darle forma; y cuando existe verdaderamente, esas dos palabras son las más deseadas. Las más esperadas. Las más necesarias.

Alguna vez llegaste a pensar que el amor era una cuestión de decisiones. De decidir a quién y cómo amar… y cuándo. De buscar tu propio final feliz y si se podía, planearlo, planificarlo. Elegirlo.

Y al mirarla a Paula te dabas cuenta que el amor era improvisto. Vertiginoso, con idas, vueltas caídas y subidas. Con laberintos, sin salida a veces e incluso, con vacíos, huecos.

Según el diccionario, es un sentimiento que parte de la base de la insuficiencia propia de un ser humano, que necesita encontrarse y unirse con otra persona. En tu suficiencia, ignorancia y lógica en la que te basaste por años y años hasta hace un par, la Real Academia española exageraba para beneficiar al capitalismo y marketing del mundo. No podía ser para tanto… pero era.

Hoy, te dabas cuenta que todo lo que alguna vez pensaste era erróneo. Porque uno no es responsable del amor, uno no puede decidir a quién ama o dimensionar y controlar la cantidad de afecto. Responsable se es, sí, de lo que se hace con lo que uno siente pero no del sentimiento en sí. Porque amar o no hacerlo, es algo incontrolable.

Y querías amar con todas las letras; sin miedos o inseguridades, sin trabas o supuestos. Porque el amor se trata de sentir. Y lo único que sentías era Paula.

La miraste, con ojos brillosos, mientras abandonabas su espalda para ir subiendo con tus manos hacia su rostro, palpando ese “te amo” interminable. Y no sentiste más que amor.

- Te amo más de lo que te imaginás – respondiste con sinceridad mientras recorrías su mejilla tiernamente con las yemas de tus dedos. Ella se limitó a recorrer con sus ojos el camino de los tuyos hasta tu boca.

- Creo tener una idea… pero me gusta escucharlo – y sonreíste. Paula suspiró y continuó acariciando tu cabello, mientras se acomodaba sobre tu regazo - Gracias – y frunciste el ceño - por confiar en mí, abrirte así conmigo… - hizo una pausa antes de continuar - Significa mucho… Me hace sentir especial.

Y se mordió el labio, y te derretiste en esos ojos verde miel.

- Vos sos especial Pau – e hiciste hincapié en el “vos”, cosa que hizo que Paula bajara la mirada por unos segundos - Ya te dije… Sos única – y sentiste como sus pulsaciones aumentaban. Acariciaste su cintura delicadamente, sobre la blusa aguamarina y la viste ahogar un puchero - Gracias a vos por escucharme y ser esta persona.

Y sus ojos se cristalizaron y el aire en la habitación comenzaba a ser faltante. Ella giro la cabeza a un lado y por un momento, te asustaste. Y sin saber por qué de repente estaba parada, a unos metros de vos, que permanecías sentado sobre la silla, atónito por la bipolaridad de la situación.

- ¿Qué pasa gorda? – inquiriste tratando de sonar calmo y parándote de a poco. Paula permaneció inmóvil. La incertidumbre comenzaba a carcomer tu seguridad.

- Nada… - y se acercó un poco y exhalaste algo de aire, más aliviado - Que… - moduló y te buscó con la mirada - Me siento culpable.

Y entendías menos que antes, pero tu instinto te indicó que no te arrebates en preguntas inquisidoras y abarcativas. Que dejes fluir.

- ¿Culpable de qué Pau?- dijiste en un tono suave pero lo suficientemente audible para que ella te oiga. Rascó el dorso de su mano izquierda y exhaló casi con impaciencia, por no poder ordenar sus propias palabras.

Realizó dos pasos y frenó. Y te pareció como si hubieran pasado horas.

- Por lo que paso en el compromiso yo… - hizo un pausa y no te molestaste en exteriorizar esa exhalación que sonó demasiado fuerte pero que era el calco perfecto del alivio que estabas experimentando. Paula sonrió por unos segundos - No quise que te sientas así, fuera de mi vida o humillado… - explicó mientras retomaba el clima y vos procesabas cada dicho que salía de su boca - Si no te dije lo de Ezequiel – y sabías que no eras el único al que le costaba hablar del pasado - no fue porque no confiara en vos, fue porque tenía miedo de lo que fueras a pensar de mí – y te odiaste por hacerla sentir con tu “abandono” aquel día que era así - Todo era tan… especial entre nosotros que no quería que cambie nada y sinceramente pensé que iba a pasar desapercibida – agregó y te acercaste sin dudarlo, haciendo desaparecer esa distancia innecesaria - Perdoname.

Tus músculos terminaron de aflojarse y aprovechaste para entrelazar tus manos con las suyas, eliminando esa inseguridad que la había aquejado de un momento a otro. Ese lapso de sinceridad era tan maravilloso como tranquilizador.

- Pau- la llamaste, incentivándola a que deje de mirar al piso y levante la vista para quedar frente a frente a tus ojos – Entiendo todo… y te perdono- y balanceaste sus manos para esfumar ese nerviosismo latente que les provocaba a ambos hablar de un tema tan difícil, donde había que aceptar errores y sincerarse - Yo también dije muchas cosas feas ese día y exagere… bastante – comentaste y ella rió ante tu aclaración. Obviamente estaba de acuerdo - Es mentira que no te conozco, es imposible no conocerte. Sos tan transparente Pau… - y ella sonrió - Te conozco, desde el pelo – entonaste y ella carcajeó tentada. Vos la miraste seductor y haciendo oídos sordos a las ¿notas? que no alcanzaste en ese único verso, trataste de no contagiarte de su risa – Hay un tema de Arjona que empieza así – agregaste y Paula frunció los labios -Ves sería imposible no conocerte, sino no sabría que ahora estas por morderte el labio ¿o no?

Y lo mordió inconscientemente y rieron fuertemente.

- Tarado – dijo entre risas - Es verdad, me dijiste cosas horribles… un poco me lo merecía – reflexionó y te causó gracia el tono de voz que utilizó - Un poco.

- No te merecías nada porque no soy quien para venir a hacer juicios de valor de cosas que pasaron hace años gorda – replicaste y Paula levantó los hombros - y en frío entiendo por qué no me dijiste nada y te perdono – aseguraste mientras acariciabas lentamente su brazo y sonreías de costado, de esa manera que tanto le gustaba - En serio no me interesa Ezequiel ni nadie… - y clavaste tus ojos café en los de ella - Y ya que estamos pidiendo perdón, me perdonas por haberme ido así el día del compromiso? Me siento tan tonto por haber hecho eso – e hiciste una mueca.

Y Paula sonrió satisfecha, como si hubiera estado esperando esas disculpas desde hace mucho. Rascaste tu sien, mientras dejabas descansar el peso en la pierna contraria.

- Si, te perdono… las viejas preguntaron mucho por vos, se ve que causaste una impresión - e hiciste un gesto cancherísimo con las manos, que te valió un empujón de Paula en el pecho - Te perdono también por el vacío que me hiciste después – agregó enarcando unas cejas y ese era el último perdón que te restaba por pedir y a ella no se le escapaba nada.

- Gracias – murmuraste volviendo a hipnotizarte con su mirada y te permitiste unos segundos para armar una oración que fuera clara, sin los “eh” de por medio que te solían salir cuando tenías que hablar de cosas importantes, como de lo que sentías o pensabas. Y sí, eras tonto y seguías con nervios a esa altura después todo - Con eso me gane el premio a los boludos, estaba encaprichado en que habías estado mal y no podía ver que yo también… Igual vos también podrías haber intentado hablar conmigo – y el pase de factura era absolutamente necesario.

Paula enarcó las cejas y estabas seguro que iba a utilizar con toda fiereza el derecho a replica, pero en contra de tus suposiciones, se limitó a suspirar.

- Es verdad… pero estaba ofendida y muy orgullosa – y le tocaste la punta de la nariz con tu índice y ella se escondió en tu pecho, invitándote a que la abraces. O más bien, indicándote que lo hicieras - Qué tonta… si hubiera sabido que íbamos a estar así ahora.

Tontos los dos y se ve que el engomamiento fue un mal sufrido en la pareja. Acariciaste su pelo mientras pensabas en que el circuito que recorrieron los hechos fue extrañamente ideal. Inesperadamente perfecto. Entonces, te declarabas fan de las sorpresas (siempre que tu sorpresa fuera ella).

Inundaron la habitación con sonrisas, símbolo de lo que provocaban el uno en el otro y estabas seguro que Paula era capaz de sacar lo mejor de vos. Comenzaste a levantar los platos y ella se dedicó a separar las copas con el vino para ubicarlas en una mesita baja que se ubicaba a un par de metros de donde había estado sentada.

- Sabes, ahora que terminamos de cenar… - dijiste y Paula te miró atentamente - Estaría para ir a fumar un pucho afuera - y la cara de Paula te hizo saber lo pésima que le parecía tu idea. Te fulminó con la mirada y rompiste en risas - Uhhh, es una broma tonti. Lo dije para molestarte.

- Detrás de cada broma hay un poco de verdad… - en realidad, la idea de un cigarrillo era tentadora - Los estoy contando eh.

- Cuente fiscal, cuente – la cargaste y ella se mordió el labio y volvían a ser ustedes, porque la química era perceptible en el más mínimo chiste. Sonreíste de costado y Paula revoleó los ojos.

- Basta de pichicatearme Pedro – se quejó y reíste otra vez. Ella se hizo la ofendida y comenzó a observar las pocas pinturas que estaban en una esquina y los acrílicos, pinceles, trapos, que estaban sobre los estantes al lado del sofá. Tomo con delicadeza el cuadro, blanco, y te miró - Sabés que el lienzo ahí, las témperas y el sillón del otro lado es muy Titanic – y vos enarcaste una ceja - Muy “píntame Jack”.

- ¿Querés que te pinte? - inquiriste seductor, aunque tentado por la frase que acaba de formular Paula. No podía ser tan descarada - Mira que hay que hacerlo igual que en la película… la modelo sin ropa.

- ¡Pedro! – te retó con una sonrisa en su rostro y supiste que aunque el doble sentido no fuera intencionado… estaba - Pensé que el Pedro endemoniado se había tomado vacaciones y había quedado el tierno y sensible.

- Soy una mezcla de los dos…Pero vos sacaste el endemoniado, hacete cargo – modulaste y ella se mordió el labio divertida. Efectuaste tres pasos moderados hacia ella, acortando lo suficiente la distancia entre ustedes. Lo suficiente para hacerte desear y lo suficiente como para dejarla que ella haga el siguiente paso - Igual, cualquiera de los dos te ama mucho…

- Me pareció escuchar eso antes – comentó con una sonrisa y rodeó tu nuca con su brazos. Su respiración se entremezcló con el tintineo de sus pulseras y tragaste – Y me hago cargo, porque este metro ochenta la rompe – y te contagiaste de su sonrisa, porque sabías que le daba vergüenza hacerse la femme fatale.

De pronto, sus latidos se hicieron más intensos y continuados. Los tuyos difícilmente los escuchabas y apenas eras capaz de formular un pensamiento. No podías despegar la vista de sus labios y al sentir su respiración tan cerca, caíste en que no los separaban más de un par de centímetros de distancia. Y cuando parecía que el impacto era inevitable, corriste la cara hacia un lado.

Paula te miró completamente atónita mientras dejaba caer sus brazos al costado.

- ¿Y ahora? – preguntó algo molesta - ¿Qué pasa Pedro?

Rascaste tu sien, innumerables veces.

- Es que quiero que nuestro tercer primer beso sea especial – sentenciaste mientras volvían a quedar enfrentados y las facciones de Paula se relajaban. Exhalo.

- Bueno, pero que sea pronto- se quejó entre sonrisas y te pareció que no podía ser tan linda.

- Yo sé que te morís de ganas, pero no seas tan ansiosa chuequi – y fue obligatorio el comentario de agrandado. Paula revoleó los ojos y supusiste que jugaste sucio al meter en una misma oración ansiedad y chuequera.

- Sos vos el que me viene corriendo con el beso… arqueadito – y rompiste en risas mientras frotabas las yemas de tus dedos contra su sien – y deberías agradecerle a Dios que te pido que dejes de respetarme, de una vez.

- Todos los días – respondiste y le robaste una sonrisa.

Con una seña le indicaste que te acompañara hasta el pequeño jardín que tenía la casa, antes de tomarla de la mano y marcar el recorrido por tu cuenta. La luna iluminaba esa noche de verano que culminaba con una ventisca, encargada de borrar los rastros de una lluvia ahora inexistente. Se sentaron juntos contra la pared y ni atinaste a sacar el atado que Paula te lo confisco, orgullosa. Probablemente si se tratara de otra persona hubieras luchado hasta tener tus cigarrillos y le hubieras dedicado un par de insultos sin repetir y sin soplar, pero la rubia hacia que hasta tu propio vicio quede a un lado. Carraspeaste.

- Tengo algo para vos – anunciaste y Paula te miró curiosa. Volviste a entrar para tomar el regalo que se encontraba escondido atrás de un par de pinturas en el living y lo ocultaste detrás de tu espalda al volver al jardín – Espero que te guste – deseaste mientras extendías el brazo y se lo entregabas. Ella lo abrió entre ansiosa y fascinada.

“Nueva York, de cerca” se titulaba el libro que le habías obsequiado; una guía que recorría los lugares imperdibles para conocer siendo turista. Paula miró las primeras páginas con detenimiento, impregnándose de recuerdos compartidos con aroma a déja vu de esas dos semanas y vos volviste a sentarte a su lado, expectante.

- Gracias, me encanta –te dijo con una sonrisa mientras te daba un sentido beso en la mejilla. Cerraste los ojos al sentir el contacto y los abriste para encontrarte con ella, acomodándose en tu hombro, para seguir hojeando el libro.

- Y tiene pegados algunos post it, que son referencias de un par de lugares que visitamos juntos – agregaste señalando los papeles amarillos pegados junto a cada reseña de los lugares turísticos más conocidos. Y mientras pasaba las hojas se te vino encima el patinaje en el Rockefeller Center, el beso en el Time Square, el Starbucks en la Columbus Street, esas noches de insomnio en tu departamento por no poder dormir al saber que al día siguiente te encontrabas con ella, la guerra de nieve en el Central Park, el Empire State, el ascensor del Empire State. Ella y vos. Vos y ella. Pedro y Paula. Y al revés y de cualquier manera.

De pronto, se paro en seco al leer la última nota amarilla. Pasados unos segundos (contaste 10, en tu mente) te miró con una sonrisa; vos se la devolviste mientras te rascabas la sien, algo tímido.

- ¿Y esto? – inquirió, haciendo referencia al papel.

Y el “¿querés ser mi novia?” escrito en la nota retumbaba en tu cabeza, sintiéndote extremadamente cursi con el correr del tiempo y experimentando unas ansias de que te contestara ya.

¿Quién era el ansioso ahora?

- Una pregunta al lector.

Y sabías que tenían más diferencias que similitudes; ella se levantaba temprano por su reloj biológico y a mil por hora, vos tenías la costumbre de posponer la alarma 5 veces antes de estar afuera de la cama; ella era el ser más sociable del universo, vos podías pasar 3 horas antes de ponerte a hablar en una reunión llena de gente; ella quería un bulldog francés (perro que en lo personal pensabas que se había estrellado contra alguna pared), a vos te gustaban los perros grandes. Ella estaba delante de la cámara… vos detrás. A Paula le encantaba subirse a las montañas rusas, vos tenías vértigo a todo lo que signifique un deporte extremo, alturas y riesgo.

Agua y aceite. Pero insólitamente, perfectos juntos.

Y por alguna extraña o sabia razón del universo, vos y Paula encajaban. Se complementaban y las diferencias se transformaban en las muescas perfectas para ese rompecabezas que pensaste no tenia encaje. Entonces cuando ella sonreía vos también y todo era consecuente en ese círculo interminable.

Entonces los vacíos, los silencios y los desencuentros, con una mirada dejaban de ser trágicos para convertirse en experiencia. En crecimiento. En sonrisas.

Paula despegó delicadamente el post it amarillo y lo pego en tu frente, sin poder borrar la sonrisa de su boca. Vos pestañeaste, aguardando esa respuesta que tanto deseabas oír.

- Sí, mil veces sí.

Y dejaste que presione sus manos contras tu nuca, mientras te inundabas en su perfume, en sus ojos y en sus labios. Y en la calidez del contacto, volvieron a ser épicamente, uno.







Y llegué a los 50... drinks on me (¿?)

Guau, nunca pensé llegar tan lejos con esto, pero estoy feliz con el resultado. Gracias por tutti.

Primerísimo, FELIZ CUMPLE JIMENIIIII. Este mar de dulce de leche es para vos, copo de mi alma. Sos tantísimo, te <3 mil. Ya te llegará Mr. Salvatore (?)

Segundo y final, anticipo de cumple (?), Cachi te lo dedico con toda mi chunisidad a vos, que sos una hermana que se me cruzó por la vida (y agradezco que te hayas cruzado) y que estás ahí siempre. Amote (:

miércoles, 7 de marzo de 2012

Capítulo 49.

A veces, por más fuerte que pisemos, el pasado jamás es pisado; se convierte en algo que no podemos dejar ir y se hace presente como si hubiera sucedido el día anterior. Otras, es algo que no podemos olvidar aunque intentemos de todas las maneras habidas y por haber. Y a veces, conocemos algo del pasado que cambia radicalmente la visión que tenemos en el presente. Ahí es cuando entendemos que nuestra percepción ya no es tan exacta y nuestros paradigmas caen. Y hay que empezar de nuevo.

Entonces ahí estabas vos, tamborileando intermitentemente el volante mientras transitabas la autopista, con restos de una tormenta que seguramente había inundado alguna que otra zona de Buenos Aires, iluminada por los faroles que decoraban ambos costados y hacían el camino visible. Ahí estabas con un pasado que se te hizo presente ni bien volviste a Capital de Estados Unidos y se te cagó de risa haciéndote dar cuenta que del pasado no se puede escapar por mucho tiempo. Ni estando a 40 kilómetros del lugar donde empezó todo… y terminó. Porque uno se distrae… pero de lo inconcluso no se olvida.

Carraspeaste sólo por hacer algo y Paula te miró curiosa. Sabías que esperaba algún tipo de explicación de hacia a dónde se dirigían pero extrañamente no hacia preguntas y se mantenía en silencio. Desviaste tu vista hacia ella y con tan solo mirarla se te olvidaron todas esas frases hechas, discursos planeados en tu casa (recitados en la ducha, habitación y auto) y los consejos de Zaira acerca de qué le ibas a decir y cómo. Y no quedaba más que improvisar.

- Perdoname que te contesté tan tarde el mensaje – dijiste con voz ronca por haberte mantenido en silencio tanto tiempo y Paula hizo una mueca con la boca que no alcanzaste a ver.

- No pasa nada, ya estás acá… - contestó intentando distender mientras acomodaba un mechón tras su oreja observándote desde su asiento.

- Bueno, pero no quiero que pienses que

- No importa, en serio Peter… - y tus explicaciones se vieron interrumpidas. Paula comenzó a juguetear con la funda de su teléfono, nerviosa y vos sacaste tu vista del camino solo para mirarla. Y encontrarle forma a tus palabras.

Aclaraste tu voz levemente, listo para exteriorizar y decir aquello que querías decir hace mucho pero que por capricho, orgullo, reglas implícitas de seducción o consejos de amigos no decías. La rubia te miró atentamente mientras dejaba el jueguito con la funda olvidado.

- Es que sí importa… porque no quiero que las cosas entre nosotros estén más en suspenso – y la viste sonreír fugazmente a través del retrovisor una vez que volviste tu vista hacia el volante (tampoco podías ser tan inconsciente de olvidarte que eras vos quien manejaba) - Tarde tanto en contestar porque estaba preparándote esto.

Y verla sonreír.

- ¿Esto? – inquirió curiosa mientras levantaba una ceja y sonreíste imaginando lo que vendría a continuación – Ponerle nafta al auto, mandarlo al lavadero…

- Esto… y no es exactamente esto – y sabías que su cabeza empezaba a maquinar y seamos sinceros, te encantaba molestarla un poco - Esto es el principio, lo demás es una sorpresa…

Pum, la palabra clave. Paula te miró con una expresión entre desencajada e inquisitiva e hiciste tu mejor esfuerzo para contener una risa. Ella se mordió el labio, claramente ofendida (porque no hacía falta que hablaras para que ella descifrara lo que estabas pensando).

- Soy malísima para las sorpresas Pedro – dijo molesta y vos no articulaste palabra - si esta es tu manera de reconquistarme vas muerto – Paula y esa suficiencia que rayaba en la elegancia.

Lástima que hoy, no iba a intimidarte nadie.

- Ya estoy muerto hace bastante… por vos – e hiciste énfasis en la última palabra, cosa que la hizo reacomodarse en su asiento y notaste como comenzaba a estrujar sus manos. Estaba nerviosa (tu media sonrisa, infaltable).

- No sabía que los muertos hablaban, manejaban autos, chamuyaban… - y vos tenías un retruco. Como siempre.

- Cantan también… muy bien en mi opinión – y Paula se mordió el labio sin poder ocultar la sonrisa que se dibujo en sus labios.

- Eso es porque el oído ya no te funciona como antes… - contestó y endureciste por completo tus facciones, como si te hubieras enojado. Tu acompañante estallo en risas y al ver que no la acompañabas, cesó el sonido. Paula hizo una mueca mientras miraba con extrañes tu seriedad y supiste que comenzaba a pensar que te había molestado en serio - Bien o mal, me encanta que me cantes… - murmuró suavemente, para romper el momento incómodo - salvo cuando te emocionas demasiado.

Cambiaste de carril para aumentar un poco la velocidad y leíste el cartel que comenzaba a ser cada vez más cercano, indicando las próximas salidas. Exhalaste.

- Sabe que me inhibiste… - dijiste mientras la mirabas de costado y ella se acercó para regalarte un beso en el hombro. Sonreíste, ampliamente.

- Últimamente estás muy endemoniado Pedro, así que no te creo eso de que te da vergüenza – comentó una vez erguida en su lugar y parpadeaste al reír. Lo mal que estaba manejando el Fox de adelante estaba comenzando a ponerte de mal humor - Además, me distrajiste con Montaner, el auto y todo eso y todavía no sé a donde estamos yendo – agregó irguiendo una ceja.

Una ansiedad totalmente incurable.

- Una sorpresa… ¿te suena? – respondiste haciéndote el misterioso y sabiendo que te odiaba el doble por dejarla con la intriga. Dejaste olvidado el Fox negro a un lado del camino.

- Me suena, pero no me gusta. Quiero saber – dijo con una sonrisa compradora y tuviste que poner toda tu voluntad para no flaquear y mantener ese ambiente enigmático que habías formado con tus cortas palabras y tus muchos entreveres.

- Estamos yendo a un lugar muy importante para mí, cerca de donde vivía antes… - explicaste cuidadoso y con discreción y ella te miro con odio - ¿Satisfecha?

Y no estaba satisfecha para nada, y no se preocupaba en ocultarlo. Apretaste el embrague para poner segunda y la viste morder fuertemente el labio mientras exhalaba una cantidad considerable de aire.

- Ponele, pero estoy ansiosa ahora – y carcajeaste mientras ella empujaba tu hombro en forma de protesta y dejabas que las luces que alumbraban la autopista capturaran totalmente su atención y reconocías que la salida próxima era la tuya. Embragaste para entrar a primera y comenzaste a disminuir de a poco la velocidad.

- Sos increíble Pau – soltaste de la nada, pero con una necesidad imperiosa de decirlo. Ella se volvió hacia vos de inmediato y aunque tenías la mirada fija en los espejos, sentiste su sonrisa. Paula retomó la vista hacia el frente, pero con una sonrisa en transición a una mordida de labio. Pero con un dejo de ternura y de… amor.

- Gracias – murmuró sonriente y largaste un suspiro.

Y volver a ganar.

- ¿Por qué? – inquiriste curioso no muy seguro a qué se refería.

- Por el cumplido obvio – y te sonrío – y por haber ido a buscarme – y esta oportunidad no te la perdías ni loco, ni aunque estuviera haciendo trabajos comunitarios en Formosa.

- Tarde pero seguro… - dijiste mientras girabas hacia la izquierda para bajar en la salida - Aunque estaría bueno agilizar los tiempos – agregaste mientras rascabas tu sien, y la mirabas pícaro.

- ¡Pedro! – se quejó entre carcajadas y rieron juntos. Como cada vez que se juntaban. Como siempre.


La intensidad con que las estrellas alumbraban hacía creer que una tormenta como la que se había desatado horas era poco posible. Las calles estaban por poco desiertas cerca de Rosales y Avellaneda y encontraste un lugar para estacionar a pocos metros del destino final. Apagaste el motor y cuando estuviste fuera abriste con elegancia la puerta de tu acompañante. Paula rió silenciosamente, sin sacarte los ojos de encima.

- Bueno… llegamos – y una ventisca rozó tu rostro, provocando un leve escalofrío que recorrió el largo de tu espalda.

Paula recorrió los alrededores con la mirada, haciendo un reconocimiento visual del lugar, mientras buscabas el juego de llaves en el bolsillo de tu jean.

- ¿Estamos en Mármol? – preguntó con curiosidad.

- Adrogué… al ladito – explicaste y una vez que las llaves descansaron en la palma de tu mano tocaste cada una de las irregularidades de las mismas para reconocer cual era la que abría la puerta de entrada- Este el estudio de mamá – y el brillo de sus ojos cambió ni bien la nombraste. El calibre de tu voz, también - Era como su santuario personal… venía a pintar y a relajarse.

Ella sonrió, mientras apoyaba su espalda contra la pared y esperaba que abras la puerta. Ingresaron y aunque nadie más lo sintiera, sentiste el perfume de tu mamá impregnarse en tu piel. Paula a tu lado inspiró profundamente, para luego suspirar.

- Es hermoso – murmuró mientras caminaba lentamente y se paraba para ver un par de cuadros de su autoría (algunos colgados, otros reposando sobre el piso) - Tu mamá tenía mucho talento… - y te sonrió.

- Ella tenía mucha facilidad para estas cosas… - dijiste mientras te acercabas y Paula te tomó de la mano como si supiera exactamente lo que necesitabas. El contacto alivió el estremecimiento que te causaba ese lugar y hablar de ella, y la amaste.

La rubia abandonó tu mano para mirar con detenimiento las pinturas y aprovechaste para sacar de tu otro bolsillo un atado de Marlboro con poco puchos y algo machucados por el poco cuidado con el que los guardaste y con el que los sacabas ahora.

- Peter, ¿cuánto estás fumando por día? – inquirió distraídamente aunque la respuesta no le fuera indiferente. Despego la vista de un cuadro a medio acabar de tu mamá y volvió a fijar sus ojos miel verdosos, en tus marrones. Exhalaste mientras prendías el cigarrillo.

- Un par – dijiste antes de fumar la primer pitada y Pau levantó una ceja - Cinco… - y amagó a morderse el labio. Largaste con tranquilidad el humo - Diez, capaz.

- ¡Pedro! – te retó y vos agitaste el cigarrillo.

- ¡Paula! – la cargaste y ahora sí mordió su labio total y completamente - Estuve muy nervioso estos días… - y diste otra pitada - Y vos también volviste a fumar.

- Pero un atado de diez me dura una semana…- atacó y no te quedó otra cosa que exhalar lentamente – Igual ahora que vamos a estar más tiempo juntos, voy a censurarte los cigarrillos – anunció. Y sonreíste, mientras abrías ampliamente los ojos.

- Ah ¿vamos a estar pasando mucho tiempo juntos? – y ella se acercó y tuviste ganas de acortar esa distancia ya.

- Sí, ¿tenías dudas muertito?

Y sonreírle y no cansarte nunca.

Dos puchos más tarde (vos uno y ella uno mentolado), tomaste su mano y la guiaste hasta la habitación donde tu mamá guardaba taburetes, pinturas, pinceles y lienzos (los que aún permanecían para darle una onda rústica) y ahora además reposaba una mesa, decorada y ocupada por velas y platos perfectamente ubicados. La luz tenue, terminaba de darle ese toque… especial.

- Guau… Me siento como en las fiestas, que siempre hay – comentó una vez que serviste el Vitel Tone (o Vitello Tonnato para los expertos) en los platos de ambos dos, tratando torpemente de decorarlo con una pequeña ensalada mientras Paula te miraba curiosa – ¿Vos cocinaste?

- Sí…- y destapaste el vino mientras ella fruncía el ceño- Mentira, no cocine yo… Me ayudo mi hermana, aunque hubiera podido – y te miró enarcando una ceja mientras tomaba asiento - Pero no quería que te sientas menos.

Y largo una carcajada con sorna.

- Callate vende humo – y no pudiste evitar la sonrisa - No me olvido del cementerio de volantes con teléfonos para pedir que tenés tirados por todo el living – y la imagen de tu departamento se te vino a la cabeza. Y tenía razón.

- ¿Y por casa? – y ella revoleó los ojos; mientras llenaste las copas - No podés tener una carpetita para los deliverys dividida en categorías.

- Eso se llama ser práctica y organizada – explicó ella como si fuera una obviedad y levantó la copa como si brindara por ella misma. Eso se llamaba… ser una obsesiva.

Cateaste el vino y te dejaste invadir por su aroma antes de tomar el primer sorbo. Malbec, cosecha de hace 10 años (cortesía de tu hermana).

- Solo a vos se te ocurren esas cosas... – dijiste con una sonrisa - Sos tan especial.

Sonrió, única, vergonzosa, pero aún así, hundiéndose en tu mirada. Y comenzaron a cenar, entre comentarios sugestivos y risas (y sonrisas tiernas y vergonzosas) y retos y burlas, y cuando te hablo de su papá recordaste a qué habían venido en primer lugar.

Querías empezar desde el principio, dar las explicaciones que implícitamente pidió (y merecidamente, porque son de hechos que infieren en tu vida) pero que no diste porque no creíste necesarias de abordar. Porque estaban negadas (no olvidadas) y ahora que volvían te diste cuenta que iban más allá de lo que no dijiste. Porque todo se trataba de lo que no aceptaste y como no lo hiciste, volverían siempre. Como el déja vu.

Tu familia, implícitamente tu karma. Indirectamente, tu falta de confianza. Completamente tu déja vu.

Y ya no querías repetir la historia, que la figurita sea la misma o que la canción de moda se repita hasta hartarte. Querías salirte del libreto, olvidar el déja vu y hacer borrón y cuenta nueva. Y eso no lo ibas a poder hacer hasta aceptar que lo que había pasado te afectó y te afectaba; y principalmente te dolía.

Y no sabías como empezar a explicar… pero supusiste que contarle a ella, era un buen comienzo.

- Pau… - y ella apoyo el tenedor en la mesa, percibiendo que querías decir algo importante – Perdoname – y sus latidos se hicieron perceptibles. Mojaste tus labios, intentando tomar un respiro para que las palabras no se entremezclen en tu boca - El día del compromiso me enoje con vos… pero en realidad estaba más enojado conmigo mismo – y Paula solo te miraba - Porque tenías razón y me dijiste un montón de cosas… que eran verdad y que… no podía aceptar.

Y ella solo te miró, insegura si debía hablar o dejarte continuar.

- Yo…

- Es verdad… yo tengo problemas con mi familia –soltaste interrumpiéndola y la rubia comprendió instantáneamente que necesitabas continuar - Y por algo no me hablo más y… todo este tiempo hice como si nada, como si no importara y en realidad, si me importa. Y vos me importas y no quiero tener más secretos… al menos cuando es algo que me pesa tanto y quiera o no forma parte de mí.

Y de repente sentiste como la opresión en tu pecho se iba alivianando poco a poco.

- Pedro, no quiero que te sientas obligado a nada… - explicó ella suavemente, tratando de hacerte sentir contenido - Yo no te lo quise echar en cara, sólo que

- Si me abro con vos, es porque confío más que en nadie – y se le escapó una sonrisa – Y necesito que lo sepas… y aceptarlo, para poder seguir adelante – y aceptar, dolía más que negar - Mi mamá falleció hace un año ya, mientras yo estaba estudiando en Nueva York… - 2010, año de mierda - sabía que estaba enferma y su situación era… inestable. Con altos y bajos… - y se te vinieron encima esas esperanzas idílicas y poco probables cuando las amenazas de que el cáncer haga metástasis o acelere su proceso estaban cada vez más cerca y tu ser querido más preciado, más lejos – Pero ella seguía manteniendo esa alegría que la caracterizaba… tratando de poner la mejor onda. Por nosotros, por papá – y te dolió nombrarlo. Tragaste antes de seguir - Tenía el pasaje para volverme a Buenos Aires a fin de cuatrimestre una semana – e hiciste una mueca – Pero ella se fue una semana antes y nadie fue capaz de avisarme que mamá ya no estaba –y el deseo de llorar fue inevitable y la vista se te puso borrosa por la película de agua que cubría tus ojos. Miraste hacia abajo, en un intento de ocultarlos - La excusa fue que no querían amargarme y hacerme venir acá cuando ya tenía pactada la vuelta en unos días… pero nadie se acordó de mi derecho a elegir. Mi derecho a verla… ni al entierro llegué Pau – reprochaste con bronca.

Y Paula tenía los ojos empañados de lágrimas y vos te habías olvidado de la vergüenza de llorar en público.

- A veces la muerte te supera tanto que te cegás… seguro pensaron que eso era lo mejor para vos y no lo hicieron para hacerte un mal – hipó Paula ya lejos de su asiento y en cuclillas a un costado de tu silla, sosteniendo tus manos y buscando alguna justificación que minimicé sus decisiones equivocadas y soberbias y alivianar tu dolor.

- Yo sé eso… pero nadie reconoció su error y vino a pedirme perdón de nada… - musitaste - salvo Luciana – y ella limpió tus lágrimas dulcemente con las yemas de tus dedos.

- No sirve de nada el rencor, te lo digo por experiencia – dijo con suavidad mientras acariciaba tu rostro y se sentaba en tu regazo para estar más cómoda – Pero necesitas tus tiempos y hay que respetarlos – y te hundiste en su hombro mientras ella enredaba sus dedos con tu pelo. Respiraste – Yo te voy a curar esas heridas – susurró dulcemente en tu oído y te estremeciste mientras acariciabas su espalda . Paula se despegó para mirarte a los ojos y suspiraste – Te amo.

Y eso era, ni más ni menos, justo lo que necesitabas oír.






Alguien que me pase la sal, please.


Gracias copillo, necesitaba tu autorización para subir :') Sabés que sos mil y que te amo friendo! Y si no venís pronto, me quedare con tu esmalte lalalalalalala

sábado, 3 de marzo de 2012

Capítulo 48.

Marzo nunca estuvo tan gris como ese 9. Las nubes, negras y autoritarias, amenazaban con bañar en cualquier momento cualquier superficie a su paso y otra vez confirmabas que el servicio meteorológico dejaba mucho que desear. La inestabilidad no era característica de ese mes, pero qué mas da; la historia bajo techo era otra muy distinta.

La nostalgia y el recuerdo transitaban cada rincón de tu vieja casa en Olivos pero la alegría los opacaba al impregnar a cada uno de los refugiados (porque no podía denominárselos de diferente manera teniendo en cuenta la tormenta que se venía) y la música circulaba movilizando a todo quien aún estaba quieto. La gente carcajeaba a pesar de la oscuridad de afuera y la inminencia de una tormenta y concluiste en que no podía ser de otra manera, porque ese era el día. El más importante del año.

Nunca habías conocido persona más entusiasmada por su cumpleaños que tu hermana. En realidad, no conocías persona que conservara esa emoción por cumplir un año más de vida al pasar la barrera de la pre adolescencia pero Delfina, conservaba esa emoción como su pequeña tradición personal y se había encargado de inculcársela a toda la familia. Era imposible no saber que se acercaba; era su fecha preferida, más que la Navidad, el día del niño, Reyes o Pascua (y no justamente por los regalos que podría recibir). El 9 de marzo era ÉL día.

Dos semanas antes, empezaban a aparecer los primeros carteles; “se viene eh”, “empieza la cuenta” y otros derivados decoraban la pared del pasillo, la puerta de la heladera y hasta a veces, el espejo del baño. También, recurría a ataques verbales “Pa, sabés que fecha se viene ¿no?”. Y a sus 16 recién cumplidos, todavía no se aburría y no perdía ese amor por su nacimiento, el festejo, la familia. Y no había persona en el barrio que no supiera que Delfina Chaves el 9 de marzo, cumplía años.

Porque Pepi el 9 salía a la calle con gorro y corneta y le exclamaba a cuanto desconocido que pasaba que ese día era su cumpleaños. Porque le pedía a sus amigos que le canten el feliz cumpleaños (cosa que en lo personal odiabas que te hagan) innumerables veces. Porque festejaba (y cómo) todas las veces que podía.

Sonreíste, mientras veías a Delfina hacer una graciosa mueca de dolor producto de la poca coherencia entre la música y la voz que llevaba adelante el tema. Pero feliz, alegre. Vivaz, como ella.

Y si ese no era el día más importante del año, no sabías cuál era. Porque el nacimiento de tu hermana, independientemente de su propia emoción por festejarlo, fue lo que hizo que hoy en día tus papás sean como son. Los revolucionó, pero los unió como familia aunque no significara que tuvieran que quedarse juntos. Te hizo aprender lo que es sentirse responsable por alguien al ser la mayor (aunque ya lo fueras); te obligo a ser un modelo, una guía y una hermana por partida doble.

Revolviste el café italiano que tu mamá solo utilizaba para ocasiones especiales con delicadeza, mientras el aroma del mismo invadía tu sentido del olfato, sublevando cada célula de tu interior. Acariciaste la tibies de la taza, mientras no podías evitar unirte a las carcajadas ante los desafinados alaridos que propinaba Pinky (tu padrino), intentando seguir la letra del tema que estaba “entonando” en la pantalla, carente de ritmo oído musical y… amor propio. Tu mamá del otro lado del ambiente reía sonoramente junto a su novio, Alberto, al que conocías poco y nada y jamás te diste el gusto de conocer por tus caprichos y deseos ilusos de que tus papás algún día se despertaran y decidan mandar a sus respectivas parejas al demonio. Los demás, reían y reían (siempre y cuando no les tocara a ellos pasar al frente).

"#ElDíaMásImportanteDelAño"

Y el Twitter volvía a ser tu representante social con el mundo; porque desde ayer que no hablabas más que con vos misma y el portero de tu departamento. Zaira no parecía tener ganas de cruzar un mínimo saludo con vos (y hola, ni entendías por qué estaba tan ofendida si el trapo de piso eras vos) y Pedro… tampoco. No ibas a soportar un mudo nuevamente, ni un ofendido, ni un caprichoso. Porque Zaira te decía que eras una renegada a ser feliz pero Peter tampoco hacía un gran esfuerzo por modificar el curso de las cosas. Siete horas cuarenta y cinco minutos (sí, eras tan triste que llevabas la cuenta) hacía que le habías mandado un mensaje para intentar remediar las cosas entre ustedes y no obtuviste respuesta más que las excusas que podías brindarle vos misma al por qué no te había respondido (y la verdad eran malísimas y sumamente insanas).

Resoplaste en forma de molestia pero simulaste que estabas soplando el café. La decoración del living y la fiesta dentro no se condecía para nada con el clima de afuera y era un poco como llevarle la contra a la naturaleza, que había decidido desatar un diluvio en ese preciso instante. Los colores, vivos y frescos (de guirnaldas, globos y demás cosas que se le habían ocurrido incluir a Delfina), decoraban la casa haciendo que la misma sea una inyección de alegría para todos los invitados, obligando que se cambie del gris de afuera a un arcoíris de color.

Sin embargo, las contradicciones encajaban a la perfección con el festejo; porque tu hermana, era una rebelde.

Amagaste a tomar el celular, por inercia, mientras la voz de tu padrino endulzaba tus oídos (irónicamente, obvio). Nada… de nada más que Fabri hablándote por bbm y sólo para desearle un feliz cumpleaños a la Pepi (sí, el también desde Miami sabía que era el día más importante del año).

Quizás estaba pensando… o quizás no tenía más ganas de pensar (y volvías al tema Pedro, porque Pedro era un boomerang constante en tu cabeza).

Y cuando todo parecía no ser más que blanco o negro, de repente, tu teléfono comenzó a sonar intermitentemente marcando una rebelión (de hormonas, de sentimientos) y un cambio en la paleta de colores. Y no sabías de qué color se trataba ahora… pero todo era Pedro.

Todo era deja vú.

"Yo también quiero que hablemos… ¿puede ser ahora?"

Y no supiste si reír, llorar, suspirar aliviada, mandarlo a la mierda por hacerse el interesante, morderte el labio, llamarlo por teléfono. Contestarle quizás la moción universal si sometieras a la gente que ocupaba el lugar a una votación.

De pronto, la puerta hizo ese chasquido que hacía cuando se abría y odiaste durante todo tu tiempo vivido allí (aunque tenía sus pro, como saber cuando alguien estaba entrando a la casa cuando se suponía que tenías que estar estudiando y en realidad estabas mirando la tele, o cuando algún novio tuyo visitaba tu casa y se suponía que iban a estar solos toda la tarde) y entraron, tu papá y su prometida, Claudia, persona a quién jamás habías eliminado de la lista de gente no grata de tu vida.

Saludaste, cordial y con emoción fingida al verla, y te sentiste muy pendeja por, internamente, tomar esa actitud que podría tildarse por caprichosa. Pusiste una sonrisa e intercambiaste un diálogo banal y superficial, siendo educada, aunque no te interesara cómo estaba, qué estaba haciendo o cuáles eran sus planes para el casamiento. Por suerte, el karaoke llamó su atención (y les impidió tener una conversación más profunda) y tu papá te abrazó luego de agasajar a la cumpleañera.

Dejaste la taza sobre la mesa, mientras tu hermano asumía el mando del micrófono para cantar “Provócame” y podías predecir como terminarías llorando de risa en el piso. Te ubicaste cerca de tu tío y volviste a tomar el celular, dispuesta a definir qué hacer cuando la imagen de tu papá y tu mamá a dos metros de distancia llamó poderosamente tu atención.

Stop.

Y que tus padres y sus respectivos conyugues se estuvieran saludando como si fuera lo más normal del mundo era demasiado para ese día (y para cualquiera), aunque sea el más importante del año. Gonzalo frunció el ceño ante tanta buena onda desde el escenario y Delfina que se encontraba con tus primas, los buscó a ambos con la mirada. La conocida melodía comenzó y tu hermano para descomprimir comenzó a hacer payasadas (que en algún momento te hubieran robado múltiples sonrisas) y los invitados comenzaron a aplaudir, uniéndose a la diversión. “Me voy a fumar un pucho afuera” anunciaste a nadie en particular y luego de guardar el celular en el bolsillo de tu jean, caminaste hacia el jardín.

Una vez fuera respiraste y te apoyaste contra la pared de la galería mientras el ruido de las gotas al impactar el techo marcaba el ritmo de la lluvia. Sacaste los cigarrillos y ese encendedor que andaba pesimamente mal pero por extrañas razones aún seguía funcionando y te serviste uno mentolado.

Era sumamente irónico que el cigarrillo te sacara esa sensación de ahogo que había producido esa situación anterior pero ese día (el más importante del año) y el anterior no te estabas definiendo por ser la mejor pensadora, por lo que te limitaste a darle órdenes a tu cuerpo para prender el pucho y dejarte invadir por el humo.

Dejaste que tus ojos se perdieran en el recorrido que hacía el agua hasta llegar al pasto mientras exhalabas la primer pitada, relajándote.

- No hay imagen más triste que vos, en el jardín, con lluvia y fumando un pucho– dijo tu hermana a tus espaldas mientras ingresaba a la galería. Soltaste una carcajada y no podía estar más en lo cierto.

- Que simpática Pepi ehhhh – contestaste haciéndole una seña con la cabeza para que se ubique a tu lado – Encima son light, era lo único que había en el quiosco – simplificaste apenada y Delfina río con vos (no de vos) – Soy triste.

- Sos re forever alone – y una “o” se dibujó en tus labios – Mentira – añadió carcajeando y acomodó un mechón tras su oreja. Hizo una pausa - Heavy lo de los viejos – y tomaste otra pitada mientras desviabas tu vista de sus ojos azules.

Muy.

- ¡No podía ser menos en el día más importante del año! – dijiste irónica y tu hermana hizo una mueca. Sabías que a ella no le afectaba tanto como a vos porque claramente tenía otra visión de la vida… y estaba acostumbrada a Alberto y a Claudia; fundamentalmente, porque entendía lo que vos no. Quizás era hora que con tus 27 años, aprendieras un poco de tu hermana de 16. Exhalaste el humo.

- Obviamente – coincidió con gracia y logró robarte esa sonrisa que necesitabas- y contame Pochi, ¿por qué viniste sin acompañante? – y la miraste con cara de circunstancia. Ella con cara de que le debías una respuesta - Ni Zaira vino…

- Con Zaira estoy peleada, creo… - explicaste, sin saber muy bien como empezar. Delfina te miró extrañada.

- ¿Peleada? – y no te quedaba más que levantar los hombros - ¿Zaira se enoja? – y no pudiste evitar carcajear. Sacudiste la punta del cigarrillo para sacarle la ceniza; casi no le sentías el gusto.

- Sí… - y sólo seguías fumando por la necesidad misma de hacerlo. Delfina asintió, pensativa- Desde ayer que no me habla.

- Guau… no me la imagino a Zaira enojada – anunció y vos tampoco la conocías a Zaira enojada… hasta ahora - ¿Y Peter? – preguntó enervándose para mirarte a los ojos, como si no quisiera perderse ninguna de tus reacciones. Y seguramente se percato del estremecimiento te causó su mención. Peter, Peter, Peter - Quería que lo traigas, él era ideal para el karaoke…

- ¡Delfina, no! – y ella estalló en risas y te despegaste de la pared. Caminaste siguiendo la línea de las baldosas unos centímetros y te diste vuelta - Bastante con el padrino… por poco hay que bajarlo con seguridad de ahí arriba- y ambas rieron - Con Pedro… no sé. Me acaba de mandar un mensaje… - y Delfina hizo un pequeño festejo - Quiere que nos juntemos así hablamos.

Acariciaste el bolsillo de tu jean por fuera mientras desviabas tu vista hacia la lluvia. Podías escuchar la melodía de “mi niña bonita” llegar desde adentro de la casa.

- Genial… - asintió Pepi y giraste hacia ella - Y le dijiste que si ¿no? – y tu rostro no emitía respuesta pero ella te conocía como nadie – No te puedo creer Paula, ¡decile que sí tarada!

- Ch ch que soy tu hermana mayor, no una amiguita tuya… - respondiste con irritación - ¡además es tu cumpleaños!

- ¿Y? Van a ser las 9 y después vienen los chicos… - explicó - No quiero decirte que estás vieja, pero no da que salgas con nosotros Pau.

- ¿Ah no? – y Delfina se mordió el labio y evidentemente el gesto era de familia.

- Paula, soy la cumpleañera y en mí día se hace lo que yo quiero… - dijo haciendo énfasis en la palabra día. Se acercó y sonrió - además, el mejor regalo que me podés hacer es verte feliz – y nunca un regalo sería tan recíproco como ese. Dejaste que las comisuras de tus labios se fueran a los extremos, dándole lugar a una sonrisa.

- Solo porque es el día más importante del año eh…. – y esa era la mejor orden que alguna vez te dieron. La abrazaste cariñosamente.

- No te pongas a llorar ahora eh – y la empujaste levemente mientras te mordías el labio inferior - Dale , llámalo y ni bien termines... te quiero ver arriba del escenario. Cantando… no te hagas la boluda eh.

- Gracias Pepi – y ella te guiño un ojo antes de entrar nuevamente a la casa.

Y esto era lo que estabas necesitando. Un incentivo a la revolución, un empujón para animarte a hacer lo que tus inseguridades no te dejaban hacer. Y marcar su número era el primer paso.

Los tonos iban acorde al sonido de las gotas y nunca se te hicieron tan eternos como ahora. “Atendé, atendé, atendé, atendé”.

Y ya perdías la cuenta de cuantas veces había sonado.

- Pau – dijo con entusiasmo y dejaste de juguetear con el borde de tu blusa verde agua. Y ahogaste un suspiro.

- Peter… - e intentaste no sonar demasiado romántica. Comenzaste a caminar, en una forma de calmar tus nervios.

- No esperaba tu llamado… ¿Cómo estás? – y sus nervios te llegaban desde el otro lado de la línea. Sonreíste.

- Bien, en el cumpleaños de mi hermana… - explicaste y escuchaste un breve silencio. Carraspeaste buscando una respuesta.

- Ah, discúlpame entonces… hablamos otro día – y parecía que tuvieras otra cosa que hacer no estaba en sus planes.

- ¡No! – y te arrepentiste de haber sonado tan desesperada - Digo, en un rato la Pepi se junta con los amigos así que ya me libero… - te liberabas, para él. Lo sentiste sonreír.

- Te paso a buscar – dijo con decisión y no parecía estar preguntándotelo. Te paraste en seco, dejando de caminar por toda la galería. No esperabas que Peter fuera tan directo.

- Estoy en Olivos – explicaste con una mueca. La lluvia parecía estar llegando a su fin y la luna apenas comenzaba a ser visible. Quizás las estrellas esa noche podrían dislumbrarse.

- No importa… - y te mordiste el labio como una idiota - ¿en una hora está bien? – y una hora te parecía demasiado, para vos y tus nervios, pero tampoco podías ser tan ansiosa.

Gracias Pepi. Millones de gracias.

- Perfecto – te limitaste a contestar con una sonrisa y luego de despedirte y pasarle la dirección, te adentraste para seguir con la fiesta y disfrutar. Y dejarte llevar, por fin.

Y un champagne, una porción de torta, tres canciones cantadas (en el escenario improvisado del living), un “dejo de llover porque lo llamaste a Peter” (cortesía de tu hermana) y varios globos explotados después tu celular anunció que era hora.

Te despediste de los que quedaban, abrazando fuertemente a tu hermana y deseándole que disfrute como se merecía ese día. Tomaste tu cartera decorada con plumas de colores emocionada, ilusionada y con el presentimiento de que no podrías haber hecho mejor.

Y ese día, el más importante, se trataba de alegría. De festejar. De encontrarse. De revolucionar.

Y ahí te esperaba, afuera del auto (que recientemente había adquirido), con el pelo mojado, el rosario que era visible por el espacio visible de piel que regalaban los tres botones de la camisa desabotonados. Y esa media sonrisa.

Lo saludaste, con un beso sentido en el cachete, con la promesa de que las cosas entre ustedes estaban muy diferentes a como estaban el día anterior. Él te tomó suavemente de la mano y se dedicaron una mirada interminable, antes de subir al vehículo.

Y sonreíste, porque qué mejor que empezar una revolución de la mano de Pedro.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Capítulo 47.

Un minuto de silencio y jamás se habían cruzado tantas palabras por tu mente.

- ¿Esto es porque le dije a Pedro que venga a cuidarte? – inquirió seria dejando olvidado el mutismo, pero aún manteniendo la calma. Hiciste una mueca al oír su nombre – Pensé que les hacía un favor, en serio Pau.

Piña voladora a Zai.

- ¿Y a vos que te parece? – y a Zaira claramente le molestó tu tono pero vos continuaste con tu descargo algo atolondrada – Me parece que te estás excediendo un poco.

- No hice nada malo Pau, intenté ayudar a dos amigos nada más – y refunfuñaste molesta y que Zaira sea tan dulce con las palabras te hacía enojar más. Ella te miró desde esa corta distancia que las separaba, dolida por tu planteo.

- Es que eso es lo que está mal Zai, ayudar no significa organizarle la vida al otro – explicaste y tu amiga revoleó los ojos, claramente no conforme con tus palabras. Tamborileaste tus dedos sobre tu regazo y volviste a mirarla.

- No le organice la vida de nadie Pau, solo los acerqué para que resuelvan sus problemas – y ahí estaba, ¡lo admitía! Se había metido a jugar de cupido y organizarles encuentros, que habían terminado siempre… en catástrofes emocionales, para ambos dos – Me mata verlos tan mal separados y que solo por caprichosos no se junten a hablar…

Y llamarte caprichosa en ese momento no era una buena idea.

- ¡Es que justamente no tenés derecho a decidir eso por nosotros! – exclamaste irritada.

- Si que lo tengo, por bancarte deprimida a vos por él y viceversa - y tenía razón pero eso no era justificación suficiente - vos no sabés como estaba Pedro...

¿Y vos cómo estabas?

- Bueno si tanto te molesta, no me banques más – dijiste haciendo gala del adjetivo con el que te había descripto minutos atrás. La castaña negó con la cabeza.

- ¡No des vuelta lo que te digo! No entiendo por qué das tantas vueltas para ser feliz – y que tu mejor amiga fuera capaz de hacerte un knock down con una frase que te descifró en menos de dos minutos te desarmaba. Por completo.

Y sus palabras te pesaron por dentro, rasgando tu ser y lo muy poco de autocrítica (y autoestima) que habías recuperado después de lo vivido horas antes en ese mismo ambiente.

Suspiraste.


(Flashback)


Molesta (molestísima) por la cargada de Pedro hacia la leve inclinación de tu pie izquierdo que ni se notaba giraste la flecha del tablero con fervor y con más ganas de ganar que nunca. Pie izquierdo, azul.

Ubicaste tu pie en uno de los círculos situados en el medio, del color correspondiente, con seguridad, mientras Pedro tomaba la ruleta para comenzar a jugar también. Pie derecho, azul.

Apoyo el cartón en la “toalla” e hizo el movimiento que le correspondía según la ruleta, ubicando su pie al lado del círculo donde reposaba el tuyo.

Varias giradas de flecha y minutos después te preguntabas si tus muñecas aguantarían mucho tiempo más en esa posición. Panza arriba (y a vos sola se te ocurría complicártela tanto) y con la cintura rotada hacia la derecha, tenías la leve impresión de que este juego era algo contra lo que no ibas a poder.

Inconquistable (al menos en esa situación corporal en la que te encontrabas).

A pesar de haber intentado despistar a Pedro durante varios movimientos, sacando la mujer fatal que vos no creías ni en pedo que eras, él no perdía la cordura ni la tranquilidad que lo caracterizaba. Cosa que te exasperaba aún más si era posible.

Besaste su brazo, para distraerlo y poder estirar la pierna que se te estaba acalambrando, y Peter frunció el ceño con una expresión sospechosa. "¿Qué?" dijiste inocentemente y él giró la flecha una vez más, pasando por alto tu pregunta pero con una sonrisa dibujada en sus labios.

- Mano izquierda, amarillo - anunció y no entendiste su risita silenciosa hasta que corporeizó lo que indicaba la flecha.

Las ubicaciones, retorcidamente, eran las siguientes: tu mano derecha e izquierda en la misma fila de verdes, tu pie izquierdo en el azul y el derecho en el amarillo (boca arriba, por si ya nos mareamos); Pedro: mano derecha en el verde (al lado de tu derecha), la izquierda en frente a tu izquierda en uno amarillo, el pie izquierdo en uno del mismo color y el derecho en uno azul.

En resumidas cuentas, él a unos pocos centímetros de tu cuerpo y encima tuyo, casi rozándote. Tus nervios, a flor de piel.

- Linda vista - susurró mientras su aliento chocaba contra tu boca y no tenías la capacidad para respirar ni el amor propio para tratar de acercarte más al piso aunque eso significara dar por perdidas las muñecas. Y de repente se encontraba besando la comisura de tus labios, descaradamente y con una suavidad única, que termino de descolocarte por completo.

- Pedro - te quejaste cuando las cuerdas vocales recuperaron su razón de ser y lo miraste a los ojos, que brillosos te sonreían - No valen estas cosas… te aprovechás que estoy inmóvil para hacerme perder.

- No parecés muy molesta - soltó con una media sonrisa y revoleaste los ojos mientras tomabas el tablero con la mano izquierda y girabas como podías la flecha.

- Mano izquierda, rojo - refunfuñaste y la re puta madre, porque el rojo estaba en la otra punta y vos apenas podías moverte. Sin despegar tu mirada de la de él, hiciste el esfuerzo de estirarte hasta el rojo, desequilibrándote por completo pero antes de caer tomaste a Pedro por la remera, logrando que él caiga a tu lado también.

Y después del ruido sordo, risas. Y carcajadas y un Pedro que te acariciaba la mejilla, haciéndote olvidar de todo. Podía derrumbarse el edificio de al lado que claramente no iba a importarte y eso te hacía sentir más vulnerable que nunca. Sonreíste al tiempo que te susurro "tramposa" y tocaste su nariz con tu dedo índice. Él cerró los ojos.

- Aprendí del mejor - y Pedro recostó su cabeza sobre el piso, mientras acariciabas tus muñecas, aún resentidas por la fuerza que hiciste en sostener tu propio peso - Y no me olvido del beso que me robaste para desconcentrarme... Me pichicateaste todo el juego Pedro.

- Reconoce que sos malísima jugando al Twister Pau - y resoplaste irónica.

- Basta, tengo extremidades muy largas que son difíciles de controlar... Vos no entendés - y él carcajeó rascando su sien.

- Voy a reclamar mi premio - murmuró y se despidió con un sentido beso en tu mejilla derecha, dejándote totalmente desencajada, antes de desaparecer por el pasillo y entrar a ducharse.

Te dedicaste a doblar el panel por mitades mientras tu mente no paraba de reproducir una y otra vez los momentos vividos. Y volvías al teg y a esas indirectas tan directas, a la sinceridad en el “verdad consecuencia”. A los suspiros robados.

Tomaste la caja del juego y mientras acomodabas la ruleta sobre el panel de círculos llegaste a la reflexión de que el Twister no era más que otro juego de conquistas. De apoderarse de espacios, de ver quien aguantaba más. De ir hasta el límite.

El Teg no era muy diferente de eso, porque las estrategias que utilizaba también estaban presentes en el Twister (a otro nivel). El beso era una estrategia, las indirectas también.

En realidad, todo tenía que ver con la conquista. Y la conquista se trataba de limar las diferencias inquebrantables, delimitar extremos, romper barreras. Derribar muros.

Suspiraste mientras tapabas el juego y volvías a guardarlo en el armario, acomodándolo entre las demás cajas.

El ruido de tu reloj pulsera te distrajo, obligándote a mirar la hora. Eran las ocho de la noche y deberías haber tomado el remedio hacía 45 minutos. Puteaste internamente y lo exteriorizaste al recordar que el mismo se encontraba en el baño, donde se estaba bañando Peter. Genial.

Tocaste la puerta, con impaciencia, mientras el sonido del agua corriendo del otro lado endulzaba tus oídos.

- Pedro, me olvide el remedio adentro y tengo que tomarlo - dijiste por el espacio entreabierto de la puerta y entraste tapándote los ojos con la mano derecha al escuchar su permiso para que pases, entre los goteos de la ducha.

No alcanzaste ni a agarrar el envase (ubicado en la esquina del lavabo) que sentiste como tironeaba de tu mano y te metía adentro de la ducha con él. Te aprisionó contra la pared, sin posibilidad de escapatoria, y lo único que atinaste a hacer fue mirarlo a los ojos. Y te perdiste.

- Ahorremos agua - susurró y sin dejarte pensar si quiera que contestar impactó sobre tus labios con violencia, con necesidad.

Involuntariamente (o lo contrario, no tenés idea) tu mano derecha atrapó su nuca, acercándolo más, mientras las gotas te empapaban por completo y te ahogabas en ese beso.

Sentiste como tu remera poco a poco se pegaba a tu cuerpo y tus dedos juguetearon con los mechones de su pelo mientras sus manos recorrían cada centímetro de piel descubierta en tu espalda.

Y no podías pensar en nada más que en sus besos.

Y cuando el aire en tus pulmones y los de él era prácticamente nulo y respirar era casi una devoción, se separaron. Y cuando pudiste reconectar tu mente con el sentido común, caíste en la realidad.

Pedro se acerco nuevamente a los pocos segundos, posicionando estratégicamente sus manos sobre tu cintura y comenzando a recorrer tu cuello con sus besos mientras con delicadeza comenzaba levantar los bordes de tu remera.

- Pedro, pará - dijiste con voz temblorosa. Él no pareció escucharte - Pedro....- y sentiste como con sus yemas enrollaba lentamente la tela hacia arriba - ¡Basta! - dijiste con decisión y Peter se paró en seco, pero manteniendo la proximidad. Saliste de la ducha, toda mojada y temblorosa, por el frescor del agua.

- Pau - te llamó una vez que cerró la canilla y envolvió su cuerpo con una toalla. Lo miraste desde el umbral de la puerta y él, permaneció impasible.

- Así no - murmuraste y estabas mojando todo el piso de madera y no te importaba - Así no quiero.

- ¿Qué pasó? No entiendo - dijo mientras despeinaba la cabeza y clavaba sus ojos sobre los tuyos. Desviaste un segundo la mirada, ofuscada - ¿Qué hice mal?

- Que tenemos que hablar Pedro, no puedo hacer como si nada - contestaste mientras contenías un puchero y él suspiraba. No podías creer que no entendiera algo tan lógico.

- ¿Y justo ahora querés hablar? - y tu cara transitaba de la incredulidad al odio - Podríamos haber hablado en otro momento.

¿Otro momento?

- ¿Vos me estás viendo bien Pedro? ¿Te das cuenta que estás hablando conmigo y no con una mina que conocés hace dos días? - gritaste, perdiendo la sutileza y Peter, pasmado, intento refutar con balbuceos que quedaron tapados por el volumen de tu voz - ¿A vos te parece que después de 1 mes sin hablar ni por mensaje de texto vamos a volver a estar juntos como si nada hubiera pasado?

- Para un minuto Paula, no grites - respondió Pedro con impaciencia mientras revoleabas tus ojos, brillosos, por la cantidad de agua que estaba acumulándose en ellos - No es que no quiero hablar... Es que no me pareció el momento.

- Parece que el momento no llega nunca para vos - dijiste, filosamente y limpiando las lágrimas que se deslizaban por tus mejillas. Pedro negó con la cabeza - Dos días estuvimos conviviendo y no escuche ni un perdón.

La discusión se había trasladado al pasillo y con cada paso que Pedro efectuaba, vos te ibas más para atrás. Tus lágrimas se fundían con las gotas que largaban tu short y tu remera y él desencajado, contenía unos pucheros inútilmente.

- Estás tan a la defensiva, que no puedo decirte nada sin que me alejes Pau – y mordiste tu labio mientras negabas con la cabeza mirando hacia un costado. Peter aprovechó para acercarse y vos te corriste. Resopló con desaprobación – Además, vos también pasaste un mes sin decirme nada… no entiendo con qué cara reclamás.

- ¡Con la que tuve que poner en la fiesta cuando me dejaste sola! La misma con la que tuve que explicarle a todo el mundo que te habías ido – y Pedro hizo una mueca – la misma con la que a pesar de todo te hablé en el aeropuerto… No me hagas un ofendido – dijiste clavándole los ojos y aunque tuviera razón de que fuiste participante del vacío, no era la manera - No me lo merezco.

- Yo tampoco merezco que me responsabilices de todo – soltó dolido pero su expresión se suavizó al oírte hipar –Pau... - murmuró avergonzado, sabiendo que tu planteo era absolutamente válido pero totalmente desorientado sobre como revertir esa situación que claramente se les había ido de las manos a los dos. Moría por exteriorizar todo lo que pensaba, moría por abrazarte y decirte que todo iba a estar bien pero esta no era la manera evidentemente, porque te lastimaba. Porque se lastimaban. Porque al dejarse nublar por sus propios sentimientos, se dejo ser egoísta por un minuto. Tragó lentamente, sin poder continuar la oración.

- Sos un tarado Pedro – fue lo único que lograste modular y no soportarías oír una respuesta con el mismo contenido. Igual te lo pronunciaste a vos misma (“tarada”) – Por favor, andá.

- Pau…

- Estamos muy nerviosos… - y te permitiste respirar - así no vamos a llegar a ningún lado – y verlo asentir provocó que exhalaras una cantidad de aire considerable por la tranquilidad que te proporcionaba que se hayan puesto de acuerdo, al menos en eso – No quiero pelear.

- Está bien - moduló Pedro mientras te observaba desde su lugar y frotaba su sien consecutivamente. Balanceaste la cabeza, condiciéndote con lo recién dicho y te volviste al pasillo para dirigirte a tu habitación – ¡Pau! – exclamó y te diste vuelta antes de llegar a la puerta – Perdoname.

Y lo dijo tan sincero, tan dolido, tan real que no pudiste evitar asentir, porque vos también lo necesitabas. Y te tiraste en el sommier, para dejarte llorar libremente y darte cuenta que no habías conquistado nada. Ni a Pedro.


(Fin flashback)



Pasmada, pero nunca cohibida, dejaste que las palabras resonaran en tu cabeza una y otra vez hasta que no dolieran más, mientras dejabas de estar enfrentada con ella para enderezarte en el sofá y mirar al frente. Y tomar aire (y valor) y continuar.


- No doy vuelta las cosas, hago eco de lo que vos decís y hacés – y Zaira ahogó una risa irónica y jamás la habías oído hacer eso - Estás encaprichada en que estemos juntos con Pedro y ni parás a pensar un minuto. Ni siquiera me preguntaste si me molestaba que Pedro se quedara a vivir unos días acá o si quería que me cuidara – Touché.

- Estás diciendo cualquier cosa Pau… Yo no tengo nada que ver con que no quieras reconocer que Pedro es lo mejor para vos – y otra vez lo hacía y volvía a decirte esas cosas desequilibrantes.

- No digo cualquier cosa – refutaste indignada pero ya sin tener muy claro cual era el eje de discusión - Sos vos la que lo hace, ¡no ves que no podés separar! – acusaste gesticulando demasiado con las manos y Zaira acomodó su cabello hacia un costado.

- ¿Yo no sé separar las cosas? ¿Y vos? - y sentiste sus palabras demasiado punzantes -Vos me culpás a mí porque es más fácil que reconocer que las cosas no te salen como a vos te gusta… - y la verdad te cayó muy mal.

- No te culpo de lo que pasa con Pedro pero jugás a la celestina y las cosas no pueden forzarse Zaira… - murmuraste con impaciencia. Y ella sólo resopló.

- Sos tan insoportable cuando te ponés en orgullosa – y te giraste para mirarla de inmediato al escuchar esa frase, ofendidísima - Está bien Pau, tenés razón – finalizó y se levantó, para tomar su valija y dirigirse hacía su habitación, dejándote con la boca abierta y sin posibilidad de dar un contra-argumento lo suficientemente consistente.

- ¡Estás intratable Zaira! – soltaste sólo por decir algo y te cruzaste de brazos. Y se suponía que después de un par de reproches y de aclarar las cosas ibas a desahogarte con la castaña y analizar cada una de las palabras y situaciones que vivieron con Pedro esa tarde. Pero estabas sola, en el living, sin el mate, con lluvia y sin amiga.

Y con el ánimo por el subsuelo.

Y de repente, caíste en la cuenta de que esa aliada incondicional que te sostenía (aunque a veces no te dieras cuenta) con tres frases acababa de darte vuelta por completo esa percepción de la realidad que tenías y había logrado hacerte ver que aquello en lo que creías, quizás estaba algo erróneo. Y se había ido, dejándote sola con tu maquine como escarmiento.

Suspiraste, larga y tendidamente, mientras te recostabas sobre el sofá. Esa noche, tu mente no te iba a dar descanso.







No me alcanzan las gracias para ustedes dos @mar_pch @truelovepp son GENIALIDAD. Grazie por todo ♥ Quierolas montones! (:

Capítulo 46.

Las sorpresas son el anuncio de algo inesperado; un estado emocional con valencia (neutro, agradable y no agradable) que puede desembocar en hechos revolucionarios. En cambios. En metamorfosis.

Vos, eras una fan tan contradictoria de las sorpresas que la ciclotimia te quedaba chica; ambigüedad insostenible y nervios que te carcomían por dentro, fueras la sorprendida o la encargada de darla.

Amabas la adrenalina que te hacía sentir esa incertidumbre de no estar seguro o directamente no tener idea de lo que te esperabas aunque mil y una ideas se tejieran en tu mente; porque ninguna tenía la certeza y seguridad suficientes como para derribar a ese “no saber”.

La ansiedad era la gran responsable. Eras demasiado ansiosa y eso que al principio te producía un vértigo agradable terminaba por llevar tus nervios al límite y transformaba esa sensación en una sumamente molesta.

Lo tuyo con las sorpresas, era un amor – odio.

Acomodaste tu pelo rubio en un desprolijo rodete con aire cansino y te dejaste hundir en los mullidos almohadones de encaje mientras tu respiración imitaba los compases de tus latidos.

Tomaste la revista que traía el diario del domingo a tu izquierda y decidiste prestarle atención a la parte del horóscopo, porque esto de hojear y hojear y seguir con la mente en blanco te estaba matando. Respiraste una buena cantidad de aire y leíste el pronóstico astral para Virgo ese día.

“Amor: El amor volverá a darte alegrías. Cambios de actitud, te llenan de atenciones y cariño. Hoy dejarás las dudas de lado.”


Y tuviste ganas de marcar el número del diario y que te comuniquen con el editor porque estaban mintiéndole descaradamente a millones de habitantes nacidos en ese período que va del 24/8 al 23/9, porque sí, te habían pasado todas esas cosas, pero exactamente al revés.

Conclusión: al amor tenías ganas de mandarlo en un tren al país de nunca jamás y estabas exagerando, porque en el fondo (no tan en el fondo) sabías que no era así. Que era algo temporal, por la furia, la molestia y el orgullo y un par de frases de Pedro que te dieron muchísimas ganas de responder con un insulto (y con el insulto te quedabas corta).

“Bienestar: Nada más improductivo que forzar a otro a cambiar. Trabaja en lograr la aceptación. No estés a la defensiva, escucha al otro antes de prejuzgar”

Y otra vez el horóscopo erraba, porque eras vos la que estaba al margen. O así te sentías, un cero a la izquierda, la boluda que siente y piensa demasiado. El daño colateral.

El ruido de las llaves en la cerradura atrajo tu atención y seguiste el movimiento que hizo la puerta de entrada al abrirse con tus ojos, irritados por llorar. Limpiaste tu cara con rapidez (como si pudieras ocultar que habías estado llorando) y te enervaste en tu asiento, mientras suspirabas.

“Una buena amiga estará a tu lado (literalmente) y ya no tendrás esa sensación de soledad que tanto te molestaba y angustiaba.”

El último fragmento del horóscopo retumbó en tu mente y terminaste de confirmar que no podrían haberle pifiado más (si iban a inventar que inventen bien y la puta madre). Zaira te saludó con una sonrisa mientras dejaba su cartera negra con flecos en el sofá y la valija en la entrada y se desplomaba a tu lado. Ni te molestaste en mirarla.

- ¿Hola no? – dijo mientras te observaba con detenimiento, sin entender por qué no te habías abalanzado sobre ella para agradecerle por haberte dejado 2 días sola con Pedro y haberlo llamado para que te cuide. Y sin tener idea de lo mal que había hecho.

Te limitaste a mirarla, secamente y parpadeando limitadamente. Zaira frunció el ceño y clavó sus ojos verdes sobre los tuyos, del mismo color pero tirando a miel.

- ¿Qué pasa Pau? – preguntó inclinando un poco la cabeza hacia la derecha y vos revoleaste los ojos, sin poder evitar que la demostración de molestia escape a través de tus gesticulaciones.

- Vos me pasas.


(Flashback)


Con esos ojos color café sonreía de tal manera que la promesa de que cualquier cosa que se propusieran entre ustedes pudiera funcionar, difícilmente era imposible. Otra vez largaste un suspiro, mientras el ladrón de los mismos te observaba desde la altura, curioso.

- Pedro… - dijiste con un tono de propuesta desde el sofá y él automáticamente entendió. Ya te sentías mucho mejor, aunque algo débil, después de sus delicados cuidados y una siesta reparadora donde Pedro cumplió su palabra a rajatabla.

- ¿Qué? – preguntó mientras se acercaba, vestido con esa remera azul de Pony que te encantaba y un aire de canchero, que también (el azul le quedaba hermoso).

Se sentó al lado tuyo, ni muy cerca ni muy lejos, pero lo suficiente como para ponerte nerviosa. Desviaste la mirada hacia otro lado para recuperarte y volviste, más entera.

- Me aburro – anunciaste y él torció sus gestos como si fuera la confesión más grave del mundo y antes que pudieras agarrar el almohadón (ya estabas con el labio inferior mordido), Pedro interceptó tu mano bajo la frase “para la violencia no estás enferma”. Carcajeaste a la par de él mientras alejaba el objeto de lucha a una distancia considerablemente inalcanzable para tu utilización - ¡Hey! Llueve y estoy enferma. Te corresponde entretenerme.

- El tono, caprichosita – contestó mientras se acomodaba en el sofá y se inclinaba un poco hacia tu lado - No te van a gustar mis ideas para entretenerte.

- Entonces voy a tener que ser yo la que proponga – dijiste orgullosa y él rió en silencio mientras te parabas (lo más parecido a enérgicamente) – Busquemos un juego de mesa, me canse de ganarte en el truco – y Pedro negaba con la cabeza al tiempo que rascaba la sien con su índice; no le gustaba perder ni a la bolita.

- Estás demasiado cancherita… - murmuró y vos sonreíste con suficiencia – Mira que me va a salir el increíble Hulk… y chau tiempos.

- Tus amenazas me aburren – simplificaste graciosa aunque sus declaraciones te hubieran puesto nerviosamente incómoda y por eso ahora caminabas rápidamente hacia el armario del pasillo haciéndole una seña para que te acompañara – No podés ser tan mal perdedor Peter.

Pedro se personificó a tu lado en silencio y le regalaste una sonrisa al notarlo al lado tuyo. Abriste la puerta y señalaste el segundo estante, donde se encontraban varios juegos de mesa clásicos, como el ludo, el ajedrez y otros que no tenías ni idea que estaban en la casa. Te preguntaste cuando Zaira había incorporado tantos hasta que un carraspeo interrumpió tu paneo visual.

- ¿Sexionary? – preguntó Pedro haciendo referencia a la segunda caja de la primer fila y enarcaba una ceja una vez que giraste para observarlo – Si querías jugar me hubieras dicho, no hacía falta que me hicieras venir hasta acá.

- Tarado, ni sabía que estaba este juego acá – y te mordiste el labio mientras sentías como tus mejillas cambiaban del piel al rojizo y la poca timidez que tenías afloraba. Él se limitó a mirarte, con una sonrisa seductora, mientras descansaba el peso de su cuerpo sobre su mano apoyada en la pared – Además es malísimo… y para el sexo no me hace falta un juego – y la expresión pasmada de Pedro te avisó que tenías tan solo unos segundos para cambiar de tema o enfrentarte a las consecuencias de tus dichos. Y odiaste esa bendita (o maldita) manía que tenías de querer tener la última palabra siempre - ¿Y si jugamos al Teg?

- ¿Sabés jugar? – atino a decir, un poco compungido todavía. Tomaste el juego del estante y cerraste la puerta, dirigiéndote al living con rapidez.

- Más o menos – y no tenías la menor idea, pero propusiste el nombre de la primera caja que viste sobre el estante antes que Pedro decidiera dejar los jueguitos a un lado y pasar a la acción. Y al fuego.

Te preguntaste de dónde había sacado Zaira el Teg mientras te acomodabas sobre el sofá e intentabas hojear con despreocupación las instrucciones las cuales jamás habías leído (la única vez que habías intentado jugar era con tus hermanos y abandonaste antes de siquiera empezar). Peter, a tu lado, acomodaba el tablero al mismo tiempo que tarareaba “antes y después” de Ciro y los Persas. No pudiste evitar sonreír.

Luego de elegir un color (y cuando elegiste el rojo Pedro murmuró algo como “rojo pasión”, comentario que ignoraste fingiendo un estornudo) y dividir los objetivos secretos, repartieron las tarjetas de los países en cantidades equitativas para cada uno y así poder situar “los ejércitos”. No te sorprendiste al ver que de un cuarto de los países que tenías en tu haber desconocías su ubicación geográfica y Pedro no desaprovechó la oportunidad para recordarte entre risas cómo estabas convencida de que Canadá era una ciudad de Estados Unidos. Bien.

Hiciste una mueca mientras ubicabas tus últimas fichas (y reprimías un bostezo, porque el juego ya te estaba aburriendo sin haber empezado) y sorpresivamente tu mano chocó con la de Pedro al intentar dejar una ficha en España (y él en Portugal) haciendo que ambas caigan sobre tu país.

- Ojo con lo que conquistás – advertiste enarcando una ceja y Pedro sonrió de costado.

- Lo único que quiero conquistar es a vos – murmuró tan claramente que erizó tu piel. Tragaste y era un idiota si pensaba que hacía falta conquistarte. Y también lo era si pensaba que las explicaciones no eran necesarias. Revoleaste los ojos.

- Todavía no empezamos – y él sonrió mientras despeinaba su cabello castaño y te morías de la ternura con su puchero. Y sólo ibas a hacer el esfuerzo porque Peter parecía entusiasmado con la idea de comenzar la partida.

- Las damas primero – anunció y vos correspondiste su idea balanceando la cabeza de arriba abajo con sutileza.

- ¿Qué tengo que hacer? – preguntaste con cara de concentración y él te indico que debías tomar una de las tarjetas de situación de la pila sobre el tablero. Seguiste sus instrucciones y comenzó el juego. Su juego.

Y no pudiste evitar sentir presente el concepto generalizado sobre la poca capacidad mental de las modelos al no entender la tarjeta que te había tocado en suerte (o en mala). Te sentías muy modelo; muy modelo encasillada en ese prejuicio del que todos hablan. Muy hueca.

Te mordiste el labio, con la esperanza de que al hacerlo se abriera tu mente y te revelara que era lo que seguía a continuación. Releíste que la tarjeta decía “crisis” pero no entendías que debías a hacer ni tampoco había ganas de hacer el esfuerzo. Y sí había tal crisis y te acordaste de esas épocas donde que mirabas Casi Ángeles con tu hermana Delfina y uno de los personajes del programa hacia gala de la frase.

Tu mente viajo a esas tardes donde compartían la chocolatada y las Oreo en la casa de tu mamá en Olivos y te diste cuenta que estabas por muy de bajo del nivel de concentración.

- Me aburrí – dijiste de la nada y Pedro te miró con algo de incredulidad. Elevaste los hombros – Mejor juguemos a otra cosa.

- No sabés jugar ¿no? – preguntó (pero en realidad era una afirmación) y rió levemente mientras abrías la boca para decir algo y modulabas un par de balbuceos tras un “soy pésima para los juegos de estrategia, ni al Buscaminas puedo ganar” – Mejor, nunca podría destruirte… - soltó y lo miraste confundida mientras tu mente intentaba analizar cada palabra de la frase. Te mostró una de sus tarjetas (de objetivos) y la tomaste con determinación.

“Destruir al color rojo”

Sonreíste ampliamente olvidándote del histeriqueo y de las reglas y él te correspondió con una de esas que te volvían loca. “¿Un twister te va?” ofreciste a modo de consuelo y Pedro se ofreció a buscar los elementos necesarios para jugar a ese juego que nunca aburría, incluso a los 27 años.

- ¿Empezás vos? – y desviaste tu mirada perdida en la televisión apagada hacia donde estaba ubicado y te encontraste con el panel de círculos amarrillos, rojos, verdes y azules desplegado en el piso y con Pedro mirándote divertido. Y esa mirada sumada a la sonrisa de costado significaba que la diversión venía de la mano con el peligro. Con arriesgarse.

Hiciste una mueca.

- Bueno, dale – aceptaste levantando levemente las cejas y separándote de tu asiento, tomando con entusiasmo el desafío. Peter sonrió y te alcanzo el cartel con la flecha giratoria. Te situaste enfrentada a la alfombra blanca, con la ruleta en la mano izquierda mientras Pedro se acercaba - Okay, y después me voy a bañar…tengo el pelo horrible.

- Yo también quería darme una ducha… -y te giraste para mirarlo con molestia. Se suponía que vos eras la enferma y esa era tu casa. Él simplemente sonrió - Hagamos así, el que gana se baña primero. Porque de bañarnos juntos ni hablar ¿no?

- ¡Pedro! –exclamaste y lo empujaste levemente - Estas endemoniado… y no, ni hablar – y dejaste que tus comisuras se alejaran entre sí, dejando ver una sonrisa, olvidándote de que se suponía que sonaras seria – No preguntes cosas obvias.

- Está bien – dijo separándose un poco para enfrentarte – Muero por ver como te arreglas con la chuequera.

Y se atrevió a reír.

- Basta Pedro con eso, vos sos más chueco que yo – y carcajeó mientras te mordías el labio. Una y otra vez.

(Fin flashback)




- ¿Eh? – soltó la castaña y vos solo te limitaste a mirarla vacíamente - ¿Por qué? – preguntó perdida y estabas harta de su fingida inocencia porque en el fondo, sabía cuál era el motivo de tu enojo. Y quién indirectamente era el causante. O la.

- Estoy harta de que te metas en todo Zaira – musitaste sin despegar tus ojos de sus verdes y ella desvió la mirada incrédula.

Y supiste que si no había entendido antes, poco a poco, comenzaba a hilar esa telaraña de reproches. Y cuando la viste ahogar un suspiro y endurecer sus facciones, supiste que ese intercambio de palabras, recién comenzaba.







Eternos agradecimientos a Lalux, mi amiguilla (#cableatierra), porque sin ella jamás podría haber descripto un juego de Teg ni muchas cosas más. Gracias por ser tan flashera y por el aguante trasnoche. Sos lo más, te quiero tantísimo ♥ Y por si no se había entendido, te lo dedico.

viernes, 24 de febrero de 2012

Capítulo 45.

Esa noche perdiste la noción del tiempo otra vez.

Los ojos de Paula, verdes y desafiantes, te miraban desde la lejanía que marcaba la distancia entre la puerta de su habitación y la cabecera de la cama.

- Salí Pedro, estoy horrible - se quejó casi inaudiblemente, tapada hasta la nariz.

El silencio más allá de sus voces, era palpable. Nada existía más allá de esas cuatro paredes, donde estaban ella y vos.

Revoleaste los ojos.

- Imposible que estés horrible Pau - y sabías que mordía su labio interior bajo el acolchado para demostrarte cuán diferente pensaba ella. Te acercaste dos pasos - Sos un poco chueca nada más.

Y rápidamente destapó su rostro, dejándote ver la nítida "o" que formaban sus finos labios. Estaba ofendida.

- Porque vos tenes las piernas muy derechas ¿no? - musitó mientras se tapaba la cara con una mano. Sonreíste.

- Cargame todo lo que quieras... Me voy a quedar cuidándote igual - y la oíste refunfuñar. Estaba absoluta y totalmente en contra de esa opción (al menos, en apariencias).

- Pedro...

- Te traje una Gatorade además de los medicamentos - comentaste con un tono de voz superior al que ella estaba utilizando mientras le mostrabas la bolsa que contenía la botella energizante. No te inmutaste ni un poco a pesar de la mordida de labios que te estaba haciendo.

- Puedo sola - aseguró molesta y con suficiencia aunque sabía que eso no era verdad mientras acomodaba sus sábanas de algodón. Sin embargo, era probable que todo fuera una pose camuflada para que le insistieras un poco. Y vos no tenías problema en insistir porque querías quedarte ahí con ella y hoy estabas más caprichoso que nunca.

Hoy lo que querías lo obtendrías.

Paula hizo una mueca y tal expresión en su rostro te transmitió absoluta ternura. Ni loco te ibas a mover de ahí.

- Y un par de chocolates para cuando te sientas mejor - agregaste con naturalidad, pasando por alto sus quejas y ella resopló lo suficientemente fuerte para que la escuches con claridad. Una media sonrisa se dibujó en tu rostro.

- Está bien, podés quedarte - dijo y tuviste la esperanza de que en realidad, eso fuera lo que más quería en el fondo.

- ¿Los chocolates terminaron de convencerte no? - y si hubieras estado cerca te hubiera empujado. Te fulminó con la mirada.

- Me terminaste ganando por cansancio, en realidad - dijo con voz gangosa y te adentraste en la habitación para poder tomarle la fiebre - Encima que te tengo que aguantar hace dos días viviendo acá, acostándote en el sillón con la espalda mojada, dejándome los puchos en el cenicero, querés hacerme un enfermero sexy.

- No estoy viviendo acá por gusto - mentira - Hay pérdidas de gas en el edificio y no me podía quedar... - explicaste y ella revoleó los ojos, minimizando tus dichos - ¿Qué preferías que Zaira te haga de enfermera?

- Obvio, mi cachorra es lo más - dijo con orgullo y como si fuera una obviedad. La miraste con sorna inclinando la cabeza.

Mentirosa.

- Zaira no te puede dar los mimos que el farmacéutico aconsejo... - y ella arqueó las cejas al escuchar la palabra "mimo".

- ¿Y por qué no? - inquirió con un dejo divertido. Frunciste el ceño.

- Porque es Zaira…

- ¿Y? Zaira es cojible - y tus ojos se abrieron repentinamente mientras Paula estallaba en risas al verte. A pesar de que conisderabas a la morocha una hermana, intocable, no pudiste evitar la imagen sumamente subida de tono que se proyectó en tu mente. Rascaste tu sien incómodo, mientras te contagiabas de Paula.

- ¿La fiebre está sacando a la luz tus fantasias y deseos prohibidos? - inquiriste gracioso y Paula mientras reía se mordió el labio.

- Es un chiste Pedrooooooo - se quejó y carcajeaste - Basta, no me pichicatees que estoy convaleciente...

- Chicanear, Pau…. - la corregiste y te miró con odio. Aprovechaste para tomar de la mesada el termómetro y se lo pasaste. Ella lo tomó a regañadientes y sonreíste con satisfacción.

No podía ser tan linda.

- Tenes mucha tela para cortar Pau - justificaste con una media sonrisa y la rubia revoleó los ojos mientras se incorporaba sobre sí misma para colocar el termómetro debajo de su axila.

- Vos te agarras de cualquier cosa para cargarme.

- Me agarro de cualquier cosa para estar con vos - confesaste mientras las mirabas fijamente a los ojos. Paula no desvió los suyos, pero supiste que esa acción la había estremecido.

De pronto, el termómetro comenzó a sonar intermitentemente arruinando por completo el clima que comenzaba a formarse entre ustedes. Carraspeaste con molestia, odiando el ruido, y experimentaste demasiadas ganas de revolear el aparato por la ventana.

- 38 - comentó ella súbitamente nerviosa y te alcanzó el termómetro rápidamente tomándolo tan solo por el borde.

- No te bajó nada - murmuraste mientras fruncías al ceño, confundido. Que a Paula no le bajara la fiebre te preocupaba… Tomaste rápidamente el medicamento de la bolsa que yacía junto a vos, para leer el prospecto y ver como darle la dosis.

En realidad, no eras enfermero ni de fantasía y sólo tenías una ligera idea de cómo disminuir la temperatura. Bueno, y fundamentalmente estabas siguiendo los consejos que te había dado tu amiga.

- ¿Ves por qué prefería a Zaira como enfermera? - dijo levantando una ceja e hiciste una mueca al oír sus palabras. Soltó una risa antes de poder mantener por más tiempo la seriedad y vos soltaste una nerviosa mientras acariciabas tu mejilla. "Te lo merecías" agregó aun con una sonrisa estampada sobre su rostro y te levantaste para llenar en la cocina un vaso con agua.


(Flashback)


Las carcajadas debían escucharse desde los pasillos. Fuertes, claras, alegres. Saliste del bar de Ideas mientras tus amigos continuaban con su recreo y caminaste en dirección hacia la oficina del Chato, el productor general, para comentarle algunas modificaciones en las notas que tenían preparadas para la Cocina.

De repente, tu teléfono comenzó a vibrar repetidamente en el bolsillo delantero de tu jean y carraspeaste en un intento de aclarar tu voz antes de atender. Miraste la pantalla del celular y sonreíste.

- ¡Zai! - exclamaste mientras disminuías el paso y te apoyabas en la pared que se encontraba a tu derecha.

- Pepe, ¿estabas laburando? - te preguntó la morocha del otro lado de la línea. La última vez que habías hablado con Zaira había sido el día que te llamo para recriminar tu silencio cuando te encontraste con Paula en el aeropuerto. Como si no te sintieras lo suficientemente mal por tu propia cuenta, ella se encargó de utilizar todos los discriminativos habidos y por haber en un intento de hacerte dar cuenta lo mal que estuviste.

Gracias Zai.

- Tengo que entrar en 5 pero decime.

- Pau está engripada con fiebre... - y de repente la charla con el Chato podía esperar - Y yo me tengo que ir a Córdoba - hizo una pausa y te imaginaste que sería lo que escucharías a continuación - ¿Te interesa hacer de enfermero o lo llamo al hermano?

- Soy especialista en fiebre - aseguraste y sabías que Zaira no estaba para nada convencida de eso. Ella rió del otro lado - Deja todo en mis manos.

- ¡No me hagas arrepentir eh! Mira que te estoy dejando a cargo de una de mis mejores amigas…

- Y al amor de mi vida - resolviste sin resoplar y sentiste como tu amiga sonreía ampliamente. Acariciaste uno tus bolsillos y dejaste caer tu mano izquierda al costado de tu cuerpo - Confia en mi.

- No sabés lo feliz que me hace escuchar eso Pepin - dijo con sinceridad y agregó algunas indicaciones para que tengas en cuenta a la hora de enfrentarte con la fiebre. Memorizaste el nombre del remedio y ella se despidió cariñosamente e incentivándote a que aproveches y que avances un poco más. Y que vayas por todo.

- Gracias hermanita. Pasala lindo en Córdoba.

Y al cortar la llamada, tu mente se disparó a pensar las mil y un posibilidades que podían desarrollarse en ese departamento de tres ambientes entre Paula y vos. Y todas las opciones te gustaban.

(Fin flashback)






Dos horas más tarde, después de varios trucos perdidos (y si, te tenía de hijo) y una jugada de canasta la cual aceptaste jugar a regañadientes (y también perdiste), Paula tenía 37 y medio de temperatura y se veía mucho más vivaz que cuando llegaste.

- Ahora, me toca a mi elegir el juego - dijiste suavemente y ella enarcó una de sus cejas. Levantaste la mirada para encontrarte con sus ojos.

- Se supone que soy yo la enferma - soltó y revoleaste los ojos ante su capricho - Pero está bien, ya me estoy aburriendo de tanto ganar…

- ¿Ah estás en canchera? - preguntaste mientras sonreías de costado y ella carcajeó. Acomodó un mechón tras su oreja y volvió a mirarte.

- Siempre - y ahora quien rió fuiste vos.

Te acomodaste sobre vos mismo, ansioso por jugar con todo. Pero de verdad.

- ¿Sabés jugar al verdad o consecuencia? - y ella se mordió el labio. Claramente sabía.

- Pedro…

- ¿Qué? Era mi turno para elegir a qué jugar… No esperabas un Burako ¿o no?- y ella asintió concediéndote tu deseo. Sonreíste, apasionado, mientras un torbellino de palabras e ideas para ponerla entre la espada y la pared galopaba entre tus pensamientos - Bueno, ¿verdad o consecuencia?

- Verdad - y notaste un dejo de nerviosismo en su voz. ß

- ¿Me extrañaste? - claro, conciso. Sin vueltas y mirándola a los ojos, obligándola a dejar que su transparencia la delate.

- ¡Pedro! ¿Así vas a empezar? - se quejó mientras tomaba el vaso de agua, probablemente para ganar tiempo en formular alguna excusa que no ibas a creer. Suspiró, pero vos te permaneciste inmutable.

- Sí, si no queres contestar... Prenda.

- Sí - y fue inevitable la sonrisita.

- ¿Sí qué? - preguntaste haciéndote el tonto, con tal de escucharlo una vez más. Vos también la habías extrañado…. mucho. Demasiado.

- Ya me escuchaste, no seas forro - y amenazó con utilizar una almohada como correctivo.

Sonreíste de costado y ella negó con la cabeza, dejando la sonrisa implícita pero perceptible para vos, que la conocías de punta a punta. Decidió romper el silencio de inmediato y siendo su turno, tomó la palabra para formular la pregunta en cuestión.

La verdad, antes que todo.

- ¿Es verdad que hay una pérdida de gas en tu departamento? - cuestionó desconfiada y vos mantuviste el mutismo unos segundos. Pestañeaste.

- Si es cierto - y era cierto a medias. Y obviar detalles no era mentir y el hecho de que el escape de gas no fuese ni la mitad de grave de lo que afirmaste era un detalle. De esos que no lastiman a nadie.

- ¿Y que van a tardar tanto en arreglartelo? - agregó no muy segura de tu respuesta.

- No podés hacer más de una pregunta - argumentaste sorteando el tener que ponerte a inventar excusas banales para satisfacer las dudas de Paula, aunque su desconfianza estuviera por lejos errada y en realidad tenga razón en sospechar que no era necesario que estés inquilino por 3 días en su departamento. Pero en el amor y la guerra… todo se valía.

- Con eso ya me contestaste - murmuró haciendo una mueca.

- Mañana deberían estar terminados los arreglos…. - finalizaste y ella asintió poco satisfecha pero dejándotela pasar - ¿Verdad? ¿Consecuencia? - preguntaste rápidamente para distraerla.

- Consecuencia - dijo segura mientras enrollaba un mechón de pelo rubio en su dedo índice y abriste los ojos. No esperabas que ella tomara la iniciativa tan pronto.

- ¿Te la bancas? - cuestionaste desafiante, pero manteniendo esa pasividad que te caracterizaba. La sentiste acomodarse sobre el colchón.

- No te zarpes Pedro… sabés que me siento mal enserio - pidió en un intento de que suavices tu consecuencia. Tomaste una bocanada de aire (este era tu juego y no pensabas dar el brazo a torcer).

- Está bien… - y escuchaste su respiración algo agitada, nerviosa por lo que podrías proponerle - Entonces te reto a que llames a tu amigo, el que te iba a auxiliar con la goma pinchada el otro día - y su expresión entre pasmada y confundida te causo muchísima gracia. Paula era demasiado transparente.

- Ni loca, otra cosa -y entornaste los ojos.

- Bueno… beso entonces - y te miró con una mirada falsamente horrorizada. Sonreíste con suficiencia.

- ¡Pedrooooooooooo! - exclamó y esta vez no amenazó en tirarte la almohada porque de tan rápido que la tomó ya se encontraba impactando en tu mejilla izquierda sin darte tiempo a esquivarla.

- ¡Para loca! - gritaste entre risas y ella se contagió al instante - Te iba a pedir un strip pero estás convaleciente…

- Boludo… - y se mordió el labio levemente sonrojada - Entonces elijo verdad.

- Debería decirte que no se puede… - y te fulminó con sus ojos verdes mientras se recostaba sobre el respaldo - pero bueno ¡solo porque estás enferma! - y revoleó los ojos mientras esbozabas una sonrisa - ¿Es verdad que él otro día me dijiste no tenías quién te ayude con el auto y me mentiste para darme celos?

Paula trago lentamente fingiendo tranquilidad. Vos rascaste tu sien, ansioso por la respuesta.

- Lo de darte celos lo inventaste vos.... Pero sí, el otro día me salvaste - y bajo la mirada con aire despreocupado, como si le hubieras preguntado la hora.

Otra vez te tocaba elegir a vos (y fuiste por la verdad).

- ¿Es cierto que fuiste al aeropuerto a buscarme y te dio tanta vergüenza cuando me viste que me dijiste que habías ido a buscar unas encomiendas? - duro, durísimo. Carraspeaste innecesariamente sintiendo como la timidez volvía a aflorar en vos.

- Sí, mucha.

Silencio.

- ¿Qué pasó entre tu familia y vos? - preguntó tomando una postura más inclinada, más cercana. Más sensible.

Tocaste tu mentón nervioso sabiendo que vos solo te habías metido en ese terreno peligroso y que aunque no correspondiera responder, se lo debías. Por ese mes y medio de faltas y ausencias. Por su sinceridad.

- Me hicieron algo que no les puedo perdonar... No me hablo hace más de un año con mi papá y hermanos - simplificaste sin dar demasiados detalles. No daba - Salvo con Luciana, que hace poco volvimos a estar en contacto.

Paula asintió leyéndote, comprendiéndote y entendiendo que hasta ahí podías llegar hoy. Le sonreíste para que entienda que te encontrabas bien, aunque por dentro seguía dando vueltas en tu cabeza tu familia. La distancia.

- Elijo verdad… - anunció sacándote de tu ensimismamiento y volviste en vos mismo.

- ¿Es verdad que te produce escalofríos tenerme tan cerca? - inquiriste seductor, tratando de remontar el clima, y ella frunció los ojos al escucharte.

- Tengo fiebre…

- No me respondiste - contestaste y ella clavo con odió su mirada sobre la tuya. Sonreíste victorioso.

- Los escalofríos son por la fiebre - aclaró - Pero puede ser…

Y ese "puede ser" retumbo en tu mente unos segundos y te causó unas mariposas en la panza (que te parecían cursis y tontas pero con Paula especiales).

- Ahora yo… - y acomodo su pelo hacia un lado -¿Verdad o consecuencia?

- Consecuencia, para hacerlo más interesante... - y era la hora de arriesgar todo.

Paula sonrió y tus latidos comenzaron a aumentar en intensidad.

- ¿Te moris de ganas que te cobre la deuda no? - y bajaste la cabeza mientras sonreías - Paciencia Pedrito…

- Cuando se trata de nosotros pierdo la noción del tiempo - simplificaste.

- Quedate tranquilo que yo voy a ir marcando los tiempos - te dijo mientras te guiñaba un ojo y no podía desequilibrarte así y tener la respuesta perfecta a cada dicho tuyo. Asentiste, resignado (porque Paula no iba a parar hasta tener la última palabra) y despeinaste tu cabello - Igual me canse de jugar, tengo sueño y ganas de abrazar a alguien así que te reto a que te acuestes al lado mío… pero sin dobles intenciones.

Y eso iba a ser siempre muy difícil mientras que la distancia entre ustedes sea menor a 10 cm. Pero podías hacer el intento.

- Está bien…- murmuraste mientras te acomodabas al lado del lugar que te había dejado libre en la cama - Nunca haría algo que vos no quieras...

- Ya lo sé - susurró mientras te abrazaba de la manera exacta para hacerte olvidar de tus problemas, de tu familia, de tus miedos e inseguridades. Besaste la coronilla de su cabeza mientras ella se acomodaba sobre tu pecho.

Y te despojaba del tiempo.







¡Feeeliz cumple pame! Te lo dedico en este día especial, ojalá la pases hermoso con toda la gente que querés y disfrutando cada minuto. Beso e nor me! (L)